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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Los infelices fideos

Mario López
Mario López
miércoles, 26 de noviembre de 2008, 10:58 h (CET)
Los fideos -que es como se les dice a los macarrones en hebreo- así solos, no valen nada; son cosa insustancial y de ningún valor nutritivo. En cambio, resultan un manjar acompañando al caldo de nuestro incomparable cocido madrileño. Dicen que las personas más infelices son las que más ven televisión. Bueno, puede que a los infelices les pase lo que a los fideos.

Si un infeliz no tuviera la compañía de la televisión con la que explorar el mundo y sus muchos vicios, no tendría conversación alguna. En cambio, empapado en la sustanciosa y variopinta sopa de sucesos y espectáculos tremebundos de televisivo auspicio, nos puede entretener a los que llevamos años divorciados del siglo y, consiguientemente, ajenos a lo que se nos cuenta a través de nuestro electrodoméstico rey. Ayer, sorprendentemente, vi la televisión. Un extraño episodio de una serie muy extraña que la dan por la noche. Se trata de una casa mínima en la que habitan tres generaciones de, al menos, dos familias españolas. La primera impresión que me llevé fue bastante fuerte porque me situó en aquella Italia de los años cincuenta, tan bien retratada por lo que se dio en llamar el neorrealismo. El hecho de que los padres y madres estuvieran un tanto desdibujados en sus papeles me sorprendió bastante menos que el extraño maridaje de culturas y rasgos sociológicos de los personajes. La abuela parecía la señora de la limpieza, su hija puta y la nieta, una niña pija de serrano. El adolescente que parecía más responsable, debía de ser una aportación de alguna familia gitana que se dejó caer algún día por aquel lugar. Y, finalmente, el bebé, hijo de un aparente yonqui de entrevías y la niña pija, era negro -hasta qué punto nos ha revolucionado Obama, pensé yo-. En fin, que no sé yo si los más infelices ven la televisión, lo que no me cabe la menor duda es que ver la televisión puede llevarte a la locura o a la estupidez. Yo sigo a lo mío, en mi divorcio.

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