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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Matrimonio y libertad‏

Mario López
Mario López
martes, 18 de noviembre de 2008, 08:55 h (CET)
En rigor, el matrimonio es un contrato de convivencia. Existe, también, el estatuto de pareja de hecho, pero tal cosa más parece un apaño para regular ciertos asuntos de conveniencia que una institución equiparable al matrimonio.

Vamos, el matrimonio viene a ser como un contrato indefinido y el estatuto de pareja de hecho, un contrato por obra o servicio. A mi modo de entender, ceo que en una sociedad medianamente civilizada hay que establecer como axiomas irrefutables que la ley está al servicio de la ciudadanía y que ningún ciudadano puede sustraerse a ella. Por ser necesaria su regulación y obligado su cumplimiento, la ley ha de contemplar, respetar y proteger todos los modos de convivencia que la ciudadanía se quiera dar a sí misma, sin fomentar o premiar ninguno en particular, pues la función de la ley no es la de impartir doctrina sino la de salvaguardar los protocolos de convivencia que el pueblo soberano haya decidido darse. Claro que esto sólo se puede conseguir en un estado laico, de ahí que laicismo y democracia vengan a ser términos inseparables. Hasta ahora y dentro de nuestra cultura occidental, el matrimonio ha servido para tutelar a la pareja formada por un hombre y una mujer y a la descendencia que de su relación se llegara a producir. La especificidad del matrimonio civil estriba en la suscripción de esta tutela por parte de la pareja; el matrimonio religioso añade al contrato civil el compromiso de mantener en la relación marital, transmitiéndola a la prole, la moral defendida por la religión profesada. Esto ha sido así hasta ahora porque el matrimonio civil ha estado secuestrado por el matrimonio religioso y, consecuentemente, encorsetado en los valores impuestos por la religión. Lo cierto es que, tanto antes como ahora, la gente ha mantenido y mantiene todo tipo de configuraciones matrimoniales de hecho, si bien sólo se ha podido amparar en el matrimonio al que el derecho ha venido asistiendo. Esto, evidentemente, además de un profundo anacronismo -toda vez que ya hemos superado el imperio de la teocracia- es una arbitrariedad inaceptable. El derecho ha de asistir a toda relación que de hecho pueda establecer cualquier pareja o grupo de ciudadanos que libremente así lo hayan decidido. El matrimonio, por consiguiente, ha de extenderse a cualquier pareja, trío o cuadrilla de paisanos que deseen que su relación de convivencia esté tutelada por los poderes del Estado. El único límite que legítimamente se le puede poner al matrimonio es la negativa a contraerlo por alguna de las partes. La edad podría considerarse también como una limitación, aunque me parece un tema menor existiendo como existe el divorcio. Nacimos para equivocarnos, no para casarnos, pero si nos casamos ha de ser a gusto de cada uno y con la posibilidad de enmienda.

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