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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Paraíso perdido y recuperado

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 11 de diciembre de 2008, 03:31 h (CET)
La palabra «virgen», por lo que respecta a la mujer, se aplica a alguien que no ha tenido relaciones sexuales. La virginidad es muy apreciada por las mujeres de cultura musulmana y las de etnia gitana. Es por ello que las féminas de estas culturas colapsan las consultas de ginecólogos especializados en himenoplastia.

El cirujano plástico Ramón Vilarovira, dice: “La mayoría de estas muchachas desean tener un casamiento perfecto. Su decisión se debe más a un aspecto social que cultural o religioso. Por esto desean volver a sentir la virginidad, a pesar de que las hay también que se operan por cuestiones estéticas”.

Por su parte, la escritora marroquina Najat El Hachmi, piensa que las himenoplastias no se deben solamente estrictamente culturales. Hachmi dice que “las musulmanas valoran mucho la virginidad y piensan que realmente necesitan llegar puras al matrimonio”, ¿quizás por el miedo a lo que las espera?

La virginidad, cuando se ha perdido, sea por violación o por consentimiento propio, no se recupera. La himenoplastia, lo único que hace es escamotear la virginidad perdida a los ojos foráneos, pero no la devuelve a una misma. La conciencia es un fiscal que no se cansa de acusar. Es como un lastre del que una no se puede desprender.

Najat El Hachmi afirma que las musulmanas “realmente necesitan llegar puras al matrimonio”. Parece ser que la escritora marroquina desconoce que la conservación de la pureza no depende de un acto externo, en el caso que nos ocupa, una himenoplastia. La purezaza depende del estado en que se encuentra la persona.

Excepto en el caso de violación, la mujer pierde su pureza sabiendo lo que hace manteniendo relaciones sexuales con un hombre que no es su marido. Esta relación ilícita se la llama pecado. Es el pecado sexual lo que hace impura, en el caso que comentamos, a la mujer. La himenoplastia es un engaño porque no retorna el honor perdido. Podrá engañar al hombre con quien se case, pero no podrá recuperar la paz de conciencia. El pecado es como un cáncer que corroe al alma. No puede tener paz interior quien no ha recibido el perdón de Dios.

La himenoplastia se la podría comparar a los delantales de hojas de higuera que Adán y Eva se confeccionaron en el intento de esconder su desnudez en que se encontraban. La prenda no tranquilizó a sus conciencias. Cuando perciben que se acerca Dios a hablar con ellos como era su costumbre, se escondieron entre los árboles del jardín. Les acusaba su conciencia. El Señor no deja a Adán y Eva abandonados a su suerte. Mata a unos animales y con sus pieles cubre su desnudez. Es el anuncio de que sin derramamiento de sangre, la sangre que Jesús derramaría siglos más tarde en el Gólgota, no hay perdón de los pecados. La sangre del Hijo de Dios encarnado limpia todos los pecados y restaura la pureza perdida y devuelve la tranquilidad de conciencia. Junto con el perdón Dios aporta al pecador arrepentido la paz interior que se escapa a la comprensión humana.

Una de las consecuencias que la Desobediencia ha tenido para la mujer es: ”Y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis, 3:16).La relación entre el hombre y la mujer se verá afectada, inclinándose hacia el abuso de poder por parte del hombre. La llamada «violencia de género» entre nosotros es una evidencia. También lo es el «crimen de honor» entre los musulmanes. En un mundo anchado por el pecado, la vida de la mujer no es nada fácil No lo es para nadie, sea hombre o mujer. Dado que tratamos la violencia que se ejerce a la mujer por la pérdida de su virginidad y de su honor, si ha hecho las paces con Dios por la fe en el Señor Jesucristo, ya no se encuentra sola en la opresión que padece. Tiene a su lado al Todopoderoso que la fortalece en su debilidad y la guía en su peregrinaje. Sea fácil o duro avanzar, la meta es la vida eterna. La recompensa que recibe supera con creces los sufrimientos que haya tenido que soportar durante la travesía por el valle de sombra de muerte. En Adán, la mujer perdió el paraíso, en Cristo lo recupera para no perderlo jamás.

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