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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Queremos ser felices

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 13 de noviembre de 2008, 11:24 h (CET)
En la Declaración de Independencia de Virginia de 1776 se incluye entre los derechos inherentes a todos los hombres el de perseguir y obtener la felicidad. Se reconoce que el deseo ser felices está inscrito en el corazón de todas las personas, que la persiguen sin tregua aunque con exiguos resultados.

No sé si es Bucay el que relata la visita de un viajero a un cementerio y queda sorprendido al comprobar que en todas las tumbas, debajo del nombre del fallecido, se indica los pocos días y horas que vivió. Al parecer todos los muertos eran niños, aunque le explican que no se trata de niños sino de adultos y que el dato de los días que vivieron se refiere a la suma de los pocos momentos en que fueron felices, que iban anotando cuidadosamente para grabar el dato en su lápida funeraria.

Todos desearíamos que la felicidad fuera un estado permanente, pero hemos de reconocer que no es posible. Quizás caemos en la cuenta de que en algunos momentos del pasado fuimos felices pero en el presente nuestra felicidad siempre es parcial y provisional. Entendemos que la felicidad es la obtención de nuestros deseos, pero los deseos son insaciables y apenas conseguido algo ya estamos deseando otra cosa en una carrera sin fin.

Podemos preguntarnos por qué el deseo de ser felices, inscrito en nuestra naturaleza, no llega nunca a realizarse en plenitud. Ser felices sería para nosotros la satisfacción de obtener el mejor y mayor bien, pero seguramente los bienes que buscamos no son los mejores, ya que si llegamos a poseerlos comprobamos rápidamente que deseamos otros y si no los conseguimos nos sentimos desgraciados.

Además nos sale al encuentro, irremediablemente, el problema del dolor y el sufrimiento que nos parece la negación absoluta de la felicidad, siempre que pensemos que la felicidad se obtiene exclusivamente en el placer, en el disfrute de las cosas, en el tener y en el poder.

Pienso que la verdadera felicidad es la alegría nacida del crecimiento y perfeccionamiento de nuestro propio ser. Crecer desde adentro es más importante que tener cosas. Para este crecimiento es necesario usar nuestra libertad para elegir el bien por sí mismo, lo cual exige una búsqueda humilde y constante del bien y la verdad. Digo humilde porque somos criaturas y no dioses, seres limitados y finitos. Sólo Quién puso en nosotros el deseo de plenitud y felicidad podrá colmarlo, el mismo que también nos regaló la razón para que pudiéramos buscarlo y reconocerlo libremente.

Cuando se tiene la esperanza de que existe una felicidad auténtica, que nadie nos podrá arrebatar, la vida se nos llena de una alegría profunda que puede mantenernos en paz a pesar de las dificultades, los dolores, los sufrimientos e incluso la muerte, pues ésta no será una caída en la nada sino el comienzo de un gozo completo y perdurable.

No nos dejemos seducir por el señuelo del placer, del tener o del poder que no nos harán realmente felices. Crezcamos desde adentro, seamos señores y no esclavos de nuestras pasiones y deseos, busquemos sin descanso el bien y la verdad y vivamos la esperanza cierta de que Aquél que puso en nosotros el deseo de ser felices nos hará gustar de la felicidad eterna, si libremente le reconocemos y correspondemos a sus dones.

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