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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

El gran manipulador

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 19 de noviembre de 2008, 12:04 h (CET)
Acabo de terminar la lectura del libro, recientemente publicado, "Franco, el gran manipulador", de Paul Preston. Se trata de un intento más de remachar un clavo sin cabeza; de esos que se hunden en la madera sin dejar rastro aparente, pero que ensamblan conceptos y pseudo conceptos, encapsulando momentos de la historia y a sus protagonistas en una entidad causal que funciona como un antiguo mecano: un juego de poleas, balanzas, resortes transmisiones y espirales que reaccionan articuladamente a la presión, a la fuerza momentánea que se ejerce sobre un punto concreto del mecanismo. Pura física; mera realidad vectorial.

No hay duda de que Preston conoce al detalle la historia de su biografiado, pero no es menos cierta la antipatía que siente por él; lo que resta, a mi juicio, parte de su valor. De la lectura del libro se deduce que Franco, amén de megalómano, era una suerte de mequetrefe con suerte, o, en el mejor de los casos, que tuvo esa mente subyacente en el alma humana –la de reptil- extraordinariamente desarrollada. Todo demasiado plano, demasiado simple, o, volviendo del revés una frase muy del gusto de los británicos: “too bad to be true”.

En realidad, es vano esperar que la historia ponga a cada cual en su lugar pasado un tiempo, cuando los ánimos se han serenado, no por un prurito de concordia sino por la implacable biología: el tempus fugit (Parafraseando la leyenda de algunos relojes de péndulo: “todas hieren; la última, mata”)

Me pregunto si hay alguien que sepa a ciencia cierta si don Pedro I de Castilla fue “cruel” o “justiciero”. Su “Preston” de la época, el Canciller De Ayala, le colgó el baldón por que resulta más conocido. Sin embargo, para sus partidarios no hizo otra cosa que defender sus derechos dinásticos contra el bastardo Trastámara y el resto de sus voraces hermanastros. Aquellas disputas hace muchas generaciones que dejaron de despertar pasiones, y aun así la verdadera esencia del personaje permanece en la penumbra. Y de las sombras de la historia nadie renace.

Franco ¿fue tan torpe, egoísta, mezquino, como lo retrata Preston, o tan iluminado, inteligente, altruista y devoto de su nación como pretenden los panegiristas?

Probablemente, ni lo uno ni lo otro. La lectura de obras sobre el dictador no ayuda demasiado a conocerlo: Hughes, Moa, Preston, De la Cierva… Todo un barullo salpimentado por las recientes ocurrencias de un “juez estrella”, convertido por propia decisión en desenterrador de viejas, enmohecidas tumbas.

Arrumbadas las estatuas ecuestres, no queda lugar para la nostalgia; tampoco para el odio. Sólo debería haber espacio para un largo, fructífero y silencioso perdón.

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