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Tags: Opinión deportiva · El palco VIP · Daniel Sanabria
¿España? ¿Real Madrid? ¿Barcelona?


Daniel Sanabria


Daniel Sanabria Daniel Sanabria
miércoles, 3 de diciembre de 2008, 12:27
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Ayer por la tarde, a eso de las dos del mediodía, aterrizaba en el aeropuerto de Barajas de Madrid tras pasar cinco días en Beirut, la capital de Líbano. Acostumbrado a escuchar el nombre de estas ciudades sólo en los telediarios y para asuntos no precisamente agradables, la imagen que tenía de este país es muy diferente de la que me he encontrado.

Beirut es una ciudad de poco más de un millón y medio de habitantes, pegada a la costa, donde conviven varias religiones y cuyo paisaje urbanístico refleja a primer golpe de vista el azote que aún sufre la ciudad tras el desgaste que sufrió en la guerra civil del último cuarto del siglo XX. El pasado domingo se disputó el VI Maratón de Beirut con una participación que no llegaba al millar de corredores. Los atletas recorrieron las calles de la capital libanesa entre un contraste que sorprende a todo el que es ajeno a esta ciudad: decenas de viviendas destruidas llenas de escombros y metralla a escasos metros de lujosos hoteles y edificios sofisticados con la arquitectura y los servicios más modernos. Es el claro contraste del antes y del después de la guerra.

Por supuesto, los complejos deportivos de Beirut forman parte de la segunda categoría. En la ciudad hay dos estadios de fútbol, el Camille Chamoun, sede de la final de la Copa de Asia del 2000, y el Estadio Municipal de Beirut. Ambos presentan un aspecto espectacular desde el exterior, con un diseño cuidado, a la vanguardia de los estadios europeos y con una lógica influencia árabe en la arquitectura. Si quieren verlo por internet, pongan "camille chamoun sports city stadium" en las imágenes de Google y podrán apreciar un estadio del primer mundo en una ciudad que vivió una guerra hace apenas dos años.

Es curiosa la fuerza que puede llegar a tener el deporte. En un país en reconstrucción, los estadios de fútbol están en la lista de prioridades. Se entiende esta decisión cuando hablas con cualquier nativo y después de tu nacionalidad lo siguiente que te pregunta es "¿Real Madrid?, ¿Barcelona?, ¿Atletico?". En Beirut prácticamente nadie sabe que Zapatero es el presidente del gobierno español, pero te recitan la alineación del Real Madrid sin demasiados problemas. En países donde la palabra guerra no suena tan lejana como en España, el deporte se covierte en la principal vía de escape de la realidad para la sociedad de clase media y baja.

Cenando el sábado con un coronel español en misión en Líbano, comentaba que en estos países de Asia y África, el deporte puede servir de tapón principal para quitar tensión a los países en conflicto. Me lo explicaba de forma sencilla: un niño de 13 años en estas zonas ya es experto en política porque lo único que ve y escucha es con quien se está tiroteando su familia, y ya nace con un odio a un pueblo o a una religión determinada. Si tuvieran instalaciones deportivas, equipos de fútbol, zapatillas, balones..., jugarían torneos entre todos ellos y tendrían una forma de no estar metidos en esas historias desde crío.

Y lleva razón. El deporte por sí mismo no puede acabar con la pobreza ni la miseria que hay en el mundo, eso es tarea de las instituciones políticas, pero puede convertirse en una herramienta de hermanamiento entre pueblos y tribus enfrentadas. Por eso, la construcción de infraestructuras deportivas, y el fomento y la colaboración desde Occidente para que esas ideas se hagan realidades, es fundamental. Haciendo esto no vamos a terminar con las guerras, está claro, pero quizá sí ayudemos a los pueblos a aprender a disfrutar de los placeres de la vida, como el deporte.

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