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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Asesinato legal

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
sábado, 13 de diciembre de 2008, 03:43 h (CET)
“Algunas personas piensan que la noche de Reyes es una ficción, mientras que consideran que la aniquilación de millones de niños, todavía no nacidos, por el aborto es mucho mas real. La total indefensión e inocencia del “nasciturus” asesinado es dramáticamente mas vigorosa que sus organismos malogrados”, asevera José Ignacio Moreno Iturralde.

La inocencia no puede agonizar porque es el blasón de la dignidad de la naturaleza humana y, aunque nuestra paradójica condición se vuelva contra sí misma, no se puede autodestruir, del mismo modo que no se autocreó.

Desde la Biología se hace evidente una estrategia de perfeccionamiento, un sistema ejecutor y unificador de miles de funciones. Entre ellas sobresale el “homo sapiens” la facultad incorruptible y, por lo tanto inmortal, de conquistar ideas incorpóreas.

Si se lacera cruelmente algún miembro del cuerpo humano, sentirá menos sufrimiento que un bebé intrauterino abortado. Amparar la existencia humana del fecundado y no germinado supone una gran hazaña, que se identifica con una honda inteligencia. La criatura, que se asesina impune y legalmente, vale mas que mil firmamentos. Por lo tanto, la victoria aparente de la cultura de la muerte, no es mas que el negativo de la foto de la vida. La cultura de la muerte se exterminará a sí misma, como el más violento de los carcinomas.

La inocencia de un chiquillo intrauterino ejecutado tiene tal pujanza seductora que acaba por arruinar el corazón y la mente de sus verdugos; mamás que se arrepienten angustiadas de lo que han hecho, perfectos abortistas que se exhiben, con posterioridad y sollozando, “asesinos de masas”.

La solicitud del angelito que va a germinar, como legal objeto de pertenencia de sus progenitores, no es más que un tránsito de la gigantesca pérdida de su dignidad. Pero el quebranto de su dignidad es la privación de identidad: un proceso de nihilismo que se devasta a sí mismo.

La cultura de la vida es la única que existirá. La subsistencia humana revive todas las jornadas entre sus vacilaciones y alientos, entre sus pánicos y regocijos. Porque el espíritu de la vida es lo indestructible; el que es. Por este motivo impera el ser y no la nada.

La cultura de la vida emerge del respeto y magnanimidad con los mortales. La cultura de la muerte se ceba con la indiferencia hacia las personas.

“El niño por nacer es un ser humano a partir de la concepción, y su vida debe ser respetada. Esa vida fue redimida por Cristo, esa vida es un regalo de Dios”, afirma el teólogo suizo, Karl Barth.

CLEMENTE FERRER ROSELLÓ. Presidente del Instituto Europeo de Marketing, Comunicación y Publicidad. Madrid.

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