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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La caja B

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 26 de noviembre de 2008, 16:33 h (CET)
Las recaudaciones para alcanzar lo deseado los políticos en los presupuestos no siempre se hacen por la vía directa de los tributos, sino que suele complementarse por el beneficioso y retorcido camino de las multas. Multas para todos los gustos y con cualesquiera excusas para llenar la caja B, la de los extras. ¿Saca el perro o el gato o la tortuga a pasear y ensucia?...: ¡multa!; ¿no recicla la basura, aunque la colecta de la misma la haga un solo camión que revuelve y mezcla lo que el probo y cumplidor ciudadano recicló?...: ¡multa también!; ¿se le ha fundido un piloto o ha pisado —policía municipal dixit— una línea continua ante un semáforo?...: pues le van a pedir hasta la vacuna contra la roña hasta que le encuentren una excusa para ponerle ¿qué?...: pues multa, claro. Y así con todo. ¡Hasta respirar hondo puede ser motivo de multa!: tirar una papel a la calle, cruzar por lugar distinto de un paso de peatones, aparcar tu automóvil en la calle de tu barrio donde siempre lo has hecho (las calles ahora son parking de cobro de los ayuntamientos en aplicación del artículo 33), hablar con tu hijo en el coche, fumar, cantar, reunirte con los amigos... ¡Caramba, más que un Estado de Derecho —que no lo es ni en sueños—, más parece que habitamos un país de ¡firmes, ar!

Pero debemos comprender que la caja B hay que llenarla a como dé lugar. ¡Pobrecitos los políticos! No; la justicia y la equidad en todo esto es cosa de morondanga, intrascendente, nimia, absurda, baladí. Dice la concejala de vaya usted a saber qué que 700 ó 1500 euros de multa por una caquita del perro, y se queda tal cual, sin infarto cerebral ni nada. Algún alma caritativa debería que advertirle que forzar las meninges de tal forma podría tener consecuencias nefastas para la salud, y no insistirle en lo absurdo de su razonamiento, porque eso para ella es arameo arcaico. Jamás podría comprender que esa cantidad representa el salario de un mes de un trabajador en este país (así estamos, qué le vamos a hacer), aunque ella se gaste mucho más que eso cada día. Los políticos sólo entienden la realidad por la gente con la que tratan: marcianos.

Tengo amigos que viven en urbanizaciones de muchísimo lujo y postín, reservas naturales de triunfadores sociales, independientemente de cómo hayan obtenido u obtengan sus haberes. No sólo tienen dos o tres contenedores de basura (por supuesto para reciclar, porque son muy responsables), entretanto en la mayoría de los barrios del extrarradio han de conformarse con un par de ellos —en pésimo estado— para toda una calle: entre quinientas y mil familias. No cabe la basura en estos últimos, claro, pero igual está multado dejar la bolsa en el suelo y no reciclar, aunque luego, cuando llega el camión de la basura, ¡hala!, todo para dentro vuelto y revuelto. Un camión, además, que suele pasar a esa hora en que los niños tratan de conciliar el sueño, cuando no a las tantas de la madrugada, armando un jaleo de padre y muy señor mío que pone en pie de guerra a medio mundo. ¡Ande, júntese usted con sus amigos y meta la mitad de ruido a ver qué pasa! Pues multa, claro.

Las leyes ni mucho menos son iguales para todos los ciudadanos, especialmente cuando hablamos de la arbitrariedad recaudatoria de las multas. A las lujosas urbanizaciones, como Santo Domingo, se les indemniza por el ruido que hacen los aviones, entretanto decenas de poblaciones, barrios y urbanizaciones de parias han de soportar estoicamente sin decir ni pío —ni tener quién les escuche o fiscal o juez que les atienda— a los aviones, los camiones de la basura y hasta a lo a su concejo le venga en gana. Y chitón, que viene el de la libreta y se pone a repartir multas como si tal cosa. Seguramente no tienen el mismo valor los 700 ó 1500 euros en las economías solventes (en el aberrantemente desquiciado supuesto de que un guardia les impusiera una multa) que en las insolventes de los trabajadores —¡imagínese que a Botín le pusieran una multa equivalente a sus ingresos de un mes porque su criada ha dejado fuera del contador la bolsa de basura del día! Vamos, que se lía la de San Quintín, y me quedo corto, y me juego seis gametos a que el Estado tendría que indemnizarle..., qué sé yo, con Navarra, por ejemplo. Pues bueno, parecido argumento se podría blandir para todas las demás causas de multa o sanción, así en su equilibrio como en su justicia.

En fin, que no, que todo eso de rellenar la caja B se hace sólo a costa de Juan Pueblo (que traga con todo como un bendito), y todo lo demás es farfolla lírica política. Ahí tenemos sin ir más lejos a la prohibición —contra multa— de los hombres anuncios, porque afean el contenido que podrían captar algunas retinas sensibles —o sensibleras—. Se prohíbe —contra multa— que alguien haga ostentación de negocios o marcas por la calle, pero no se prohíben ni los cocodrilos, bumeranes o demás anagramas de las prendas de mucho ringorrango, por más que esos individuos vayan haciendo gratuitamente propaganda callejera de igual o parecido jaez que la de los hombres anuncios. ¡Todavía hay clases, vaya!

Me confesaba en voz baja y petit comité un policía municipal de mi ciudad que a ellos lo que les piden es tantas multas todos los días, y que lo demás, como que tanto les da. Como tiene que ser, sin duda. A nadie del pueblo llano le agarra esto de sorpresa, y en la conciencia popular se da por sentado que lo de las multas y toda esta parafernalia es nada más que una treta para llenar las arcas... o los bolsillos. Entre impuestos inventados —basura, limpieza de calles —según cuáles—, cuidado de jardines —según cuáles—, etcétera, y las multas, uno es que no da de sí. Y si quiere hacer obra en casa o abrir negocio, entonces ni te cuento.

Demasiado político hay ordeñando con enconado ahínco la ubre ciudadana —la llana, se entiende; la otra está exenta—, y todo sea que un día estas clases populares se priven de mascotas, de pilotos fundidos en sus automóviles y hasta de tener la tentación de ser hombres anuncio, pero porque nadie tendrá basura que reciclar, ni automóvil al que se le fundan los pilotos o un mísero empleo, aunque sea de hombre anuncio, quién sabe si porque entonces las calles se habrán llenado de pobres de solemnidad y mendigos. En tal caso, seguro que habrá una memorable concejala o ministra como aquella cínica Susanita de las tiras de Mafalda que dé con la solución ideal a esta situación extrema, y cuando la sugieran que habría que hacer algo por ellos, responda: «¿Para qué hacer nada por los pobres?... Basta con esconderlos.» Y si se les ve, multa.

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