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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

El deber de ser madre

Olga Esmeralda García (México)
Redacción
viernes, 21 de noviembre de 2008, 09:44 h (CET)
En las distintas sociedades existe una serie de reglas implícitas en cuanto a la actuación que cada individuo debe desempeñar en su papel ante la sociedad, reglas derivadas, fundamentalmente, en función de la anatomía de cada individuo. Es aquí donde surge la división de géneros basada en arquetipos que se encuentran prendidos tanto al inconciente individual como al colectivo.

En México, por ejemplo, quién no ha escuchado hablar de “la sufrida madre mexicana” que constituye casi casi un emblema nacional por el que todos (y todas) debemos sentir un gran orgullo. O quién en nuestro país no ha observado el excesivo tributo que se rinde a la maternidad, que redime a la mujer prácticamente de cualquier culpa, no sólo de la culpa original, sino de cualquier otra, se puede ser prostituta, asaltante o asesina, no importa, porque si se es madre se está por encima de cualquier otra que no lo sea, no importa si esa otra es doctora, literata o Premio Nóbel de la Paz. Las madres tienen un lugar especial dentro de nuestra sociedad, no importa que clase de madres sean, lo importante es que lo sean.

La maternidad constituye además de todo el que sea talvez el único medio eficaz para domesticar a la mujer y garantizar la prevalecencia del poder masculino. Si las mujeres no se encontraran de alguna manera “forzadas” por la sociedad y sus reglas tácitas a cumplir con una función biológica –además de cargar con las implicaciones sociales que esta encierra– que debería ser más bien opcional, seguramente muchas de ellas dedicarían gran parte de sus vidas a cultivar un desarrollo personal y profesional que sin duda las situaría en una posición más igualitaria en cuanto a campos de poder respecto de los hombres.

Lamentablemente por ahora parece estar lejano el día en que nuestra sociedad, dirigida en su mayor parte por hombres, se atreva a ver los beneficios reales que tendría el dejar de explotar y someter a la mujer en base a sus características biológicas y se decida a llevar a cabo una desmitificación de la maternidad. Por ahora las mujeres que han decidido dedicar sus vidas a cosas distintas a la maternidad seguirán siendo consideradas como mujeres incompletas. No importa cuántos premios o reconocimientos pueda tener en su casa una mujer, si en esa casa no hay también un hijo, difícilmente dejará de ser vista por lo demás con un dejo de conmiseración porque no ha conocido “la dicha más grande de una mujer” que es, por supuesto, ser madre.

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