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Etiquetas:   PATAFÍSICA   -   Sección:   Revista-arte

Los conejos que raptaron a Hudini

Vicente Marcos López Abad
Redacción
domingo, 30 de noviembre de 2008, 23:00 h (CET)
Son las 8:30 de una mañana cualquiera del año 1998 y el flamante autobús interurbano de la línea 10 suena a cacerola hueca. Los escasos y bostezantes viajeros permanecen en trance, ese estado panafricano parecido a la inconsciencia que describía Capucinsky en Ébano. La inercia de esta escena cotidiana sufre, sin embargo, un traspié en la parada Bailén-Xàtiva cuando, ¡fschh!, se abren las puertas automáticas y, frente a la estación cuya cúpula diseñó un discípulo de Eiffel, un Doctor en Patafísica disfrazado de conejo sube al autobús, saca una zanahoria y busca asiento.




Max Ernst juega al ajedrez.



El conductor da un respingo y un par de señoras de mediana edad se remueven en los asientos; “la gente está como una regadera”, murmura una. Lo que sorprende del caso es que no es un hecho aislado: Pare Jofré, Sant Francesc de Borja, Pintor Segrelles… En las siguientes seis paradas sube un egresado en estudios patafísicos disfrazado de conejo gigante. Y todos se ignoran mutuamente. Como si no se conocieran.

Cuando el autobús se acerca a Mestre Sosa, un simpatizante que aguarda en la parada se desnuda a toda prisa, para escándalo de las señoras de mediana edad, y entrega toda su ropa a una viejecita. Y el asunto no queda, al parecer, ahí. Las puertas se abren y sube un desconocido vestido de zorro, enguantado en una falda escocesa, que lleva una carpeta en la mano derecha y un escalpelo en la izquierda. El pánico cunde entre los conejos al ver al zorro y su arma blanca y todos salen en tropel por la puerta trasera del autobús.

La escena que acabamos de detallar sucedió en la capital valenciana. Eso defiende en su ensayo titulado Los conejos raptan al prestidigitador el Dr. Lumbago A’tresbandas, académico del Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica de Burriana. Pero, ¿qué es la ‘patafísica? Un patafísico dirá que su ciencia no puede ser objeto de estudio o análisis porque es precisamente la disciplina que analiza y comprende todo. Alfred Jarry, su fundador, algo más explícito en su ensayo Gestes et opinions du docteur Faustroll, afirma que esta paraciencia se dedica al “estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones”. Si el absurdo dadaísta escandalizó en 1920 a la timorata clase burguesa de Zurich, retando al arte institucionalizado (-ante), la patafísica daba un paso más y en 1945, se erigía en París como saber de los saberes inútiles.

La patafísica ha logrado pervivir como no-pensamiento marginal hasta nuestros días y de hecho goza de bastante buena salud desde el año 2000, a partir de la ceremonia de “Desocultación” del Colegio matriz de París, cuya dirección dictó allá por 1974 un “Periodo de Ocultación” por motivo del fallecimiento de muchos de sus investigadores. La lista de intelectuales a los que la escuela francesa ha otorgado títulos, como burla oficiosa del honoris causa del establishment, es sorprendente. Aprovechando la desocultación se nombraron varios “Sátrapas Trascendentes”: Umberto Eco, el recientemente fallecido Jean Braudillard y Fernando Arrabal. Antes de ellos portaron ese digno título intelectuales como el díscolo Boris Vian, compañero de chanzas de Sartre y la intelectualidad de su época. También fue Sátrapa Eugene Ionesco (quien no ha oído aquello de La cantante calva?) y el barcelonés Joan Miró.

Desde su creación, los miembros del Colegio se unieron a multitud de comisiones y subcomisiones que acabaron por formar una intrincada estructura “académica”. Su ámbito de estudio sigue vigente en la actualidad y la misma denominación de estas comisiones desecha cualquier duda razonable sobre su potencial práctico: Ciencias Inexactas, Epifanías e Itifanías, Incompetencia Realizadora, Formas y de las Gracias. Al frente de la última estuvo el artista Marcel Duchamp.

