Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¡Felicidades Constitucionales!

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 11 de diciembre de 2008, 14:01 h (CET)
Por anticipado vayan mis disculpas por el retraso de este artículo, pero la tracamundana que han armado los del piso alto en estos días de fastos y celebraciones contitucionales, han impedido de todo punto la concentración mínima necesaria como para escribir. Desde luego, a pesar de lo ensordecedor de sus festejos, ha sido un gusto sentir sus aplausos de autocomplacencia y sus autofelicitaciones. Claro, como desde el ático de la sociedad se está más cerca del cielo, nada es más natural que el que sean ellos los primeros que tengan contactos en la tercera fase y se tuteen con los marcianos. Algún extraterrestre, por lo se oyó a través de las vibraciones del piso, debía estar en las celebraciones.

En el piso bajo de la sociedad —y tanto más en la cloaca— nos tuvimos que conformar con sobrevivir nada más, como siempre. No; en el piso bajo y en la cloaca de la sociedad no se celebró el treinta cumpleaños de la Constitución porque hace mucho que dejamos de creer en ella. A lo mejor es así porque tuvo demasiados padres, e incluso alguno que otro con ciertas tendencias a seducir con dulces palabras para luego desentenderse y echarse como si tal cosa a su contrario, o, al menos, como para que lo que dijo ansiar y lo que la realidad manifiesta sean términos antitéticos.

En el piso bajo y en la cloaca de la sociedad creemos más en la supervivencia, y todos esos autohalagos que tan impúdicamente se regalaron unos a otros los del piso alto, como que nos pareció cosa de publicidad, de eso de mentir como bellacos para que cuelen como ambrosías lo que no es más que gallofa. Se lo consentimos, claro, porque, además de ser los que mandan y ordenan, los del piso alto tienen sus razones, y ellos sí que están a salvo y regalándose buena vida con la Constitución y todo eso. Seguramente, también lo harían sin ella, porque son gentes que saben buscarse la vida la mar de bien y arrimar el ascua a su sardina o rendir tributo al sol que mejor calienta. Ninguno de ellos pagó cuota de sangre alguna por su advenimiento, ni siquiera en privaciones o riesgos; e incluso todavía colea alguno que sirvió a Dios y sirve al Diablo.

Los del piso bajo y los de la cloaca somos así de materialistas, y sólo creemos en las realidades, en los tozudos hechos. Las palabras, aunque sean bonitas, no nos conmueven, porque no nos alimenta la poesía, y, a pesar de tener mucha hambre, no nos da por la filosofía como a Rocinante. No nos ciega nuestro bienestar —porque no lo tenemos— para ver que la señora Constitución es una anciana de treinta años a quien se la frustraron casi todos sus sueños y no alcanzó casi ninguno de sus propósitos. Tal vez sea que la herencia genética de sus padres la ha condenado al quiero y no puedo, o al digo que quiero pero me las ingenio para no poder. No sé, pero los del piso bajo somos así; y los de la cloaca, esa incontable cohorte de menesterosos que cada noche asalta portales, metros y cajeros para dormir después de haber hurgado en los cubos de basura buscando migas de supervivencia, ésos que los del piso alto se empeñan en disimular o esconder con tan falsarias como indignantes políticas sociales, no digamos. ¡Menos mal que muchos de ellos mueren como pajaritos en estos días de fríos solemnes, a veces asfixiados y a veces abrasados porque les cortan la energía eléctrica por el impago de quince o veinte euros y se calientan a sí mismos y a sus hijos con lo que sea!

Ahora la cosa está grave, y por la fuerza de la gravedad caen cada día muchos del piso alto al de abajo. El piso bajo se está llenando de nuevos ricos venidos a menos y en la cloaca pronto van a tener que poner barras como en el metro, para que la multitud que conforma esta legión pueda sujetarse en pie porque pronto ni espacio van a tener para sentarse. La gravedad sólo tiene un sentido: hacia abajo. Pocos, muy pocos van a quedar en el piso alto; pero ellos, los que tienen bien agarrados a los dioses por los nueves —políticos, banqueros, grandes empresarios y los endorfinas la farándula oficial o del famoseo—, seguirán loando a la Constitución y todo eso, y subiéndose los sueldos, y aumentando sus beneficios, y repartiendo dividendos entre los de los pisos altos, y subiendo los tributos y ordeñando la teta social del piso bajo y los de la cloaca.

Sin embargo, los que caigan —que es bajar muy deprisa— al piso bajo, pronto se darán de bruces con la realidad y comenzarán a entender por qué los del piso bajo ya no creemos en la Constitución, ni en sus padres múltiples y seductores —políticos—, ni en quienes la aplauden y beatifican —poderes fácticos—, ni en quienes la leen con voz temblona y oculto anhelo —los aspirantes a alquilar un departamento en el piso alto—. Entonces, éstos que caigan comprenderán que, más allá de que quienes sí sangraron e incluso murieron por ella se estén retorciendo de rabia en sus lechos o sus tumbas, no sólo nada de lo que prometió conseguir enseguida se ha cumplido, sino que cada día que pasa está más lejos: a velocidades de vértigo nos alejamos del derecho a un trabajo digno —desempleo, subempleo o mileurismo, incluso para titulados superiores—, meteóricamente nos distanciamos del derecho a poder tener acceso a una vivienda digna —sin comentarios—, raudamente los alejamos del derecho a tener acceso a una justicia igual para todos —lo del Estado de Derecho es cosa de las películas solamente—, a la velocidad de la luz nos llevan al otro extremo de tener una educación digna —fracaso escolar a mansalva (somos de los últimos de Europa); equiparación de nuestros titulados, merced a la cosa ésa de Bolonia, a los charcuteros de Ruanda-Burundi (sin ofender); mileurismo; becariado; trabajo gratuito en prácticas; etcétera—, como saetas vamos en dirección opuesta a tener acceso a una Sanidad Pública adecuada —ya hacen los necesarios esfuerzos los del piso alto para quedarse también con esto—, como polos que se repelen nos es imposible conseguir una mejor relación entre las regiones de España —nunca nadie puedo ser más extranjero en su propio país—, y, por supuesto, no todos tenemos derecho a la vida —el aborto—, porque los del piso alto tienen muchos académicos a su disposición para que las pronunciaciones constitucionales que dicen Diego confiesen digo. Los hechos, la realidad, eso que nos importa tanto a los de abajo, a quienes habitamos a ras del suelo o por debajo, nos fuerza a que cuando quisiéramos aplaudir se nos congelen las manos en el aire, e incluso a escupir por el diente: «Ya, ya os vemos a los del ático: ¡menuda Constitución estáis hechos vosotros!» ¿Felicidades?...: sí; para los del piso alto.

Noticias relacionadas

Interior del Ministro de Interior

​Desayuno de Europa Press con el ministro de Interior Grande-Marlaska en el hotel Hesperia de Madrid. Llegué con adelanto y atendí el WhatsApp: “¡Vaya espectáculo!.

El acto del reconocimiento de gobiernos

Las principales doctrinas sobre reconocimiento de gobiernos

Alcoa y el abandono de Asturias

El presente y el futuro industrial y económico de Asturias están en el aire

Hacia la caverna

El oscurantismo sigue siendo demasiado moderno

Equidistancia

Entender la vida como una confrontación permanente es algo terrible. Supone enfrentarse a cada una de las facetas de la realidad con un pensamiento dicotómico
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris