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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Políticos y periodistas

Mario López
Mario López
sábado, 13 de diciembre de 2008, 04:00 h (CET)
Ecuanimidad: dícese de la igualdad y constancia de ánimo; también de la imparcialidad de juicio. Las personas llamadas a transmitirnos ánimos y juzgar las cosas son las mismas que cobran un sueldo por hacer política o crear opinión ¿Son ecuánimes? A mi modo de ver, no. No son ecuánimes ¿Deberían de serlo? Sí, deberían de serlo ¿Y por qué deberían de serlo?

Porque para eso se les paga, pues si aceptamos la necesidad de pagar un sueldo a un profesional que nos de ánimo y juicio es porque sabemos de la necesidad de que tales cosas se hagan igualitariamente, con constancia e imparcialidad. De esta forma podemos formarnos una idea cierta y cabal de las cosas que nos importan. Pero nuestros profesionales del ánimo y el juicio –políticos y periodistas- no son ecuánimes y ello trae como nefasta consecuencia la desinformación, la crispación y el más absoluto aturdimiento; circunstancias que no nos ayudan en absoluto a mejorar nuestra eficacia en nuestros propios asuntos. El chismorreo, ese injustificado farfullar, la imprecisión en el dato, la tendenciosidad en el análisis, el exabrupto, la chanza, el escarnio, son productos que se dan en tertulias y parlamentos con la misma exuberancia que la jara en los Montes de Toledo. Ni tenemos una democracia que se parezca a la democracia ni tenemos unos profesionales que la respeten. Así no hay manera. Toda la subcontratación del Estado está sustentada sobre la más absoluta falsedad documental. No hay una factura, un contrato, apenas un asiento contable que tenga el menor parentesco con la realidad de las cosas. Con todo y con eso, nuestros bullangueros políticos y periodistas salen de sus respectivas casas a la calle a ganarse el jornal hechos unos pinceles, con su traje de sastre, su corbata de Agatha Ruiz de la Prada y bien peinaditos. Pues después de abordar la realidad como un soltero pasa el polvo de su cuarto, vuelven a sus casas sin despeinarse. Pero, eso sí, se han puesto a parir entre ellos y a nosotros nos han sacado de quicio.

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