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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Pero… ¿quién le ha dado la palabra a este Boris?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 5 de diciembre de 2008, 11:01 h (CET)
Resulta que, en esta España de nuestras entretelas, no nos basta con tener que soportar a los progresistas de izquierdas, a los de la farándula y a los demás defensores del libertinaje, la laicidad y la libertad de pensamiento ( siempre que este se adapte a los principios propios de la izquierda dominante) autóctonos, o sea, aquellos que por tener unos padres españoles que no usaron del derecho de no procrear, como hoy en día se defiende por sus hijos, tuvieron que sacrificarse, no sólo para parirlos, alimentarlos, educarlos ( muchas veces un empeño inútil) e intentar hacer de ellos personas de bien y trabajadoras; tuvieron la suerte de nacer en nuestra tierra, sino que, también, por mor de la política dadivosa, acogedora, integradora y amigable de los socialistas del PSOE con sus correligionarios de allende nuestras fronteras, nos quisieron obsequiar trayéndose a la flor y nata de los progresistas de aquellas naciones que, hartas de aguantarlos, deseosas de perderlos de vista y aliviadas por descargarse de bocas a las que alimentar. nos los enviaron para que se aposentaran en nuestros lares, se beneficiaran de nuestro nivel de vida, ocuparan puestos que hubieran podido ser desempeñados por hijos de la tierra y, por si fuera poco, nos trajeran todas sus costumbres; sus ideas sobre la vida; sus servidumbres raciales, fruto de años de miseria y opresión; sus resentimientos, consecuencia de las dictaduras que han sufrido y, lo que puede considerarse más negativo, su falta de adaptación a las costumbres del país que los acoge y su osada pretensión de implantar en la tierra que los ha recibido, sus particulares formas de entender la moral, el orden, la justicia, el respeto por los hábitos y costumbres de los oriundos y, como no, sus creencias y sus instituciones.

Así resulta que tenemos que conformarnos con aguantar a sujetos, como el señor Boris Eizaguirre, un colombiano que ha conseguido hacerse popular formando parte del programa más basura que ha salido de las televisiones españolas, ¿o no?, no sé, porque quizá lo fuera de todas las televisiones europeas: “Crónicas Marcianas”, aquel que dirigía Javier Sardá, (el enchufado de su hermana, la conocida Rosa Sardá –en su día esposa de uno de la Trinca, que ahora, gracias a lo que les reportó ser contestatarios, convertidos en millonarios, se han hecho dueños de la mitad de televisiones españolas a través de Gesmusic). Pues bien, el tal Boris (un nombre que, de por sí, ya nos recuerda los antiguos feudos del camarada Stalin), se dio a conocer más que por su cara ¡qué mira que la tiene dura! por su descomunal trasero, que exhibía al natural ante los espectadores, sin ningún recato, cada vez que la cámara se prestaba a enfocarlo. Claro que, con tales méritos y una dosis más que considerable de histrionismo, unido a una vocecita estridente, aguda y manifiestamente desagradable, constituía uno de estos complejos personajes que tanto agradan a aquellos que buscan, en los de la farándula, encontrar el fiel espejo de su forma de ser, de pensar y de actuar, como único consuelo por u incapacidad para llegar a ser personas normales, instruidas, capaces de ganarse la vida honradamente, y con una cabeza, lo suficientemente amueblada, que les permita distinguir entre lo soez, hortera, zafio, barriobajero, cutre y pedestre; de lo cultivado, meritorio, valioso, inteligente y bien realizado.

Este individuo, que ¡vayan ustedes a saber! cómo ha conseguido meterse en el programa, “Mira quien baila” – bastante entretenido y sin tics progresistas, en las ediciones anteriores – para darle su particular toque que, en honor a la verdad, ha conseguido restarle aquella parte sustancial que lo convertía en un entretenimiento amable y visible para todos los públicos. Claro que, seguramente, según la peculiar filosofía de este particular personaje, estime que pueda ser conveniente que, los menores, aprendan que lo “normal” y “conveniente” sea que, en la más tierna infancia, los niños se planteen sus preferencias sexuales lo que, si por él fuera, no hay duda de que los encaminaría a las “delicias” del matrimonio homosexual y las múltiples posibilidades que, una mente degenerada, puede idear para convertir el sexo en las más estrambóticas y degeneradas formas de practicarlo con los del mismo género. Lo que ocurre es que, si sus enseñanzas cuajan, habrá que ver en lo que se van a convertir las siguiente generaciones – si es que las hay – en cuanto a tipos y modelos familiares, deformaciones morales y enrevesadas leyes que intenten prever los múltiples enredos derivados de los distintos modelos de uniones que, el libertinaje sin medida, pueda llegar a inventar.

Pero, ahora resulta que el tal Boris se ha atrevido, nada menos, que a enfrentarse con S.M la Reina, recriminándola por sus opiniones sobre los matrimonios homosexuales y quejándose de la “discriminación” a la que se los somete. ¡Angelitos! Con lo moderados, lo bien educados, lo sencillos y lo discretos que son. Dice, el sujeto, que han estado siempre discriminados, oprimidos y ninguneados y que. ahora. necesitan expansionarse. Pues, mira por donde, somos muchos los que compartimos la forma de pensar de Doña Sofía, muchos los que le alabamos su sensatez y, muchos, los que estamos convencidos de que la excesiva proliferación de esta anomalía sexual, su propaganda indiscriminada y su exposición desvergonzada, grosera, revanchista, inmoral, insultante e irreverente, con la que pretenden imponernos, a los heterosexuales, lo que ellos llaman “el orgullo gay”;no es más que un desafío, un trágala y una provocación, cuyo único objeto es hacer ostentación, con el apoyo del Gobierno y de los de la farándula, de su actitud libertina, anticlerical, contraria a las normas de la naturaleza y ausente de las más elementales formas de la decencia y el respeto para con aquellos que opinan de forma distinta.

Sean, en mala hora, lo que quieran ser; acuéstense con una tortuga si les apetece; mantengan sus relaciones lesbianas u homosexuales libremente pero, absténganse de manifestarse públicamente, de pretender imponernos sus ideas desvariadas y absurdas, y respeten a los que, libremente, democráticamente, constitucional y legalmente, tenemos el legítimo derecho a discrepar y a considerar su forma de entender la sexualidad como una aberración como la copa de un pino. Y una observación para el señor Eizaguirre: limítese a hacer el payaso ante las cámaras de televisión, si es que se lo consienten, hágase el gracioso con los que le ríen las gracias y comparten su manera de pensar, pero mucho ojo con tocarnos a los españoles nuestro amor propio, nuestras instituciones y nuestras creencias, porque, si quiere desbarrar a sus anchas mejor que lo haga contra su amigo y paisano, el señor Chávez o, en la intimidad, con su “marido”; pero absténgase de opinar sobre lo que no le incumbe, porque no estamos dispuestos a que un chisgarabís, vocinglero, amariconado, deslenguado y con ínfulas de adalid de los del Arco Iris; nos venga a enmendar la plana a los españoles, y mucho menos, que intente meterse con nuestra Reina. Para todo hay un límite.

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