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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

El derecho a morir

Pascual Mogica
Pascual Mogica
sábado, 15 de noviembre de 2008, 00:46 h (CET)
La negativa de una niña de 13 años, la británica Hanna Jones, a que se le aplique un trasplante de corazón, es algo, que aún tratándose de una adolescente, pone de manifiesto el alto grado de madurez que, como en este caso, se adquiere a base de sufrimiento y de años y años de padecer una dolencia cuya solución entraña el riesgo de muerte y lo que es peor: conlleva el volver a empezar de nuevo con unas perspectivas de calidad de vida mucho peor que la que venía soportando antes de ser operada.

Nadie debe escandalizarse ante esta decisión de una niña de 13 años que pone de manifiesto que ante la prolongación de una situación de sufrimiento que no iba a solucionar el grave problema que le afecta, recordemos, un alto riesgo de muerte por el hecho que la operación no garantizaba el que la niña siguiera con vida y la posible reproducción de la enfermedad cuyo tratamiento le produjo la práctica destrucción de su corazón, ante este oscuro panorama la niña, muy posiblemente, haya tomado esta decisión para al menos tener una muerte digna y poder despedirse de sus padres y amigos ya que en caso contrario nada garantizaba que después de entrar en el quirófano pudiera salir de él con vida y si así no fuera así, si salía con vida, con toda probabilidad lo que el futuro le depararía sería el verse “prisionera” de una máquina para alargarle una vida sumida en la inconsciencia y sin ninguna posibilidad de seguir viviendo, por que ese modo de vivir de forma artificial no es vivir. A eso no se le puede llamar vida. Eso, a más de herir muy duramente la dignidad de un ser humano, es un martirio que nadie merece y menos una persona tan joven.

Estos días pasados se han celebrado en Elche unas jornadas sobre la “Muerte y el morir” organizadas por el Hospital Universitario de Elche donde se planteó el tema de la “buena muerte” desde el punto de vista ético, legal y psicológico. El coordinador de estas jornadas dijo que: “Nadie que tiene garantizado el cuidado básico al final de la vida y a quien se le evita el dolor físico demanda la eutanasia. Si alguien vive, aún con enfermedad, de forma digna es algo extraordinario que plantee este tipo de cuestiones”. Antes estas afirmaciones habría que preguntarse cuando y en que situación se llega realmente al final de la vida. Yo creo que el final de la vida comienza cuando una persona queda totalmente imposibilitada incluso para poder desarrollar las más insignificantes funciones corporales, caso de Ramón Sampedro que estuvo 29 años postrado en una cama y como él otros muchos y todos aquellos a los cuales se mantiene con vida “enchufados” a una máquina durante largos años sin tener la más mínima conciencia de su estado ni de lo que acontece a su alrededor.

El hecho de que alguien pida que se le aplique la eutanasia como algo “extraordinario” -entiendo que el coordinador de esas jornadas se refiere a casos minoritarios- no es excusa suficiente para que no esté ya en vigor una Ley que regule y legalice la eutanasia. Esta Ley, como la del aborto, es una ley necesaria. Su utilización depende de los deseos y las creencias de cada cual, aspectos estos muy respetables que en absoluto pueden herir los sentimientos ni la moral de nadie. La cuestión ética es muy discutible y se plantea, a mi modo de ver, de la siguiente forma: ¿Qué es más ético morir dignamente o prolongar los sufrimientos de un ser humano para al final morir?

Como alguien dijo, la vida es un derecho pero no una obligación, y el ejemplo que da esta niña, un ejemplo de pleno sentido común, de ver la realidad de las cosas ante el sufrimiento inútil, es algo que debe hacer pensar a todos aquellos que son partidarios de sufrir y hacer sufrir a los de su entorno invocando a algo divino que sufrió y murió sin remedio. Y ese algo, si es cierto que murió por los demás, no creo que se muestre satisfecho de ver sufrir a sus semejantes antes de que les llegue la muerte.

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