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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

Cristofobia

Pascual Mogica
Pascual Mogica
viernes, 28 de noviembre de 2008, 10:28 h (CET)
Nos cuentas el diario El Plural, en su edición del pasado día 24, que el cardenal arzobispo de Toledo, monseñor Antonio Cañizares, aseguró en su homilía dominical pronunciada el día 23, que padecemos “una verdadera enfermedad” por el “debilitamiento” y “destrucción” de la familia y de la Iglesia al propio tiempo que denuncia la “cristofobia” de esta sociedad “enferma”.

Las palabras de Antonio Cañizares, solo pueden entenderse viéndolas desde la óptica del no querer ver cual es la realidad de la Iglesia Católica ni ciertas actitudes de determinados clérigos encerrados a cal y canto dentro de un modelo de sociedad retrógrado, trasnochado y obsoleto. Los creyentes católicos, practicantes o no, no rechazan a Cristo. Lo que si es cierto es que los “ministros” y “príncipes” de la Iglesia sí son cada vez más rechazados y lo son por el hecho de que algunos de ellos han perdido los principios de Dios y se han dedicado a caminar por unos caminos equivocados.

Una sociedad “enferma” es aquella donde impera el analfabetismo la incultura y por tanto la ignorancia de sus gentes a las cuales se les hacía creer aquello de la condena al fuego eterno y de que sus almas irían a parar a los infiernos, al reino de Lucifer. Es precisamente cuando se dan estas circunstancias, muy propicias para atemorizar a los ignorantes, cuando la Iglesia Católica ha tenido sus tiempos de “gloria”. Ante las afirmaciones del cardenal arzobispo no estaría demás que él mismo se preguntara si nos hallamos ante una sociedad enferma o ante un sistema clerical en decadencia.

Nos cuenta Arturo Pérez-Reverte en su obra “Un día de cólera” que el tres de mayo de 1808, al día siguiente del alzamiento en Madrid contra la ocupación de las tropas francesas de Napoleón, la opinión de la Iglesia sobre la jornada del dos de mayo se reflejaría, elocuentemente, en la pastoral escrita por el Consejo de la Inquisición: “El alboroto escandaloso del bajo pueblo contra las tropas del Emperador de los franceses hace necesaria la vigilancia más activa y esmerada de las autoridades...Semejantes movimientos tumultuarios, lejos de producir los efectos propios del amor y la lealtad bien dirigidos, sólo sirven para poner la Patria en convulsión, rompiendo los vínculos de subordinación en que está afianzada la salud de los pueblos”.

También nos desvela Arturo Pérez-Reverte en su citada obra en relación con la reacción de las autoridades eclesiásticas en torno a los sucesos de Madrid, la pastoral de Marcos Caballero, obispo de Guadix, cuando en un alarde de elocuencia y tras aprobar el castigo “justamente merecido por los desobedientes y revoltosos”, su ilustrísima dice: “Tan detestable y pernicioso ejemplo no debe repetirse en España. No permita Dios que el horrible caos de la confusión y el desorden vuelvan a manifestarse…La recta razón conoce y ve muy a las claras la horrenda y monstruosa deformidad del tumulto, sedición o alboroto del ciego y necio vulgo”.

Con estas dos manifestaciones, la Iglesia Católica criticó, juzgó y condenó la lección de patriotismo que el pueblo de Madrid dio el dos de mayo de 1808 y donde se reflejó, con posteriores levantamientos contra el invasor, las ansías, las legítimas ansias, de libertad de los españoles. En aquellos momentos la Iglesia no estuvo del lado del pueblo español y siglos después, cuando la ignorancia es menor y la cultura es superior, aún vive de espaldas a él.

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