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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Hostigados por la depresión

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 30 de noviembre de 2008, 23:36 h (CET)
Bajo unas decoraciones con mucha prestancia, muy pronto nos apercibimos del engaño sufrido. Algo circula por debajo de los ambientes modernos, algo que desenmascara las apariencias. La evolución de la sociedad ha contribuído a la renovación y mejora de muchas facetas; su denodado empuje ha devenido en una explosiva realidad. Precisamente, la amplitud de esos logros, sus genialidades, embellecen los decorados mencionados, nos conducen a un progresivo endiosamiento, embebidos de esas grandezas. Aunque insisto y cualquiera de ustedes lo puede comprobar, coexisten RÍOS SUBTERRÁNEOS de un contenido menos gratificante y, con frecuencia, muy turbulentos. Nos vemos forzados a interesarnos por esas circunstancias escondidas, por que entre tantas maravillas como disfrutamos, ¿A qué se debe el aumento de las insatisfacciones y las depresiones? Basta con escuchar a unas cuantas personas, para percibir ese lamento melancólico. No encaja este sufrimiento en un supuesto ambiente de grandes capacidades jamás soñadas. Por eso acabamos pensando en que algo se nos escapa por aquella corriente subterránea de la vida.

Uno de estos factores involucrados en bajarnos el ánimo, en dejarnos aplanados; se deriva del AUTOMATISMO con el que actuamos en demasiadas ocasiones. Acelerados, y no muy dados a las actitudes reflexivas; nos incomoda menos la simple repetición mimética de las actitudes y comportamientos que se lleven. Es decir, seguimos las tendencias ambientales, ya no se aportan argumentos, se reacciona de una determinada manera, y ese es el único razonamiento. Sea violentos e intolerantes ante la mínima contrariedad –doméstica, laboral, servicios-, sea costumbristas –viajes de moda, hábitos sociales-, o siguiendo los pensamientos “correctos” de la mayoría en ejercicio. Como autómatas rutinarios repetimos unos patrones de conducta establecidos por otros; incluímos en el lote una gran cantidad de ideas que no nos molestamos en desentrañar. Al cabo, ¿Qué llevamos en las alforjas propias? ¡Si no llevo nada mío! ¿Consecuencias? ¿Responsabilidad?

Otra forma, llena de un encanto naturista, nos confunde. Me refiero a la DISTORSIÓN derivada de una observación de la Naturaleza. Insectos disimulados entre las hojas verdes, las alas de mariposa que cambian de color, la imagen del guepardo al acecho, indistinguible entre el ramaje, o cangrejos confundidos entre los cantos rodados; toda una serie de maravillas, bellos automatismos que fascinan. Como insinúa Roger Caillois (Revista de Occidente, nº 330), no podemos quedarnos en eso, “Cuidado: Quien juega a ser un fantasma se convierte él mismo en fantasma”. La espontaneidad del ámbito natural, aún con sus imitaciones, es consititutiva de la esencia de cada especie. La mente de las personas exige otras dimensiones, sin ellas, queda amputada. Si, por falta de práctica, carece de esas dimensiones, será lógico que se considere a sí misma con menosprecio, desdén e infravalorización. ¡No ejerció como una mente auténtica!

En este acercamiento a los factores provocadores del hundimiento psíquico, resultan muy apropiados algunos matices de la palabra CANSERA. Término utilizado sobre todo en ambientes pueblerinos, quizá porque en las grandes urbes ya no se valoran ni esos, ni otros matices. Sobrepasan el concepto de “cansancio”, para referirse a lo inútil de nueveos esfuerzos, al aburrimiento añadido, a la profundidad de aquel agotamiento; introduce ese matiz desde el fondo del ánimo, que aleja la percepción de otros aspectos positivos, en todo caso, los nota fuera de su alcance. Se torna plana la sensibilidad, ya no se percibe ese contrapunto de los opuestos, felicidad-infelicidad, belleza-fealdad, odio-amor, ilusión-tristeza. Domina la indiferencia castrante, se aborta todo conato de cratividad desde la raíz. Expresa esa pérdida del salero y el picante de la vida, precisos para que uno se sienta estimulado. En estos trayectos llenos de hostigamientos, automatismos, desvíos hacia la simpleza naturalista y con la sensibilidad humana atrofiada; la frialdad será una consecuencia terrible para esos espíritus.

No es preciso que nos lo expliquen, “vivir es vivir en crisis”, y para cada persona, las situaciones y hechos cotidianos no cesan de manifestarlo. En la pequeñez de lo individual, cada persona se enfrenta a sus ENTES INSACIABLES; se presentan y exigen desde formas insospechadas. Insaciables, por que el estar vivo supone esa secuencia de situaciones. También, por la ausencia de soluciones totales. Los momentos críticos proliferan. Al estilo de enfermedades reales o temidas; aunque en ambos casos cargadas de inseguridad y angustia. En forma de metas no alcanzadas, con la frustración consiguiente. O, si consideramos ideas más elaboradas, ¿De dónde venimos? ¿A dónde iremos a parar?, nadie nos solventa la tragedia personal; el carácter opresivo de los entes se introduce sin permiso. Es decir, se van obturando los respiraderos íntimos, se echan en falta unos grandes ventanales, dispuestos para la entrada de nuevos aires frescos. Y eso no se compra, es la otra parte de la tragedia, o de la realidad, según se mire.

Si nos ponemos muy solemnes, a lo Shakespeare, “Ser o no ser”; nos quedamos algo estupefactos, como su protagonista, como bloqueados. Para llegar a esas alturas viene bien la postura intermedia de “Ver o no ver” de Salvador Dalí, o por lo menos atisbar por donde vamos diría yo. Necesitamos algo de ese surrealismo provocador y entusiasta, para salir de los baches depresivos en los que nos vamos introduciendo. Por una vez, invoquemos la MAGIA de una ilusión creadora. No suele ser racional del todo, pero qué manía tenemos en remitirnos solamente a lo racional. Disponemos de muchos fondos poco explorados; si los sacamos a la superficie, son tan útiles como cualquier otro, vibraciones vitales, amores, concordancias con otras partes de la realidad. Con esa evidencia palpable de su imperiosa necesidad, por que de lo contrario, nos encenagamos en un tedio insufrible, aunque estemos hiperactivos. En la práctica diaria son fundamentales las nuevas ilusiones para la interpretación personal de nuestras circunstancias, luego podremos considerar otros planteamientos más elevados, pero antes hay que recuperar el bullicio y la alegría; sin ellos, será difícil pasar a mayores.

No niego las grandezas, otro día incidiremos más en ellas. De lo que me hago eco hoy es de esa realidad angustiosa, de los caminos insidiosos, conducentes a la depresión. Como escribe Wallace Stevens, “Nuestra pobreza es lo bastante grande, … para que necesitemos preocuparnos continuamente de la ficción que cambia”. No bastan las grandes palabras, por muy altisonantes que nos lleguen, a pesar de los pronunciamientos más enardecidos; no bastan, por que son ajenas y aplastan poco a poco los sentimientos míos y suyos, de cada individuo. Ese es el lugar preciso para la actuación de la magia, de la ficción creativa; para que la INTERPRETACIÓN PERSONAL tenga lugar, activa, ilusionada, implicada y responsable. Así daremos la vuelta a los fastidiosos hostigamientos. Ese revulsivo personal es necesario y quizá un único camino. Es un duro reto, sí; pero … fascinante, abierto a las mejores metas.

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