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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una medalla polémica

Isa Planas (Valencia)
Redacción
martes, 11 de noviembre de 2008, 08:10 h (CET)
Mi amiga siempre había sido muy devota de san Antonio y lucía una medalla de oro del santo desde que era niña. Después de un tiempo sin vernos observé que la medalla no constaba ya como parte de su atuendo.

Me explicó que había entrado a trabajar en una empresa recientemente y que su jefe había hecho burla expresa y reiterada de este símbolo religioso así como del catolicismo en general, burla a la que se unió uno de sus compañeros. Ella se fue achicando y decidió dejar de llevar la medalla. Inútiles fueron mis argumentos, pues existe un pensamiento único que abomina de las creencias, más descarado en los medios de comunicación si cabe, que penetra como por ósmosis en las conciencias de los católicos más débiles y les hacen renegar de Cristo a cambio de un triste plato de lentejas.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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