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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Otras pestes

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 8 de diciembre de 2008, 12:24 h (CET)
Ahora que salen a la visión pública las vergüenzas del sistema económico o el asesinato del empresario vasco, la mirada se me va detrás de ese texto inolvidable, LA PESTE, de Albert Camus. Últimamente me da por repensar y por la relectura de algunos de los textos que vienen considerándose como clásicos, por que abundan en la perspicacia y la calidad suficiente. Su toque de calidad se mantiene y se incrementa en no pocas ocasiones, sobre todo en determinadas encrucijadas sociales de la máxima actualidad. Este tipo de literatura no se queda anclada en la anécdota, refleja las andanzas y recovecos de una sociedad endeble, corrupta y, pese a ello, con pretensiones de autosuficiencia o superioridad. Cuanto más ponzoña, errores o deficiencias; sólo nos responde con una huida hacia delante, con la menor autocrítica posible, con los remendones que son los propios gestores del desaguisado. Los ciudadanos corrientes, ¡Qué le vamos a pedir a esta trama tan genial!

Con respecto a los PROTAGONISTAS, las preguntas estratégicas se nos acumulan. Si no, veamos donde queda aquel concepto de “rata”, cómo resulta de apropiado para los comportamientos detectados en los recovecos de la economía mundial. Si me detengo en una mínima reflexión, ¿Quiénes devoran sin remisión cuánto alcanzan? Se multiplican como ratas a la menor posibilidad de medrar, les va la porquería. ¿Será necesaria la referencia explícita a las tan manidas componendas municipales? La transparencia es algo desconocido para las tramas financieras. Siempre insatisfechas, no se distinguen demasiado de las necesidades fisiológicas de las ratas. Y, ¡Cómo desaparecen la mínima reflexión o solidaridad! Más que un diagnóstico certero, se intuyen una serie de medidas para que no decaigan esas estructuras devoradoras. El grueso de la población les interesa exclusivamente como portador de la mercancía que buscan. Así las cosas, no es la epidemia la principal preocupación. El mantenimiento de los capitostes parece la primera disposición organizativa. Y no se atisban demasiadas reacciones por la parte de los sufridores.

En esto del símil de hoy, parece comprobado que existen los EQUIVALENTES de las ratas. Por desgracia, también parecen estar gravemente enfermas, con un patente contagio del desmadre financiero o terrorista; no se ve otra cosa en el panorama mundial. Como una preocupante paradoja, no domina el criterio de profundización sobre el meollo del desastre, sino lo que se le dice y como se manejará a la población general. ¿Cómo mantenerla ahormada para que puedan trabajar tranquilos? A este respecto, las preguntas que nos acechan son de otro cariz. ¿Qué información se nos ofrece? ¿Cuáles eran las verdaderas por donde circulaban los desvaríos? ¿A quién van dirigidas las ayudas?¿Tendrá resuelto Solbes el sentido de la palabra crisis?

En la novela primero y en tantísimos ejemplos de las sociedades modernas, la DUDA resulta corrosiva, paralizante y encubridora. El Dr. Rieux estaba convencido de la malignidad de la peste. A su vez, se enfrentaba a las consecuencias de provocar la alarma social, con unas consecuencias imprevisibles; de cara a la sociedad en sí y frente a los estamentos oficiales inmersos en sus decisiones burocráticas. Que difícil iba a resultar el vuelco necesario para la adecuada prevención de las nefastas complicaciones. Ni las autoridades, ni los entendidos, se decidían por alguna medida conveniente. A lo sumo, aquello de obremos rápido y en silencio. Sin embargo, ¿Cómo así?, en una serie de determinaciones que implicaban a toda la sociedad. En esos momentos decisivos, no son suficientes las medidas hipócritas y contemporizadoras. La duda inicial se erige en un auténtico monumento a la estulticia, con sus graves consecuencias de enfermedades y muertes. En los tragos económicos de llamativa actualidad, caben también las interrogantes en este sentido. ¿Quiénes dejaron de actuar a sabiendas de los riesgos? ¿Quiénes continuaban agrandando el problema? ¿Dónde cabía la espera de una reacción útil? ¿Era esta imposible? Mucho me temo que estemos ante silencios interesados y cómplices, ¿Miles de votantes de ANV?.

Quizá estas últimas consideraciones sean más importantes de lo que uno pudiera pensar en una valoración inicial. Siempre es más cómodo achacar la responsabilidad a los demás, a los gestores o a los organizadores. Pese a esta circunstancia, resulta complicado eso de eludir toda la implicación de uno mismo cuando las malas consecuencias sobrevienen. En la zozobra de la sociedad actual, resulta FRUSTRANTE la pasividad de sus diversos componentes. Nos introducimos en un círculo vicioso; el grado de participación será distinto para unos u otros. ¿Quién estará libre de toda implicación? La exigencia ha de ser común y complementaria; sin ella, se demoronan los mejores logros. Las posteriores lamentaciones conducen a pocos fundamentos. Si el estamento burocrático se consolida como una máquina irreflexiva, no cabrán demasiados arreglos. Si los requerimientos brillan por su ausencia, las ruedas de los intereses creados y las tramas nefastas, facilitarán cualquier tipo de peste.

Con una cierta frecuencia, la respuesta de la gente adquiere visos de una FRIVOLIDAD inconsecuente, que siempre será excesiva. Suelen mezclarse aspectos negros del comportamiento de los humanos. De una parte, la lejanía de los afectados se refleja en unos datos informativos –Enfermedaddes, secuestros, muertes-, más cercanos a las observaciones espectaculares que a los sentimientos. A pesar de los primeros muertos y la lista de afectados por la peste, continuaban los mercados y las diversiones; lo dicho, las víctimas permanecen alejadas, como si no fueran con el resto. No se tomaron las medidas oportunas con la basura y con unas ratas que ya se sabían contaminadas. ¿Que son situaciones novelescas y de otra época? No respondamos precipitadamente. Peste, sida, gripe aviar, en el ámbito sanitario, medio ambiente y desmanes financieros en otras circunstancias, asesinatos terroristas entre comportamientos taimados; obligan a la cautela.

Tampoco se trata de que seamos francamente peores; ni mejores, ¡eh! La condición humana se encargará, de vez en cuando, de bajarnos los humos. De humanizarnos, valga la redundancia, cuando nos hayamos lanzado por los caminos del ensiosamiento personal o colectivo; en aras de la ciencia, del acopio dinerario, del poder, con desprecio del respeto ecológico o trazados similares. El mismo Camus observaba el hecho. Según sus palabras, el bacilo de la pesta no muere ni desaparece jamás; quizá duerma en despachos o alcobas, disimulado entre papeles, dentro de las maletas o en los discos duros de los ordenadores. Constituye un acicate permanente, su disposición es enorme. A la menor, “despierta de nuevo a sus ratas”, en toda su gama de DESAPRENSIVOS; se renueva el ciclo, reaparecen las miserias cogiendo la dimensión de los desastres.

En estos trámites pestosos, cada quién pretende estar en la explicación cierta. No se citan resultados; sí opiniones o valoraciones. Casi tanto como las penalidades; fastidian, y mucho, esos iluminados que proliferan en cada ocasión. Dada su nulidad previa, no tomaron medidas paliativas, no avisaron; por lo que impresionan de verdaderos ENCUBRIDORES. ¿De qué maldades? Eso queda abierto a las intuiciones o interpretaciones que podamos establecer.

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