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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Vuelos oníricos y otros aeropuertos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 9 de noviembre de 2008, 09:18 h (CET)
Era tanta la expectación que el funcionamiento del aeropuerto a lo largo de tantos años había causado, que incluso un diario regional estuvo haciendo una cuenta atrás en su portada, para demostrar que se contaban los días, y creo que hasta las horas, para que el bautizo y el rugir de motores en los cielos de La Mancha fuera efectivo y así poder celebrarlo “por todo lo alto.”

Un gran aeropuerto estaba a punto de “despegar”, ¿se podrían visitar sus instalaciones al menos un día antes? Por la autovía los indicadores tapados de un oscuro brillante nos auguraban que a lo mejor no podríamos verlo. Intentamos acceder hasta él por alguno de los pueblos a los que tanto van a afectar sus grandes instalaciones, pero el aeropuerto estaba cerrado. En otro intento, tras dar vueltas y vueltas, conseguimos llegar, pero tal vez la fecha y el horario nos hizo desistir de la idea de conocer de primera mano el lugar interior y exterior del tan esperado Aeropuerto de Ciudad Real, del que nunca nos pondremos de acuerdo sobre si está bien o mal nombrado.

Advertimos que había más automóviles curiosos como nosotros pero de momento no era posible entrar. Divisamos algunas máquinas que aún parecían trabajar a destajo. No sabíamos que muy pronto se podría visitar el aeropuerto ya fuera de una manera turística, viajera, o curiosa.

Divisamos a lo lejos la torre de control, las pistas, pero lo que en realidad teníamos ganas, era ver de cerca correr las maletas por las cintas transportadoras, juguetear con los aparatos de “auto check-in”, conocer a solicitas azafatas, y chicos auxiliares de vuelo, que no “azafatos”, e incluso saludar a algún comandante de vuelo con su elegante gorra a lo militar. De momento no fue posible. Esperaríamos días mejores, por supuesto entendimos que montar un aeropuerto no era tarea fácil, y había que seguir esperando algún tiempo más.

Sin embargo, el día del primer vuelo llegó, y antes por la ágil y chivata prensa digital que por el prudente papel, nos enteramos de que no sería posible ese primer despegue debido a inconvenientes y problemas que aún no se habían subsanado.

¡Ya era hora! ¡Lo conseguimos! La tarde era rojiza en los cielos de La Mancha, los viajeros se trasladaban de un edificio a otro con largas colas, parecían hindúes, casi todos de color oscuro y ojos profundos, pero eran de todas las nacionalidades, buscaban la zona de embarque a toda prisa, la tierra era igualmente rojiza, como el cielo, había un sol espléndido, los no viajeros observábamos a los que sí lo eran, de pronto nos entraron ganas de tomar algo y a nuestros ojos apareció una máquina dispensadora de comida y bebida, una máquina tan especial que te obligaba a que los alimentos fueran bendecidos en un edificio grandioso, una gran catedral que supervisaba todos los movimientos necesarios para un vuelo, incluida la compra de una comida o aperitivo. Los aviones circulaban por todas partes, por el cielo, por la tierra, por las pistas, por las calles, era un caos de tráfico aéreo pero gestionado por numerosos controladores. Por fin estábamos inmersos en un gran aeropuerto, un aeropuerto extraño pero muy, muy activo, y los muchos viajeros iban a toda prisa como si fuera una gran estación de cercanías, donde la gente va a toda prisa porque pierde el tren, digo el vuelo. Daba gusto divisar todos los movimientos de los viajeros, un lugar así se prestaba a imaginar tantas historias…

Pero, atención en esta historia de grandes vuelos, como han podido comprobar hay una parte real y otra de sueño, de sueño real. Lo onírico y lo real de mi sueño se mezclan en estas líneas para demostrar qué si realmente soñamos esto, qué no soñarán ellos, los grandes responsables del aeropuerto. Ojalá todo se resuelva en un corto vuelo.

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