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¡Ñoña!

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 27 de noviembre de 2008, 10:44 h (CET)
Hace ya bastantes años apuntaba en un artículo que tanta telenovela como daban por televisión tendría nefastas consecuencias, pero que éstas tardarían en verse al menos una generación. Pues bien, desde aquella memorable “Cristal” o la no menos famosa “Los ricos también lloran” hasta hoy, han pasado exactamente treinta años, una generación, y ya tenemos aquí instalada inter nos la ñoñería en su manifestación más brutal y escatológica. Hoy, si se quiere ser posmoderno y progre, ñoño: no hay otra. Así está la cosa.

A mí todo esto de la sociedad actual y el lenguaje políticamente correcto o las maneras posmodernas, qué quieren que les diga, me parecen de una dulzura tal que estoy porque me dé un sock hiperglucémico. Que no se pueda dar un cachete a un nene (tu propio hijo) que se comporta como un Atila sin domesticar, que a los bichitos se les sostenga con esta delicadeza que se les niega a los seres humanos o que uno no pueda confesarle a una señorita de lo más voluptuoso y aparente los afectos que le despierta carne adentro por miedo a ser acosador, como que me está poniendo de los nervios. Lo intento comprender y adaptarme, pero no lo consigo, palabra. Cuando mi hijo monta el show a las tantas de la madrugada porque se le ha emperejilado un pizza de pepperoni y pone al barrio en pie de guerra, como le daría así un par de veces por lo menos; pero como no quiero ir a presidio por tan atroz barbarie, ya me planteo acudir a los tribunales para pedir protección contra sus continuas agresiones y estupideces y que se lo quede el Estado, a ver qué hace con él ya que es tan listo. Ni quiero ir a un penal o pagar infames fortunas de multa tampoco porque mi perro haya excrementado la calle —uso lenguaje políticamente correcto para no herir esas sensibilidades tan delicadas de nuestros mandatarios— y voy detrás de él —¡siempre a su servicio!—, recogiendo sus simpáticas gracias y ofreciéndole caviar con salmón para su sostén, con el fin de que no me acusen de maltrato animal y me envíen a la Guyana a picar piedra con los dientes. Incluso cuando quise decirle a Maripuri que me desparramaba de amor por sus efluvios, preferí decírselo a Manolo, que es como más comprensivo, más moderno, y por ello no te acusan de acoso ni puedes ir galeras, sino a un antro de modernidad y progreso y hasta puede ser que convertirte en un personaje de lo más principal en algún programa televisivo de mucha audiencia. ¡Cuidado con lo que hace, amigo!: ¡vivir en esta sociedad es algo extremadamente peligroso!

No, no; hay que ser muy comedido en todo, muy ñoño. Después de todo, uno puede autocompensarse, sacar su instinto pervertido a pasear y hasta vengarse de estas afrentas si sabe utilizar los recursos disponibles a su alcance. Por ejemplo, puede vengarse de su hijo convirtiéndole en un asesino en potencia con esos videojuegos que le enseñan como fumigarse a quien quiera que sea que se mueva, quemar mendigos comosi tal cosa, dar palizas a sus compañeros para colgarlo en Internet y hasta cómo dinamitar a la sociedad en pleno, al mismo tiempo que ya gracias a las leyes éstas tan ñoñas se ha convertido en un torturador de profesores, un gamberro de tomo y lomo o se ha adscrito a esas organizaciones culturales que reciben dádivas oficiales, como los Lating King y criaturas angélicas por el estilo. De la mascota se puede uno vengar yendo a los toros, y saciando su sed de sangre y tormento dando alegres olés por cada banderillazo, por cada puntada, cada estocada y cada descabello, imaginando que su asqueroso perro es el que es torturado tan sañudamente. Y de lo otro, pues eso, que ellas se hagan homosexuales y las tire los tejos Rita la Cantaora, entretanto uno se da a la lujuria con los amigos, que también tienen por dónde y son menos remilgados.

¡Menuda sociedad está armando tanta ñoña como abunda! Parece que los partidos políticos no sólo se las disputan, sino que las ponen en primera fila como insignia de modernidad. ¿Ñoña?...: ¡pues tal cargo! Ahí tenemos a la pacifista ministra de Defensa, o a ésa otra de las cosas de la mujer, o a aquella concejala de las cosas de los bichos, cuando de bichos nos alimentamos. Todo sea que un día se conmuevan de esto también y tengamos que renunciar al bistec para atiborrarnos de lechuga, como los grillos; o que un mal día nos veamos atacados por feroces ejércitos enemigos, y no nos quede otra que salir sin a detenerlos a bolsazos; o que nuestro perro, después de habernos puesto nuestros retoños como un santo Cristo a bofetadas —sigo con el lenguaje políticamente correcto—, nuestro perro nos consienta decumbir en su caseta mientras él sestea en nuestro lecho con nuestra señora.

Bien pensado, para mí que algo falla en esta sociedad que los ñoños están armando. No sé si es por la cosa esa de legislar por la excepción (me sé mogollón de las otras excepciones, las contrarias, de ésas que todos callan u ocultan), pero para mí que la cosa esta se está yendo de las manos unos miles de pueblos. A lo mejor, la mayor parte de lo pasa —en cuanto a lo atroz— sucede porque gobiernan y mandan los ñoños, y así, a la vista está, sólo se puede dirigir uno al descalabro. ¿Será que creen estar rigiendo Nuncajamás?... Cosa de desquiciado cuento es, de eso no tengo la menor duda, como no me queda ni sombra de incertidumbre respecto de que en sus infancias tuvieron, o empachos de afecto, o absoluta carestía de él. No puede ser otra cosa, seguro. Tal vez nadie les quiso lo suficiente como para regalarles un merecido cachete cuando lo merecieron, o, por el contrario, se les fue a la olla a quienes fuera y se pasaron tres o cuatro pueblos. Sin embargo, debieran saber que tanta ñoñería no les se curará jamás legislando, sino con un buen psiquiatra de urgencia que ponga orden en la desván de la azotea. Cueste lo que cueste debieran procurarlo, porque nada es más infecto contagioso que la ñoñería, y cuando esto se convierta en una pandemia a ver qué hacemos.

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