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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

Vivir en el valle, acorta la vida... (Inconformismo)

Paco Milla
Paco Milla
miércoles, 3 de diciembre de 2008, 09:20 h (CET)
Al domingo le quedaban unas horas para expirar, cuando Marcos Cuenca Iparraguirre (de padre vasco y madre conquese, aunque parezca raro) se puso al volante.

Sintonizó la cadena Ser, donde el Pepe Domingo, Lama, González y resto del equipo, se esforzaban en hacerle entendible, lo que estaba dando de si la jornada de fútbol.

Le hablaban a él, le tuteaban y cada una de las veces que cantaban un gol o le daban un consejo publicitario, segundos después le decían: Marcos ...¿has escuchado bien?. El Racing acaba de empatar o ... ¡no olvides el Revital del lunes, o ¡Marcos , un purito!

A veces se preguntaba, el porque, de una radio tan personalizada, sin pagar nada a cambio. Debe ser que las ondas, son tan perfectas que identifican el nombre de los receptores -pensó-.

Mientras conducía a su familia desde casa de sus suegros a la residencia habitual, siguiendo fielmente las huellas dejadas por su antecesor en la fina nieve recién caída (en esto no convenía ser rebelde y abrir caminos nuevos), su mente decidió hacer uso de la palabra.

Sabia que había de enviar un artículo y alargando su diestra al apoyabrazos, extrajo la grabadora, ya vieja y desconchada que un día le había rogado: “no me cambies por uno de esos diabólicos mp3, yo aun te puedo ser útil” y según la oscuridad de la séptima hora, tras las doce del mediodía se cernía sobre los cielos, en aquel habitáculo y con el rec pulsado se escuchó:

“Cuando visitamos a los abuelos cada fin de semana, acabamos convirtiéndolo en obligación. Ese es el termino medio, verles cuatro veces al mes.

Los extremos son: o tenerles en casa y que la frecuencia sea diaria o tenerles a mil kilómetros y que por tanto se pierdan la infancia de sus nietos.

Pero si me apuran, hay un MAS ALLÁ y es... cuando los abuelos, ya habitan allí.
Al menos, ya no sufren, por no ver crecer a las "nuevas ramas de un árbol del que ellos mismos formaron parte”.

Horas antes, Marcos pensaba en esto, mientras observaba a su suegro “jugando-con” y “disfrutando-de” su nieto y pensaba: él al menos los disfruta, mi madre los ve una semana al año y eso le resta vida.

La vía telefónica es un milagro, pero por allí no circula sangre, ni imagen, ni vida, ni caricias a los pequeños, ni ojos rodeados de arrugas y/o tersas pieles encontrados, ni contemplar como los pantalones y zapatos, se les quedan pequeños, ni cuando tiran un beso a través del auricular se te queda la saliva pegada al pómulo, ni los abrazos "por cable" dan calor y te hacen cerrar los ojos.
Pero, tras esta cierta sentencia, decidió apartar la mirada hacia arriba, inspirar profundamente y airear el cerebro. Al fin y al cabo, el fin de semana es para recargar pilas y la naturaleza es el sitio ideal, se supone.

Observó que la sombra se adueñaba de la mitad del valle, a pesar de estar en plena digestión de la comida principal.

Cuando este es estrecho y dos enormes cordilleras lo “protegen” de los fríos vientos, también hay inconvenientes (daños colaterales, que se dice ahora)
El sol se estaba escondiendo tras uno de los picos y allí, antes que en ningún otro sitio, la noche se presenta antes y por la misma razón, la luz del nuevo día , después.

El dios sol, acaricia el valle únicamente cuando se sitúa en su vertical.
¿Será mejor habitar en el valle, o acertaron aquellos que compraron y edificaron en la montaña? La eterna pregunta.

De igual forma, cuando las lluvias hacen acto de presencia, la caída de las montañas es bestial y la crecida en el río muy importante, haciendo peligrar a veces la seguridad de sus habitantes.

El abuelo por un momento se fijó en la mirada de su yerno, que acariciaba las cimas adornadas con el blanco de la Navidad y sonriendo le espetó:
Si te doy la respuesta, me invitas a un café.
Acepto- dijo él-.
Verás , es como la vida misma: cuando vives en la montaña quieres hacerlo en el valle y viceversa.

“Touche”, te debo un café, abuelo.

La mirada de ambos se elevó hacia arriba, intentando escapar del valle, en un momento en el que ambos, parecían maldecir no tener alas, para recibir la luz y el calor de aquel sol que solo regaba las cumbres.

El pequeño les miró con ojos expresivos que gritaban: estos adultos solo piensan en conseguir lo que no tienen, minusvalorando lo que ya poseen. En fin, a ver cuando me compran gormitis nuevos para mi colección. Los que ya tengo, no importan...¡quiero mas!

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