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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

En defensa del cachete paterno

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 13 de diciembre de 2008, 04:00 h (CET)
Acaban de castigar con pena de cárcel a una madre que pegó un cachete a su hijo. España está loca y nos hundimos en la chifladura. La estupidez suma hecha ley en el Parlamento.

Permítanme que pase por encima de otros detalles para recordar que la madre pedía a su hijo que hiciese la tarea, permítanme recordar que ese hijo arrojó una zapatilla a la madre. Y que la madre le dio un merecidísimo sopapo y le agarró del cuello. Puede que la madre se excediera, ¿debería haberse parado a reflexionar con su hijo a ritmo de “¿Pero, hijo, no comprendes que agredir a tu madre es algo intrínsecamente negativo? ¿No crees que deberías corregirte y escoger otra manera más democrática de relacionarte conmigo? Cariño mío, comprende que hacer la tarea te hace mejor persona y posteriormente te facilitará un más fácil futuro laboral”?

Una cosa es proteger a los débiles e indefensos y otra cosa es malcriar consentidos. ¿Por qué el Estado entra en la libertad de educación familiar? Insisto en que no estamos hablando de maltrato. Dadas las circunstancias ese hijo, todos los hijos, tienen ya una manera de permanecer impunes a pesar de sus posibles perrerías. Ya saben cómo hacer para conseguir sus propósitos, sean éstos los que sean. Y no siempre serán propósitos admirables, sospecho.

Porque, no se me vayan los lectores por otros derroteros, no estamos hablando de un ataque desaforado a un hijo, sino de una corrección, sí, dura, por alguien que tiene la patria potestad, nadie se la había retirado ni existía la menor razón para ello. Sin embargo ese hijo ha terminado enviando a su madre a la cárcel y como consecuencia va a pasar una temporada sin verla. Perdónenme el exabrupto que voy a soltar, pero no se me ocurre descripción más gráfica que decir que nos la estamos cogiendo con papel de fumar.

Hay una gran coincidencia social en que los hijos están creciendo con grandes cantidades, injustas, de concesiones de todo tipo, crecidos en sus exigencias, poseídos de su dominio, seguros de su autoridad. Y sin embargo, viendo que vamos por mal camino, la sociedad se enroca en su posición y avanza forzando motores hacia una situación en que estos pequeños monarcas absolutistas derroquen a sus padres. Y no, claro que no estoy hablando de una educación espartana, sino de una educación en valores, en valores tradicionales a los que sin duda habría que añadir cuantos nuevos valores vaya encontrando nuestra sociedad.

No estoy hablando de educar a nuestros hijos a base de bofetadas, pero un cachete medido y considerado puede ser eficaz si se da en el momento y forma oportunos. Cuando ya has explorado todas las posibilidades educativas, cuando has hablado, explicado, aconsejado, reñido, exigido y castigado, y siempre en vano, un cachete medido y proporcionado puede ser eficaz. Si el padre o la madre no se ha dejado llevar por los nervios, qué héroe, un cachete equilibrado puede ser la solución. En esas condiciones un cachete nunca es traumatizante, sino educativo; nunca es abuso sino correctivo; nunca es un maltrato sino una medida eficaz.

Con la colaboración de esta ley estamos criando a algunos jovenzuelos intolerantes muy conscientes de sus derechos pero que desprecian los de los demás. Alentamos el egocentrismo de parte de una generación que no ve más allá de sus propias narices, que, digna copia de la sociedad que los malcría, busca el placer inmediato y gratuito, y lo busca cueste lo que cueste y por encima de todo, y no es consciente del esfuerzo que supone vivir.

Queremos ser guays y no reñir a nuestros hijos, que nos consideren sus amigos y no sus padres, que podamos hablar de “colega” a “colega” y tomar decisiones en comandita. Pero la educación es también, y casi diría que “fundamentalmente”, dirigir y por lo tanto contrariar la voluntad de quien aún no la tiene suficientemente formada. Y eso no siempre se consigue con bonitas palabras, órdenes, consejos y siendo padres chupiguays. A veces, en determinadas ocasiones hay que ir más allá si queremos frenar casos no tan extremos.

Quienes llevamos muchos años dedicados a la educación comprobamos cómo las generaciones han cambiado, cómo los actuales niños y jóvenes son infinitamente más intolerantes e intransigentes, son conscientes de los derechos y ventajas que la sociedad les ofrece pero ignoran lo que ésta les demanda. Comprobamos asombrados cómo los problemas surgen antes y suelen ser de mayor calibre, destacando entre ellos los relacionados con la libertad y el respeto de los demás. Parece que en la época actual el respeto a los demás se ciñe a respetar a los diferentes, léase homosexuales, inmigrantes y otros sectores llamados desprotegidos. Y eso está muy bien, debe ser así pero no basta.

Y permítanme finalizar con una pregunta retórica: Los valores tradicionales de respeto a mayores, profesores, padres, autoridades no deben perderse y creo que hay un cierto acuerdo social en que se están perdiendo. ¿Habrá que esperar a que también se conviertan en “sectores desprotegidos”?

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