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Etiquetas:   Desde un córner   -   Sección:  

La Davis en Argentina

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
sábado, 22 de noviembre de 2008, 20:58 h (CET)
Menuda la que están liando nuestros hermanos argentinos allende los mares a resultas de la Copa Davis. Me cuentan que hay un ambientazo tal que es imposible sustraerse al evento en ningún rincón de aquel maravilloso país.

Y la verdad es que me lo creo, viendo la forma en que los habitantes de allá se toman cualquiera de los eventos que emprenden, especialmente los deportivos. Llama poderosamente la atención que ese crisol de razas y genes europeos y americanos con base hispano-italiana que es Argentina haya sido capaz de canalizar su genio hacia el mundo del deporte de una forma tan contundente y tan eficaz. No hay una actividad deportiva en la que participe un argentino que no se convierta en batalla épica de genio y raza. Puede que el deportista en cuestión no gane, pero garantiza entrega y lucha sin límites. Si, además, el deporte es de equipo, o siendo individual se juega en equipo (como el tenis en la Copa Davis), entonces las posibilidades de éxito para el representante del equipo del cono sur se multiplican por mucho.

Ejemplos de esta especial vehemencia deportiva lo tenemos por doquier, baloncesto, rugby, tenis…y sobre todo en fútbol. Ya advertía Valdano que el fútbol es un estado de ánimo. Pero es que en Argentina esta opinión se eleva axioma. Cuando un argentino juega a un deporte de competición como el fútbol, esta actividad deportiva se ve dignificada con un masivo ingrediente de pasión. Pasión sin límites, pasión desaforada. Por ello, muchas generaciones de jugadores mediocres han sido capaces, por ejemplo, de enfrentarse a la siempre maravillosa Brasil y de tratarla de tú a tú. Cuando, encima, salen talentos naturales como abanderados de esa generación, todo el músculo y la agresividad de ese equipo se ve coronado con una magia sin par. Ocurre ahora con la Argentina de Messi y Agüero, y ya ocurrió hace 20 años con la Argentina de Maradona. Un Maradona que, cosas de esa pasión desaforada que antes decía, no sólo no está entre rejas o sufriendo el oprobio del olvido más absoluto, cual Joselito del balón, que es como ocurriría en España, sino que se le han perdonado todos sus fallos y delitos (incluso penales) y lo han puesto al frente de la joya de la Corona del deporte albiazul: la Selección nacional de fútbol.

Pero volvamos al tenis y a la Copa Davis. Andábamos preocupadillos por este país los que nos gusta el deporte de la raqueta pensando en la encerrona que iban a hacerle a Nadal y compañía en la final de la Davis. Sólo Rafa Nadal, en condiciones normales, garantiza 2 de los 3 puntos necesarios para llevarse la Copa. Esto ponía a los españoles claramente como favoritos para paladear la gloria tenística. Se apelaba desde el país americano al carácter impredecible de esta competición, pero todos sabían, y ellos los primeros, que le eliminatoria estaba muy a favor de los europeos, y que había que igualarla por medio de aspectos extradeportivos como la motivación “extra” del público, una actitud seguramente cercana a la intimidación. Pero, como saben, hace dos semanas se produjo un dramático cambio de planes. El cuerpo de Rafa ha dicho “basta” y se ha perdido el último tramo de la temporada. Y con ello, la final de la Davis. Todo ello significa un cambio de escenario tremendo para ambos contendientes. De la noche a la mañana, los argentinos se colocan con pie y medio sobre el podio de vencedores. Entiéndaseme, no es que Feliciano López y David Ferre no estén a la altura. Pobrecitos, no digo yo eso. Sólo que son verdaderamente peores que Del Potro y Nalbandián. Mucho peores. Y eso que no contamos con el factor campo, que ha sido específicamente diseñado para favorecer a los argentinos y perjudicar a los españoles, ni con el ambiente que se espera en la pista del Mar del Plata, donde la reventa ha alcanzado los 6500 € por una entrada y donde, por cierto, se repartirán los “calzoncillos de Nadal” entre el público para una mayor desmotivación del rival. Curioso que no esté Nadal pero sí sus calzones.

Pero de todo este ambiente pintoresco y agresivo que se espera se puede sacar una cosa positiva. Algo que es la única esperanza de victoria real a la que se pueden agarrar los chicos de Emilio Sánchez Vicario: la propia naturaleza caótica y a menudo impredecible de la Copa Davis puede jugar a favor de los europeos. Si Nalbandián o Del Potro se dejan arrastrar por el ambiente “bélico” y superexigente de las gradas, es posible que el propio ambiente termine por igualar la balanza, como se pretendía, pero esta vez, con la final a favor de los locales, cualquier circunstancia extradeportiva, la más mínima variación en el fiel de esa balanza es un movimiento a favor de los españoles.

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