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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La Navidad llama a mi puerta

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
miércoles, 26 de noviembre de 2008, 16:59 h (CET)
Es una noche interminable. Los sueños se suceden sin darme tregua, recordándome los problemas que me perseguirán a la mañana siguiente y a los que no sé cómo enfrentarme. Desayuno cada día con grandes titulares de noticias que parecen vaticinar el fin de nuestro bienestar; “crisis financiera, quiebras, despidos, recesión, paro…” Ante ese panorama, ¿cómo poner una nota de color y optimismo?

Amanece el día 24 de diciembre y, lejos de compartir mesa y conversación con mis familiares, yo quiero escapar de este mal sueño. Atrás quedaron los alegres años infantiles en los que la única preocupación era escribir la carta a los reyes magos y esperar con deseo los regalos. En el pasado las cabalgatas cargadas de caramelos, los postres de la abuela, los besos de mis tíos, los juegos cómplices con mis primos y hermanos. Esta noche nos reuniremos con la amargura, la preocupación y el miedo.

Puedo decirles que hasta ahora no me ha ido mal, tal y como está la vida debería sentirme afortunado, pero en los últimos tiempos las cosas se han puesto difíciles y el futuro no pinta muy bien. Me ronda la idea de echarlo todo por la borda. Decirlo de este modo resulta bastante frívolo, tirar la toalla cuando las cosas se tuercen un poco, nadie me dijo que la vida fuera de color de rosa ni que regalaban el éxito. En realidad nunca he conocido a ninguna persona que no haya tenido algún momento de bajón o dificultad. Si todos tomasen el camino del abandono el mundo no habría llegado muy lejos. Si renuncio ¿qué me queda? Mi propia vida la constituye esta ilusión diaria de permanecer y crecer, de hacer las cosas cada vez mejor y, al llegar a viejo, echar la vista atrás orgulloso por una vida de plena fidelidad a mis ideas.

Entre mis sábanas, en la antesala de un nuevo día, mi sueño se torna más relajado, y mis sueños dejan de resultarme una pesada lucha. Me entrego completamente al reposo seguro de que, llegado el momento oportuno, daré alguna solución a esos problemas. Casi al instante suena el despertador, de un salto salgo de la cama y voy al baño. Me miro al espejo para ver la sonrisa que luce mi cara, hace mucho tiempo que no la veía. Es Nochebuena, un día como otro cualquiera, pero un día en el que toca reunirse con la familia, los amigos, donde los mensajes de felicitación y buenos propósitos te recuerdan que no estás solo. Así que hoy me olvidaré de la crisis global, de mi crisis, de lanzarme al abismo o alcanzar la más alta cumbre. Hoy estoy decidido a vivir el día con intensidad, a vivir las cosas de la mejor forma posible. A partir de hoy quiero pertenecer al gremio de los que se levantan tras las caídas, de los que construyen tras las catástrofes, de los que confían en el futuro más allá de alcanzarlo.

Al salir a la calle las luces navideñas, las guirnaldas, hasta las felicitaciones de la vecina, me han resultado agradables, nada comparable a los días pasados donde casi hubiera preferido que me tragara la tierra o que se borraran varios meses del calendario. De no habérmelo propuesto hubiera acabado tragado por algunas de esas corrientes de opinión. ¿Acaso me he olvidado de aquellos tiempos donde la alegría era estar vivos? La historia siempre ha estado llena de lucha, sacrificio y superación, así que esta navidad no voy a dejar que me la amargue nadie. Sigo al pie de mi cañón, que no lanza bombas asesinas, sino palabras, proyectos, virtudes. Pienso vivir una feliz navidad y comenzar un año inolvidable.

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