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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Dios dinero

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 24 de noviembre de 2008, 09:21 h (CET)
Da la impresión de que hemos crecido tanto y nuestra soberbia se ha hecho tan eónica que aquel Dios —o dioses— que antaño llenaron el espacio universal de las sociedades humanas se ha hecho tan pequeño que se ha recluido en el papel moneda. Tal vez sea que el neón de las ciudades y la iluminación halógena de las grandes urbes ha ocultado la verdadera dimensión que ocupamos en el universo, nuestra insignificancia o nuestra enanismo, pero no hay duda de que Dios, si va a querer representar algo para los humanos no va a tener otra que cotizar en Wall Street y, además, hacerlo al alza.

Todo vale por ganarse los favores de este dios contemporáneo que puede fragmentarse e incluso arder como cualquier otro papel. A nadie se le juzga sino por él, por la cantidad de veces que tiene repetido al dios en su cuenta, que es como decir preces ofrendadas y favores recibidos; lo demás, todo eso de las virtudes, la ética o mandingas por el estilo, no son sino una cobertura ñoña para adoctrinar a las nuevas generaciones, haciéndolas más mansas, alineadas y manejables por parte de los que controlan el tinglado, la pasta en ganso, que es decir la casta sacerdotal del dios dinero.

Nada más importa en los tiempos que corren: ni fes, ni credos, ni patrias ni nada. En nuestro caso, el español, al menos. Se liquidó el tejido industrial en beneficio de los depredadores mundiales y las multinacionales de otras potencias, se amañaron las leyes para delimitar un redil en el que paciera bajo control el rebaño contributivo y, a pesar de los resultados —convertir a España en un feudo de servicios—, seguir en las mismas, ofertando todavía lo que nos resta y nos concede cierta independencia.

A la vista de todos está, según su capacidad de querer ver o titularse como ciegos, que las mafias internacionales contribuyeron de manera determinante en el bum del ladrillo, como contribuyeron en la ya famosa burbuja financiera. Ahora, en un paso más, se conchabea para ceder a otras entidades semejantes los recursos energéticos españoles, convirtiéndonos en contribuyentes de quienes tendrán a la sociedad en un redil un poco más cerradito que en estos momentos, tal vez con verjas más restrictivas y guardianes que usarán látigos, si es que no llegan a la eugenesia cuando les parezca conveniente. Después de todo, el mundo ya va siendo suyo, y los gobiernos no son ya sino delegaciones de guante blanco o simples embajadores de gestión.

Pero no es sólo así con los grandes negocios, sino también con los pequeños. Toda la sociedad está impregnada hasta la médula en esta fe moderna que nos conmueve, habiendo quedando sometida a los dioses de papel. Habida cuenta de cómo está la Justicia y de que las televisiones a cambio de una cuota de fe —una pasta gansa— se ha echado a la concupiscencia de prestar micrófonos a los pretendidamente delincuentes más afamados, uno está aprendiendo lo suyo y va comprendiendo cómo se maneja la sociedad. Nunca más que ahora se pudo decir con mayor razón que no todos los que no han sido juzgados son inocentes ni todos los que fueron condenados, culpables. Cuestión de que te agarren, nada más, y de que tengas algunos adversarios con cierto poder para que o no te juzguen o salgas inocente, o vayas a galeras de por vida. Probablemente siempre ha sido así, pero nunca antes de forma tan masiva ni tan escandalosa. Aun quienes en ese caso de las entrevistas se instituyen de segundas en jueces y jurados —periodistas—, queda claro que sirven a otros intereses: los unos, haciendo del escándalo, divisas; los otros, manejando información privilegiada —a menudo obtenida de los Servicios de Seguridad del Estado o del CNI— para empujar a que el interpelado confiese lo que interesa o derrote hacia donde conviene, en un plan que algo tiene de acoso y derribo político para la obtención de algún beneficio, ya sea el debilitamiento del gobierno en el poder o ya la creación de más titulares escandalosos que le eleven a las cumbres del éxito mientras sirve a quienes le facilitaron los datos. La información, hoy, es un negocio tan próspero al menos como la desinformación. A río revuelto, ya se sabe: subvenciones y pasta en crudo.

Sería descabellado pensar que habiendo tanto por ganar se dieran puntadas sin hilo. Nada, absolutamente, en estos tiempos de adoración del dios dinero y de tanto fraile adorador, se hace porque sí o nada más que con un afán altruista. Los filántropos, hoy, pertenecen a una Iglesia de las de antes o a una ONG de las que hacen algo más que recaudar y están poniendo tiritas en todos esos rincones del mundo en los que los predadores del dios dinero han instalado una sucursal del Infierno. O a lo mejor es que con tanto suceso nos hemos vuelto descreídos y vemos fantasmas donde no hay sino casualidad; pero, sinceramente, no lo creo.

Los negocios tramposos nos inundan desde los cuatro puntos cardinales, y no hay un acto donde no se trapichee con la pasta, que es decir con el dios contemporáneo. Desde hechos tan mínimos como el cierre de discotecas —que ya deberían estar cerradas desde que cometieron las infracciones—, pasando por la prohibición del botellón que empujó a la juventud a caer en manos de estos tramposos que sirven a precio de oro lo que sea por alcohol y controlan a los jóvenes con matones que matan, a la actual crisis financiera mundial o la venta de las dos o tres joyas de la abuela que nos quedan en España y garantizan una mínima independencia, todo cuanto sucede son actos de adoración del dios de los dioses: el dinero. Los devotos del verdadero Dios, el que no es de este mundo, están en búsqueda y captura.

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