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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

“En política nadie te pregunta por qué lo nombras, pero sí por qué lo cesas”

Juan Carlos Rodríguez Ibarra, político y escritor
Redacción
miércoles, 25 de marzo de 2009, 11:20 h (CET)
Que los políticos escriban sobre sus vivencias no es nuevo, al contrario, es casi algo tradicional. Churchill, Azaña, Manuel Fraga, Santiago Carrillo y muchos otros más ya lo hicieron en el pasado. Los que gobiernan naciones son personas que tienen la fortuna, en algunos casos no tanta, de atravesar situaciones importantes, delicadas, tensas, graves...



Juan Carlos Rodríguez Ibarra.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Y algunos de ellos, en un momento determinado de su existencia, deciden no condenar al perpetuo silencio de su tumba lo que vivieron desde sus cargos de responsabilidad. Nunca lo cuentan todo, especialmente si por sus devenires circulan todavía personas vivas, pero aportan detalles, matices, apuntes, que pueden ayudarnos a comprender mejor la realidad de ciertas coyunturas. Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Mérida, 1948), sempiterno presidente de la Junta de Extremadura, tuvo que retirarse de la "res publica" activa a causa de un infarto de miocardio que amenazó su vida. "Me han sacado la tarjeta amarilla y no quiero que me saquen la segunda que, como usted sabe, es roja", aclaró antes de comenzar esta entrevista realizada hace unos días en Valencia. Lo del infarto le proporcionó algo que antes no tenía: tiempo libre. Y Rodríguez Ibarra no lo desaprovechó y así "durante los cuatro días de estancia en el hospital y las semanas de convalecencia posterior tuve tiempo de repasar mis inquietudes sobre el gobierno, la nación y el futuro". Estas reflexiones cuajaron en un borrador de unas doscientas páginas, escritas desde el año 2006 y que ahora, de la mano de la editorial Planeta, ven la luz bajo el título de ‘Rompiendo cristales. Treinta años de vida política’. El libro es un trozo de la vida y del ideario de este político emeritense, escrito con un impecable y ameno estilo periodístico. "No es un libro de memorias. Si lo fuera hubiese necesitado mil páginas. En cada capítulo, a partir de una anécdota, hago reflexiones políticas. He incluido también gotas biográficas mías, porque yo he querido abrir la puerta para que los lectores conozcan un poco mi trastienda, mi infancia, mi juventud, para que sepan el porqué de mis actuaciones..."

Allá por el año 1983, Juan Carlos Rodríguez Ibarra tuvo que romper muchos cristales cuando alcanzo la Presidencia de la Junta de Extremadura. "Es lo que tuve que hacer en más de una ocasión para llamar la atención, para hacer oír la voz de una comunidad autónoma olvidada como era Extremadura." Una tierra sumida en una situación poco alentadora: "Extremadura, en los años sesenta y setenta había perdido casi la mitad de su población. Los extremeños sabíamos que cuando nos parían, nacíamos con la maleta hecha para emigrar al alcanzar nuestra mayoría de edad. Nadie creía en la región". No había futuro en aquel territorio. "Era una tierra que se extendía entre Madrid y la nada. La nada era la frontera portuguesa. Cuando alguien venía de fuera para desempeñar un cargo en la región, la gente se preguntaba: ¿qué habrá hecho éste para que lo envíen aquí. Nadie llegaba a Extremadura para mejorar en su profesión sino como un castigo". Con este ambiente, no eran de extrañar que los extremeños tuviesen su autoestima por los suelos. "Yo he tratado de devolverles a mis paisanos la ilusión, la esperanza y la confianza. No era fácil porque tenía que vencer la resistencia de un pueblo que no confiaba en sí mismo". Sin embargo, a Rodríguez Ibarra, para cubrir sus objetivos, no le dolieron prendas y hubo de rechazar canonjías mayores. "Hoy, Extremadura goza de un cierto reconocimiento pero claro, para eso, tuve que cerrarme las puertas de Madrid, renunciar a ser consejero del Ministerio de Economía y quedarme en mi propia comunidad, porque si quería demostrar que era tierra de oportunidades, tenía que comenzar por mí mismo. A eso, a irse a Madrid, era a lo que aspiraba la derecha de entonces porque llegar a la capital era triunfar".

