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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

Negar la realidad

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
sábado, 22 de noviembre de 2008, 09:28 h (CET)
Totalitarismo es la nueva palabra que hemos adoptado para describir las inesperadas pero inseparables manifestaciones de lo que en teoría llamamos socialismo. Friedrich von Hayek.

“Sólo hay algo que quisiera comprender y que nadie, creo, logrará explicarme. Sé que todo ha terminado para mí. Lo sé y, sin embargo, no logro verdaderamente creerlo, no llego a sentirlo. ¡Es tan extraño! Es tu vida. Empiezas pensando que es algo precioso y delicado, tan hermosa que te parece un tesoro sagrado. Y ahora ha terminado. A nadie le importa; no porque sea indiferente, sino porque no se sabe nada de ella. ¿Quién tiene alguna idea de lo que es este tesoro nuestro? Sin embargo, debe haber algo que todo el mundo debería comprender. Sólo que…, ¿qué es eso Kira?” Así se expresa en la magistral novela de Ayn Rand, “Los que vivimos” (1933), Irina, una joven, hermana de la protagonista de la novela, condenada a morir en el Gulag por amar a un rebelde, cuando conoce su destino. Y es precisamente esta cuestión que Irina plantea la que, según afirmaba acertadamente en el prólogo de la novela su autora, exiliada en USA tras huir del “paraíso” soviético, “está en la base de todas las dictaduras y teorías colectivistas y de todos los males que aquejan a la humanidad”: el desprecio por la vida humana, el odio al individuo, la destrucción de la persona, del yo, que debe quedar subsumida en el colectivo, el nosotros. Todo lo demás, desde las políticas tendentes a aniquilar la propiedad privada hasta las alianzas con quienes quieren destruir las sociedades libres y abiertas –las occidentales- e incluso el fanatismo talibán contra el cristianismo, al fin ya al cabo competencia aunque el cristianismo predique la salvación en otra vida y no en la terrenal (“Sin embargo, la promesa socialista tiene consecuencias muy distintas. La cristiana inducía a las gentes a llevar una vida virtuosa. El partido, en cambio, le exige a sus seguidores una disciplina política absoluta, para acabar pagándole con esperanzas fallidas e inalcanzables promesas”. Ludwig von Mises), son meros derivados de ese desprecio.

Envidia –el mal de España-. Resentimiento. Complejo de Fourier (Fourier fue una especie de Francisco Ferrer Guardia, el psicópata de la Semana Trágica de Barcelona -78 asesinados; numerosas iglesias y conventos ardiendo en llamas- y pedagogo totalitario reivindicado y seguido por ERC y toda la izquierda, al cual todos los partidos, socialdemócrata PP inclusive, quieren homenajear. Homenaje al crimen) que se encuentra, como bien afirmaba Ludwig von Mises en “Liberalismo”, en la raíz psicológica del antiliberalismo. Al fin y al cabo, una neurosis que explicaría el que una persona medianamente formada pueda ser en pleno siglo XXI marxista, esto es, socialista y creer, máxime después de la caída del Muro de Berlín y de quedar expuesto ante los ojos del mundo la miseria y el horror que supone tan criminógena ideología, que el socialismo es Jauja, el paraíso terrenal. Sólo una neurosis puede explicar la ceguera de quienes tienen a Cuba, el paraíso de la prostitución infantil para millonarios europeos y norteamericanos, por modelo e ideal a alcanzar. En realidad de lo que se trata es de escapar de la propia responsabilidad, que no es más que la otra cara de la aborrecida y temida libertad. (“Libertad. ¿Para qué?”. Lenin) Cree el utópico que caído el sistema él dejará de sentirse mal cada vez que conozca a otro que valga más que él y que todo serán felicidad, risas y mieles. Al fin y al cabo el creyente socialista (“Motivos para creer”, rezaba el inteligente eslogan del PSOE en las pasadas elecciones) ansía alcanzar el paraíso inexistente en este mundo al precio que sea y como sea. La realidad da igual. Debe, como bien explicó Jean François Revel en "El conocimiento inútil", amoldarse al dogma. El neurótico, entre otras cosas, se engaña a sí mismo. Mentiras piadosas, que lo llamaba Mises. Por eso Irina no llega a creer, a sentir, pese a que sabe en su fuero interno a ciencia cierta que así es, que su fin ha llegado. Por eso Irina no comprende que lo más importante es su vida. Es ella. Es su yo. Y no el bien del colectivo. Irina, como tantos otros, se engaña a sí misma incluso en el momento más trágico de su vida: cuando conoce que va a ser condenada a una muerte segura.

Al fin y al cabo, Irina no es más que otra víctima del colectivismo. Como lo son todos esos que callan ante los atropellos totalitarios de la casta dirigente. De ahí el silencio de los borregos ante la mera existencia del organismo totalitario y censurador CAC. Por resentimiento y envidia es por lo que gozan y sonríen cuando le son arrebatadas emisoras a los malvados "judíos" de COPE. Por eso callan cuando el Congreso de los Diputados, vulnerando derechos fundamentales –no ser discriminado por razón de sexo, raza, ideología o religión-, decide que Sor Maravillas no es digna de tener una placa en la sede de la soberanía nacional por el mero hecho de haber sido religiosa católica. Por eso cuando Rodríguez Zapatero, el que reivindica al totalitario Largo Caballero, dispone que los contribuyentes paguemos con nuestro esfuerzo, de forma completamente opaca y sin control alguno, las pifias de los millonarios banqueros casi nadie levanta la voz. Por eso es posible que un matón asesine a un joven de 18 años partiéndole a golpes el corazón después de una trifulca en un local de unos señores que ostentan una concesión municipal y ni se sabe cuántos apercibimientos por incumplimientos legales y los políticos se vayan rositas. Por eso se permite a Ruiz Gallardón revolver en los cubos de basura o a Pedro Solbes sembrar el terror fiscal al elevar a diez años los que Hacienda puede entrometerse en la vida de cualquier honrado ciudadano. Simplemente porque es mejor negar la realidad, no llegárselo a creer. Como Irina. Pero la realidad es que es cierto. Ya está aquí.

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