Aunque París sobrevivió al alumbramiento de la patafísica convirtiéndose en centro de esta peculiar actividad, la disciplina se ha extendido a otros países, por todo el globo. En 1966, el Collège encargó a Juan Esteban Fassio que elaborara un informe detallado de las delegaciones patafísicas de ultramar. Dicho mapa no ha sido actualizado, pero un ejemplo que corrobora que los patafísicos no han abandonado su vilipendio es la fundación de un Instituto Patafísico en Londres hace apenas 7 años. Era un acontecimiento cantado. No en vano unos greñudos de Liverpool que se creían con poco ritmo (“beat-less”) e iconos del pop internacional, ya hablaban en Maxwell’s Silver Hammer de un “estudiante enigmático/que estudiaba ciencia patafísica en casa”.

Crómicos paté-físicos peninsulares

España cuenta con dos escuelas de patafísica, la Institutum Pataphysicum Granatensis y el citado Colegio Oficial de Burriana, que emulan a la institución fundada en 1948 por Oktav Vokta, Melanie Le Plumet y J-H. Sainmont. Sobre todo, los patafísicos peninsulares intentan sobrevivir al margen de la cotidianeidad, evitar el contagio del consumismo y pragmatismo reinante; reírse de todo hijo de vecino. Poseen, como sus compatriotas franceses, un calendario propio, cuyo año cero es un sonado escándalo: el 10 de diciembre de 1896, fecha del estreno de la obra teatral de Jarry Ubú Rey. Tienen publicaciones en las que difunden sus avances en materias dispares, apoyados por editoriales como Puravida. Organizan alguna reunión que otra en Anaís Café-Libros, un pequeño café de Granada. Incluso celebran sus propias efemérides, como el socarrón “Día Mundial Sin Emmanuel Kant”.

La última de las reuniones del colectivo sureño, celebrada en abril de 2007, se anuncia con gran despatafisticismo en una página web; hubiera sido quizá más fidedigno colgar un cartel en una farola de un parque granadino y que se las vieran y deseasen los posibles asistentes. En la proclama, el Sátrapa Requesens ruega a los patafísicos vestir sombrero de “alto o bajo copete”, “ropa informal” y una insignia oficial del Colegio de patafísica. También es indispensable llevar un cocodrilo, o un loro en su defecto, aunque “puede ser en insignia, tala de madera o simple pegatina o llevarlos vivos si así se desea”. Lo del cocodrilo sí tiene su lógica de rebufo para quien sabe cuál es la mascota del Còllege de Pataphysique: se llama Lutembi, es Presidente Transitoriamente Perpetuo del Còllege y es un cocodrilo que vive, en el anonimato, a orillas del lago Victoria.

En cualquier caso, analizar serenamente el valor artístico de la pata-física, que da hoy el que podría ser su penúltimo coletazo, es desaconsejable. Más útil resulta callar y recordar la anécdota de los conejos del EMT valenciano. Porque la historia de la patafísica es en realidad sólo el cuento de una horda de conejos tarados que salieron de la chistera de un mago, Alfred Jarry, y que de haber tenido la oportunidad habrían raptado, maniatado y birlado el protagonismo a otro ilusionista célebre de idéntico nombre (salvo por la –h), ese húngaro llamado Harry Hudini. ¿No se han preguntado aún, siempre patafóricamente hablando, y usando las palabras del Doctor Lumbago, “qué sería de nuestra cultura, tralarí, tralará… y aún menos de nuestra civilización occipital si los Doctores en Pataphysica danzaran a sus anchas ejecutando estos actos a diestro y siniestro” (sic.)? No debemos permitirlo. Si llegara a ocurrir nuestra vida sería, en el peor de los casos, hasta divertida.
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1 Alfred Jarry insistía que el término debía llevar apóstrofe al inició (‘pataphysique) para evitar juegos de palabras como patte à physique (la pata de la física) o pas ta physique (no es tu física) o pâte à physique (paté de física). A lo largo del reportaje no se ha utilizado esta distinción.

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