Pero al romper cristales, también se producen daños colaterales, como perder amigos: "en mi vida política sí que he perdido amigos o, al menos, a personas que yo consideraba como tales". Y es que, según Rodríguez Ibarra, las cosas se producen de un modo especial: "en casi todos los oficios nadie le debe nada a nadie, pero en política siempre hay una relación de dependencia: o bien tú nombras a alguien o hay alguien nombrado por ti. Y eso produce una barrera invisible, una barrera que no la pone quien está arriba, pero que sí la levanta el que está abajo. He procurado rodearme siempre de gente que sabía lo que yo quería hacer y que, al mismo tiempo, fuese de mi confianza. La confianza la tienes en los círculos más próximos: tus amistades. Y es que en política, además, nadie te pregunta por qué lo nombras, pero todos te preguntan por qué los cesas. Y eso al final provoca rupturas entre tus amigos". A pesar de todo eso, ‘Rompiendo cristales’ no pretende ser un libro polémico. "Ya lo explicó Felipe González en la presentación del libro en Madrid: éste es Rodríguez Ibarra en estado puro pero light. No he pretendido hacer un libro escandaloso, ya no estoy en política y no tengo adversarios. No tengo ningún interés en que los cristales que he roto al escribirlo le hicieran la menor pupa a nadie. Yo diría que mi libro es respetuoso y que la única persona que está tratada con un poquito de dureza es Aznar".

Para el expresidente extremeño, el modelo estatal actual es el ideal. "Frente a lo que los partidos nacionalistas puedan decir de mí, los extremeños no le debemos nada al estado centralista. Al contrario, lo maldecimos si hace falta porque sólo nos aportó desgracias. En Cataluña siguen quejándose del dinero que tienen que pagar por disfrutar de sus autovías, construidas en los años sesenta, gracias al coeficiente obligatorio que tenían que aportar las cajas de ahorros que invertían allá donde quería el general Franco. Construir esas autovías implicaba el traslado de trabajadores de otras zonas (Andalucía, Galicia o Extremadura) a Cataluña. Y eso obligaba a construir más industrias, más viviendas y más escuelas en la tierra receptora de esa emigración, con lo cual mientras unas regiones se desarrollaban, otras, que sólo aportaban mano de obra, se desangraban". Y para conservar esta estructura, se muestra partidario de realizar todos los sacrificios necesarios para que no se deteriore la actual estructura estatal "que ha permitido un desarrollo equilibrado de todos los pueblos que integran España", porque el futuro no se anuncia demasiado claro: "hay cosas que están comenzando a fallar y se están haciendo reformas sin diseño. En Cataluña pidieron reformar su estatuto para defenderse del estado. Y otras autonomías, si les preguntamos, nos dicen que reforman su estatuto para defenderse de los que se defienden del estado. Si cada autonomía se queda con todo, seremos más pobres y el Gobierno Central no tendrá capacidad para redistribuir los recursos, que ha sido hasta ahora la clave del éxito de nuestro modelo de estado". Para paliar esta situación, el ahora escritor extremeño propone que se modifique la Ley Electoral "de tal manera que los partidos que no alcancen el cinco por ciento no tengan representación parlamentaria. Actualmente, los partidos mayoritarios, PSOE y PP, para tener estabilidad en su gobierno, han de pactar con pequeños grupos nacionalistas y pagar un precio muy alto. Unos grupos que, además, lo que persiguen es desestabilizar el estado. Y eso es un disparate". Y que también se reforme el Senado, "que es una cámara que no sirve para nada, pero que como no incomoda, nadie protesta, y que podría acoger a las autonomías en su seno".

