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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La vertiente económica

José Manuel Reina (Sevilla)
Redacción
martes, 11 de noviembre de 2008, 08:10 h (CET)
Es una realidad incuestionable el momento de profundo desconcierto dentro del mundo económico de la sociedad globalizada. Y si algo nos ha enseñado la historia acerca de la reacción del capital en los momentos de incertidumbre no es ni más ni menos que la tendencia de sus poseedores a recuperar sus fondos y ponerlos a buen recaudo hasta momentos más propicios para sus intereses, léase momentos de riesgo nulo para el patrimonio, y a ser posible, con suculentos beneficios a la vista.

Es fácil invertir cuando el riesgo lo asumen otros y los beneficios se los lleva el inversor, y esto es aplicable tanto para operaciones económicas como para operaciones militares. Es fácil salir en el lienzo de Velázquez sin haberse jugado la piel en las caponeras del frente, o dirigir una guerra preventiva sin oler la pólvora u oír el aullido de un proyectil demasiado cerca de la cabeza propia. Del mismo modo es fácil retirar los dividendos de una empresa, de un paquete accionarial, desviar los beneficios hacia un paraíso fiscal, o conceder un crédito en tiempos de bonanza económica, siempre que quien asuma los riesgos –quien haga el trabajo, en definitivasean otros. En esos tiempos de bonanza, el estado no debería ni existir, salvo como mero garante del mantenimiento del orden dentro del sistema que tan óptimas condiciones aporta para los poseedores del capital. En esos tiempos de bonanza, el mercado se basta a sí mismo para funcionar como motor y argamasa de la sociedad.

Claro, una cosa bien distinta es cuando los tiempos no son tan propicios, y el riesgo lo tiene que asumir uno mismo. La gloria de la guerra no se ve de la misma forma cuando es la sangre –o el dinero- propio el que está en juego. No hace falta que el viento cambie de rumbo; basta con que deje de soplar aunque sea momentáneamente para que las alarmas de los tan valientes poseedores del capital, mantenedores de la calidad de vida, creadores de riqueza, y todo tipo de epítetos inventados por ellos mismos para definir la misma cosa, se disparen, y toda la fauna heroica abandone el barco antes de que la cosa vaya a mayores. Entonces el estado sí que es necesario. Entonces sí que hay que acudir a papá estado para que abra la cartera y ponga sobre la mesa la solución para sanar las heridas que el mercado mismo ha creado. ¿Y de dónde saca el estado sus recursos? Exactamente. Lo saca de los mismos que en tiempos de guerra se afanan en las caponeras, que son los mismos que en tiempos de bonanza mantienen con su sudor el sistema; los auténticos motores y argamasa de la sociedad. En momentos favorables, el capital no se preocupa de nada que no sea multiplicarse a sí mismo y multiplicar los beneficios de sus poseedores, sin que nada ni nadie le ponga trabas ni intente redistribuirlo de forma más equitativa. En momentos difíciles, el capital se repliega sobre sí mismo y sus poseedores, con el agravante alevoso incluido de solicitar la ayuda para ser salvado de aquellos a los que en los momentos favorables vilipendió; esto es, estado y sociedad.

No estamos ante un momento de crisis económica. La actual coyuntura sólo es la vertiente económica de una crisis política en toda regla. El sistema se ha mostrado incapaz de sobrevivir por sí mismo. Tras ocho años de liberalismo salvaje en el que el capital ha vagado a sus anchas por todo el mundo, invadiendo fronteras, economías, derechos y vidas ajenas a su antojo, el sistema se desmorona. Y el gran sumo sacerdote del mercado, otrora devorador de galletas para perros, máximo responsable de todos los atropellos sufridos por medio mundo en su afán de satisfacer a los poseedores del capital, aún tiene la desfachatez de afirmar que él es el único que puede sacarnos de este atolladero en el que él mismo nos ha metido. Y para ello, sólo necesita un toque de su varita mágica. ¿Dónde la tendría guardada mientras bancos, inmobiliarias e inversores hacían su agosto con unos fondos que no existían?

No existen varitas mágicas. No hay remedios milagrosos. Lo único que hay es la certeza de que este sistema no es capaz de sobrevivir él solo. Es tan voraz que de campar a rienda suelta termina por devorarse a sí mismo. Cada imperio eterno que ha nacido a lo largo de la historia ha terminado por hundirse, incluso aquellos que surgieron con los más firmes cimientos. En este país sabemos mucho de eso. Puede que estemos asistiendo a los últimos estertores del imperio actual, que dicho sea de paso, carece de esos firmes cimientos, y con su hundimiento, asistiremos sin duda a una crisis de todo el sistema, más allá de su vertiente económica actual. Tal vez sea LA hora de que alguien se ponga a pensar en qué haremos con este valle de lágrimas una vez finalizado el sepelio.

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