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Mi banco

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 14 de noviembre de 2008, 08:36 h (CET)
Mi banco es bonito. Tiene un logotipo precioso diseñado por una agencia publicitaria muy importante, el cual transmite modernidad, sencillez, esplendor. Mi banco está muy bien decorado, todo muy funcional y lleno de pasquines que ofrecen el monte y la maravilla, y siempre está muy limpio. Los trabajadores de mi banco siempre visten como sanluises y tienen un verbo reposado y amistoso; incluso cuando niegan, lo hacen con una cortesía tal que dan ganas de obsequiarles un ósculo. Mi banco es importante, es fuerte, es hermoso, es moderno. Mi banco hasta parece humano. Hace una publicidad que mueve a las lágrimas y la solidariedad, contando en sus anuncios en pocos segundos historias conmovedoras orladas con músicas que, qué sé yo..., tocan la fibra sensible. La gente de los anuncios que tiene algo que ver con mi banco, parece que habita en el paraíso porque chorrean felicidad. Mi banco, si no fuera mi banco, podría ser mi amigo, porque se preocupa de mí, aunque me niegue lo que no me conviene. Mi banco, en realidad, se preocupa mucho de todos sus clientes, que son sus amigos. Reparte muchos dividendos a los accionistas porque, con su buen hacer, gana mucho dinero. Parte de él lo utiliza para promover la cultura y hasta para campañas de ayuda al Tercer Mundo. Mi banco, ya digo, si fuera humano, podría ser mi amigo. Además, mi banco regala cacerolas si domicilio la nómina o si pongo un capitalito a plazo fijo o en hipotecas basura norteamericanas camufladas bajo epítetos pomposos que prometen el oro y el moro. Bueno, el moro no.

Tanto interés tiene mi banco en ser bueno y amistoso con sus clientes —que somos sus amigos, aunque nos niegue lo que no nos conviene— y promover la cultura y ayudar al Tercer Mundo, que ha eliminado a la mitad de su personal en estos años de superabundancia, y también las medidas de seguridad que podrían preservar la vida de sus empleados en caso de asalto o cosa por el estilo, porque son muy caras, y ha abierto incontables sucursales para estar más cerca de sus amigos, que somos sus clientes. Mi banco es bueno; es tan bueno que hasta a los pocos empleados que han quedado les paga lo mínimo posible para poder repartir más entre sus accionistas, que somos también sus amigos, y hasta a muchos los tiene años y años con contratos eventuales basura, para que si tiene que despedirles no tengan mucho costo y pueda repartir más entre sus amigos, que somos sus clientes y sus accionistas. Mi banco, ya se ve, es más que bueno. Se lo merece todo, especialmente nuestro cariño, porque somos sus amigos. Todo esto lo ha hecho por el bien común de todos nosotros, sus amigos. Incluso si antes nos daban intereses por tener en él guardados nuestros dineros, ahora nos da cacerolas pero nos cobra mucho más que esos intereses que nos daba antes, para así poder repartir más dividendos. Nos cobra por todo, por cada cosita que hacemos o consultamos, pero es por nuestro bien, para darnos más y más dividendos. Mi banco, definitivamente, es requetebueno. Ya se encarga él mismo de proclamarlo con ésa su publicidad tan humana, ésa su música tan conmovedora con que orla sus anuncios y sus ayudas a la cultura y al Tercer Mundo, aunque lo haga un poco como aquél fariseo de las Sagradas Escrituras y tan sólo emplee algunos centimillos. El mundo, sin duda, está mucho mejor gracias a mi banco: los clientes estamos como unas pascuas, la cultura tan ricamente y el Tercer Mundo entregado al lujo y la molicie. ¡Gracias, banco mío: mi corazón es tuyo para el trasplante que quieras!

En realidad, todos los bancos españoles son muy buenos, aunque tengan esclavizados con látigos crediticios o hipotecarios a más de un tercio de la población y a sus empleados sometidos al esclavismo laboral. Lo hacen por el bien del sistema, por nuestro bien y por repartirnos enjundiosos dividendos. No; no por el bien de la patria, porque los bancos de eso no tienen: no les cabe en la caja fuerte. Pero los bancos españoles han ido por el mundo con su fortaleza y su bondad, y enseguida se han llenado de amigos en todos los rincones del planeta. En las cuatro esquinas del mundo les quieren, porque saben hacer amigos. Son buenos, y bonitos, y tienen logos preciosos. Son tan buenos que hasta han tenido la delicadeza de utilizar el lenguaje bancariamente correcto para no herir la sensibilidad de nosotros, sus amigos, cambiando aquel exagerado tanto por ciento de los intereses del crédito de antes por eso del TAE y el Euríbor, que viene a ser el doble pero parece la cuarta parte. Además, suena más importante, más pomposo, más moderno, aunque sea el doble de lo antes porque es un número pequeñín, de menos de 5, que es muy poco. Tengo un amigo que le han subido uno o dos puntos a eso del TAE o el Euríbor y la cosa de de la hipoteca se le ha puesto en el doble. Es una delicadeza, porque uno o dos puntos no van a ninguna parte, pero si le hubieran dicho a mi amigo que le había subido la hipoteca el 100% lo mismo le da un síncope además, o quién sabe si un infarto, y entonces mi banco, que es requetebueno, no podría cobrar, y tampoco repartir dividendos y promover la cultura, regalar cacerolas o seguir sosteniendo al Tercer Mundo en el paraíso en que lo mantiene.

Ahora, ¡pobrecito!, mi banco —y todos los demás fuertes bancos de España, que son los más prósperos del mundo— tiene que pagar sus deudas y seguir repartiendo dividendos y todo eso, y dice que le faltan dineros, que precisa la ayuda del Estado, y el Estado, claro, porque son buenos chicos y hacen tanto por sus nosotros, sus clientes, por la sociedad en su conjunto y la cultura y el Tercer Mundo, ha corrido a regalarles miles y miles de millones de euros. No tiene nada que ver que los partidos políticos sean deudores de los bancos y no paguen sus deudas, ni tampoco que mi banco —y todos los demás bancos— sean tan ricos y confiesen tantos beneficios y repartan tantos dividendos. El Estado lo hace por lo que lo hace, porque aunque no son patriotas —es lo que tiene el dinero en crudo— son buenos chicos, regalan cacerolas y hacen anuncios muy humanos. ¡Qué sería de nosotros si nos faltaran los anuncios humanos! Es en lo único en que el sistema actual es humano.

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