Como no podía ser de otro modo, la crisis actual también ocupó un lugar relevante en la conversación: "la crisis tiene algunos factores que la hacen visible, como el sector inmobiliario. Había gente que preveía que la burbuja inmobiliaria estallaría. Y estalló. Pero el problema es que no ha habido una respuesta contundente a eso. También se ha producido un repugnante negocio financiero, donde importaba ganar dinero sin tener en cuenta las consecuencias que los causantes no van a tener que pagar. Y ahora, cuando han sido casi apartados de la capacidad de decisión, les pedimos respuestas a los políticos". Para el expresidente extremeño la coyuntura actual es nueva. "Hemos pasado de una sociedad industrial a otra postindustrial, de servicios. Hoy la economía se basa no en la escasez como antes, sino en la superabundancia. El negocio ya no está en lo que se fabrica, por ejemplo en los móviles, sino en lo que se paga por el servicio. Por eso nuestros estudiantes tienen que salir de sus carreras terminadas con ideas nuevas". Precisamente, Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha regresado, treinta años después, a la docencia. Y se ha encontrado con una Universidad similar a la de entonces, en la que lo que ha cambiado son los alumnos. "Debo decirle que llegaba preocupado a la Universidad, pero la he encontrado bien y estoy encantado. Me habían dicho que la Universidad actual no tenía nada que ver con la que yo dejé, que los alumnos no respetaban la autoridad, que no tenían interés ... Y yo debo decir que lo mejor de la Universidad Española son sus alumnos. Lo que ocurre es que lo que estudian no les interesa casi nada, porque ellos son alumnos digitales y nosotros, los profesores, seguimos con el sistema analógico. Hay profesores que todavía consideran que su autoridad reside en la información que tienen, pero resulta que ahora hay unos aparatitos, llamados ordenadores, que tienen más información que la que ellos pueden proporcionar. Lo que proporciona Internet es información y la misión del profesor actual debe ser transformar esa información en conocimiento".

La entrevista finalizó con un tema del pasado, el 23 F, y otro de palpitante actualidad: las controvertidas opiniones de la Reina recogidas en el libro de Pilar Urbano. Sobre el primero, Rodríguez Ibarra habla de él en ‘Rompiendo cristales’. "El 23-F fue un golpe de estado tremendo, humillante para este país, porque Tejero no sabía ni dar un golpe de estado. Seguimos pensando que fue Tejero quien lo hizo, pero tenemos derecho a saber con quién habló desde el Congreso. ¿Dónde están esas cintas con las llamadas telefónicas grabadas? ¿O es que no somos mayores todavía para conocer su contenido? Recientemente la cadena Tele 5 emitió una parte de esas grabaciones, pero ¿dónde están las otras? Que las pongan o ¿tenemos que esperar a que Garzón averigüe qué ocurrió aquel día?" En cuanto a las manifestaciones de la Reina, Rodríguez Ibarra fue claro: "en este país se perdona menos a la gente que ha hecho cosas importantes que a la que no. La Reina hace unas manifestaciones y rápidamente se arremete contra ella. Sin embargo, el Dioni se lleva trescientos millones y a todo el mundo le parece bien. ¡Qué tío más simpático! Somos muy cainitas en este país".

Así concluyó nuestra entrevista. ‘Rompiendo cristales. Treinta años de vida política’ es un libro ameno, interesante, atractivo, que no se le cae de las manos al lector y en el que Rodríguez Ibarra vierte sus opiniones personales sobre otros muchos temas y personas. De Zapatero dice que "hay veces que me entran ganas de darle un abrazo y veces que no logro entenderle"; del distanciamiento entre Alfonso Guerra y Felipe González explica que su origen data de diciembre de 1988, cuando "Felipe estaba dispuesto a que le hicieran una huelga general y Alfonso no". Y por último, otros dos políticos son revisados: Maragall que, a pesar de sus discrepancias políticas, fue el primero en acudir a la UCI para visitarlo tras el infarto y José María Aznar del que dice que lo vio dos veces. La primera, en 1996, una conversación estéril, en la que sólo habló el propio Rodríguez Ibarra; y la segunda, en 2003, donde le trató como si fuera un principiante: "en la primera estuvo antipático porque sabía que el cargo le quedaba grande y en la segunda volvió a estarlo porque creía que yo era poco para él".

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‘Rompiendo cristales. Treinta años de vida política’. Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Ed. Planeta, noviembre 2008. Tapa dura, 336 páginas, 21 euros.

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