Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Mamíferos

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 22 de noviembre de 2008, 21:02 h (CET)
Se veía venir. Después de armar la que han armado los bancos y financieras —a quienes se les ha premiado su atrocidad con el obsequio de miles de millones de euros en todos los países de Occidente—, era claro que los demás sectores poderosos iban a querer mamar de la misma ubre. Pasó con las eléctricas, que sólo pretenden subir un tercio más la factura de cada consumidor, y ahora se suma el sector del automóvil, que también exige su pezón. Buenos tiempos, buenos, para los mamíferos.

Un privilegio al que sólo tienen acceso las grandes compañías que pueden poner a los Estados contra las cuerdas. Una auténtica locura, dado que las empresas que más recursos aportan al Estado y las que más empleo producen, son precisamente las pequeñas y medianas, ésas que no entran en ninguna clase de cobertura oficial y que, si caen, se dan la morrada solas. Es el mundo del revés: quienes la lían o gozan de todo tipo de subvenciones y beneficios fiscales además son ayudados con generosas aportaciones, y los que sostienen al Estado han de financiar también la codicia de esas empresas bandera (pirata). Skrull and bones. Así nos va, claro.

Esto es lo que suele suceder cuando los Estados o los países se ponen en manos de unos pocos, y a esos pocos les termina por vencer la angurria, ansiando no ya más, sino al Estado mismo. Unos pocos que, por directa o por indirecta, se compinchan para ponerle precio a las cosas. No es fácil de probar, desde luego, pero no hay duda que es más que sospechoso que los productos de un mismo sector tengan precios tan parecidos y que ninguna de esas empresas se enfrente a las demás, sino que con frecuencia se les vea compartir espacio como los pastores, ya sea en asociaciones gremiales o cosas por el estilo. El precio de los automóviles, del kilowatio o del euríbor, todo tan igual sin que importe la compañía que lo promociona o comercializa, desde luego no parece sino un acuerdo de pautas más que una competencia comercial.

Pero, en fin, da la impresión de que es precisamente esto lo que perseguíamos. Durante décadas, desde que se iniciara la actual peripecia democrática, los diferentes gobiernos que hemos tenido se han dedicado en cuerpo y alma a destruir o malvender el tejido industrial español y a liquidar la formación y continuidad laboral de nuestros futuros profesionales. Nos quedamos sin empresas ni especialistas, pero buenos dineros se ganaron con ello, atiborrando las arcas públicas o privadas, y dando la impresión de que esa ubre sería capaz de amamantarnos durante siglos. Se convirtió en dinero contante y sonante lo que era patrimonio de España y seguro de supervivencia en caso de crisis; pero nada es gratis, y ahora, al grandilocuente y falaz “hemos crecido tanto” o “hemos progresado tanto otro”, le sigue no una crisis, sino dos; la de los demás y la nuestra, porque no tenemos armas para defendernos. Miramos alrededor, y resulta que nuestras fábricas de coches son francesas, o japonesas o norteamericanas; que nuestras fábricas de lo que sea son alemanas, italianas o rusas; que la elaboración de nuestros mismos productos de la tierra está en manos de italianos, franceses o chinos; y que aun las tiendas en las que compramos pertenecen a otras potencias, que nada de lo que hay aquí es nuestro. Ni nosotros somos nuestros. Nada extraño hay que en tiempos de crisis esas empresas se replieguen y regresen a sus lares, dejándonos incontables cohortes de desheredados, desempleados y pillos de todo pelaje, traídos aquí a golpe de bombo y trompetería grandilocuente.

Se vendió la herencia, que es decir el porvenir, por un mezquino plato de lentejas. La arrogancia de nuestros pasados y actuales líderes cuando se ufanaban de tener las arcas llenas por haber liquidado las joyas de la corona, ya vemos en qué nos beneficia. Y lo que viene no es mejor. Probablemente el próximo año, gran parte de esas grandes empresas extranjeras pondrán los pies en polvorosa y nos dejarán un insoportable rastro de decumbentes laborales que, lejos de cotizar, será necesario cuidar y sostener. Ya veremos con qué. Más allá del bar de la esquina o de la tienda de ultramarinos, nadie en España estará en condiciones de crear empleo, porque todos los demás se habrán ido o habrán quebrado porque eran proveedores de aquéllos. La cosa no pinta bien, desde luego. Y pinta mucho peor, cuando consideramos que a nuestras prósperas grandes empresas, ésas que se han pasado décadas mamando a base de bien de la ubre social, se han agarrado de tal manera a la teta que no hay manera de despegarles, exigiéndonos a todos ahora que les demos, además, más y más leche. Como tiene que ser, sí señor.

Pero es lo que hay. Sin profesionales ni empresas —más allá de las depredadoras que someten al Estado a la obligatoriedad de sostenerlas para seguir repartiendo dividendos entre sus socios—, el ecosistema social se resiente, si es que no se derrumba. Demasiadas clases pasivas y demasiados mamíferos para que la cadena alimentaria se sostenga sin agotarse. Cientos de miles —si no millones— de hombres y mujeres en la flor de la vida laboral fueron enviados a la jubilación anticipada tramposamente para beneficio de esos monstruos insaciables, y ahora ellos mismos, los grandes bancos y empresas, también le someten al Estado a su chantaje: o la financiación gansa, o el caos. Entre unos y otros tienen acaparados todos los pezones de la ubre patria, y los demás, todos los demás ciudadanos, hemos de sostener al Estado mamífero para que no muera. Demasiados mamones para una sola ubre. Todo sea que de tanto mamar, termine esa ubre por dar sangre.

Noticias relacionadas

Isabel del Rey, de profesión poeta

Hay que leer estos 'Versos de escuela' de Isabel del Rey porque es la libertad lo que se lee en los poemas

Miedo nos da. ¿Un Art.º 155 descafeinado?

¿Se pretende restaurar la legalidad en Cataluña o salir del paso con el menor coste político?

Intervención en Cataluña

Rajoy ha reaccionado ante el reto o chantaje planteado por Puigdemont

Soy mujer, escucha mi rugido

La violencia contra las mujeres en la vida estadounidense, en primer plano

Velocidad de la alegría

Necesitamos agilidad mental para el cultivo y disfrute de la alegría crítica y constructiva
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris