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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Columnas de opinión

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 5 de diciembre de 2008, 11:01 h (CET)
Esta ventilada columna tenía otro contenido previsto para el día de hoy, sin embargo, la actualidad brutalmente arrojada desde el país vasco sobre el resto del suelo español sigue conmoviendo y rompe los esquemas de las gentes de buen corazón. El “crimen” sin paliativos ni eufemismos tales como barbarie, vesania, descerebrados, etc., ha roto el acontecer, una vez más, de un día cualquiera de la vida del país. Las aburridas expresiones de los políticos ocuparán horas y horas de los medios de comunicación hasta el hartazgo y sin consecuencia alguna, con alguna lejana detención y una posterior y discutida liberación. Al día siguiente, los columnistas expresarán sus conocidos puntos de vistas consternados por esta enésima agresión a la democracia de los mismos de siempre, y el tiempo trascurrirá, y el crimen pasará a ser uno más entre los mil y uno acumulados.

Las opiniones sobre la vida pública requieren la objetividad de una mirada analítica seguida de un comentario imparcial y crítico, con la sal y pimienta de la mordacidad o de la aguda ironía. Ha de centrarse en nuevas facetas buscando destellos originales diferentes de las manidas repeticiones con idénticos comentarios o interpretaciones. La misma calificación se recoge como capturada en distintos medios y en diferentes columnas aún de diversos autores. Siempre pensando en el destinatario último de la opinión, el ciudadano; tal vez, con menos tiempo que dedicar en su ajetreada existencia para aproximar dos verdades, que es, en definitiva, el lugar de donde siempre nace una nueva, como escribió Cajal. Escribir al servicio de la mentira debía ser un delito como esos que el Islam castiga con la amputación de ambas manos. Algo tan dañino como introducir malignos virus, o “troyanos”, en la red, o comportarse como “hacker”.

La actualidad tiene mucho de veleta. Forma parte de la estética de un edificio, pero no le añade nada trascendente. Si se prescinde de ella, o la arranca el viento, nada se pierde. No ocurre lo mismo en el mundo mediático porque forma parte sustancial del mismo. Sin la “última hora”, ¿que sería de los noticieros?... Se imaginan la angustia de una Redacción radiofónica o televisiva, que al abrirse a sus oyentes o televidentes ¿sólo tuviera esta “última noticia”?: “Señoras y señores, son las ocho de la tarde”. Y, ¿por qué no pudiera ser cierto en un mundo en paz y sin accidentes ni sucesos?

A fuerza de opinar sesgadamente sobre acontecimientos y política, parece como si el pensamiento, digamos creativo, se hubiera atrofiado. El sesgo lo añade el interés de cada uno, bien por la rimbombante y auto denominada “independencia” del medio –dime de que presumes y te diré de que careces, p.e. “Diario Independiente de la mañana”-, bien por las particulares fobias y filias u obsesiones del plumífero de turno. Y ¿qué decir de las llamadas “intoxicaciones”... en que de modo intencionado se inocula una mentira, falacia o calumnia, a sabiendas, y con el fin de confundir la confianza y buena voluntad del apresurado lector?.

Existen determinados columnistas que tan sólo con leer el título ya no merece la pena continuar con el resto del artículo. En ocasiones, como en la caza de rececho, es cuestión de esperar, y cuando se da un suceso de determinado matiz, ya se sabe de antemano sobre que versará, y el sentido que llevará su contenido al día siguiente.

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