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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La materia de las víctimas

José Alfonso Romero
Redacción
domingo, 7 de diciembre de 2008, 13:06 h (CET)
“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.

Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.

Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.

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