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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sin placa en el Congreso

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
sábado, 22 de noviembre de 2008, 15:26 h (CET)
Según testigos y datos biográficos que nos han llegado de Madre Maravillas, santa María Maravillas de Jesús, carmelita madrileña, nacida en dependencias del Congreso en 1891 y muerta en el convento de La Aldehuela de Getafe en 1974, parece que era de natural más bien serio, concentrado y reflexivo, aunque muy amable con toda clase de personas con las que se relacionaba.

Hoy, desde la otra orilla y tras su canonización en Madrid por Juan Pablo II en 2003, habrá sonreído comprensiva y compasiva por el gran rifirrafe en que su persona se ha visto envuelta. Parte de la izquierda, con el presidente de la Cámara, señor Bono, había accedido a la petición de poner en algún sitio del Congreso una placa suya recuerdo y a la vez homenaje a su memoria..

Los protagonistas opositores de este singular evento han sido algunos diputados de la izquierda sectaria, encabezados por grupos radicales de ERC e IU, dispuestos a anular el acuerdo parlamentario. Cosa al fin lograda. Tal victoria pírrica, adobada con escándalo y alboroto democrático “retrata la miseria moral de quienes lo instigaron y revanchismo visceral que los animó”.

Si los santos son modelos de comportamiento e intercesión para los caminantes hacia el más allá, que la santa madrileña medie ante el Todopoderoso para que los españoles sepamos vivir en alianza de civilizados y respetarnos pese a las ideologías contrarias.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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