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Siguen los saldos
Luis del Palacio
En ese imparable proceso de enajenación de la realidad española en el que, de hoz y coz, nos ha embarcado “el gobierno de España” (al que antes se aludía, sencillamente, como “gobierno español”, de igual manera que los ingleses llaman al suyo “British government”, sin que a nadie le asuste el adjetivo) , parece que, si Obama no lo remedia, una parte de nuestro sector energético va a caer en manos de un país que ni siquiera pertenece a la Unión Europea, pero que, de algún modo, intenta poner su zarpa (la del oso) en un mercado al que hasta ahora sólo tenía un relativo acceso.
Si la compañía rusa Lukoil se hace con casi un 30% del capital de Repsol, habremos dado un paso más en ese sutil camino que conduce al desmantelamiento de lo propio, en este caso poniendo en almoneda a empresas señeras como Endesa, hace meses, y ahora, Repsol. Todas estas acciones contribuyen, según los expertos, a desarmar poco a poco la estructura de la economía nacional.
Al ciudadano común, a los que no somos expertos en economía ni estamos familiarizados con los tejemanejes de las multinacionales, estas macro operaciones entre grandes empresas pueden antojársenos lejanas. Ese ciudadano, agobiado más que nunca por no saber cómo llegar a fin de mes o por la posibilidad de tener que deshacerse de la hipoteca por la vía más desastrosa posible –la venta apresurada de la propiedad- o por verse obligado a cerrar su pequeño negocio, tiende a pasar muy por encima por las informaciones, normalmente aportadas por los medio de comunicación, en las que se detalla la naturaleza de estas “operaciones de alto nivel”. Y, sin embargo, sería recomendable que este mismo ciudadano, a quien se le pide el voto cada cuatro años, fuera informado de algo tan elemental como a qué obedece la decisión del gobierno –si, por fin, se produce- de permitir esa ingerencia de capital extranjero en una “empresa bandera” del sector energético, cuando existen leyes (como la de Hidrocarburos o la de Inversión Extranjera) que podrían aplicarse para, de una manera elegante y eficaz, detener este despropósito.
Es evidente que detrás de de todo este cambalache, existe la voluntad oculta de salvar la cara de unos cuantos que se equivocaron en sus previsiones (y, por supuesto, en sus inversiones) y que, una vez más, nos puede tocar bailar al compás de la ceja del talante y del “aquí no pasa nada”.
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