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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Porque ellos heredarán el mundo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 9 de noviembre de 2008, 09:18 h (CET)
Toda sociedad acomodada alberga el germen de su desaparición.

Un grupo que llega al poder lo hace tras desarrollar unas aptitudes para la guerra mayores que las del grupo que pretende someter. Por ello, y esperando un momento de flaqueza del rival, una época de distensión belicosa, el día D se desarrolla con violencia y con la intención de vencer o morir.

Cuando el grupo aquél se posiciona como poder efectivo, inevitablemente su tensión se reduce. Entonces se dedica a actividades que exigen una movilidad nula o muy reducida, desarrolla la agricultura, la ganadería y los centros de culto. Las aldeas se ensanchan y las nuevas ciudades crean nuevas maneras de dirigir a los subordinados y de tratar con las tribus de bárbaros.

La siguiente generación todavía es educada en el arte de la guerra, pero ciertamente no comprenden el concepto ‘enemigo’ de la misma manera que sus mayores lo hacen. Entre los jóvenes, algunos establecerán la irrealidad del sistema anterior, y desarrollarán éticas intra-murales y el gusto por el arte y la armonía. El comercio hace florecer alguna pequeña y mediana burguesía.

La población habrá ascendido a algunos miles de personas, y los ejércitos se completarán numéricamente sin problemas, pero la calidad y la ferocidad de los guerreros se hará eco de la confianza en la gran civilización a que pertenecen.

Los hijos de éstos no hallan referencias a la guerra más que en la mitología y en las historias de los ancianos. También muchos se alistan al ejército, pero el acto es más un juego o una cuestión de heroicidad que un asunto de necesidad.

Paralelamente, la riqueza de la ciudad ha crecido, la demanda de materia prima ha provocado la invasión de nuevos territorios y el poder político es ensombrecido en muchos aspectos por el poder religioso. Cualquier descendiente de un clan histórico tiene la oportunidad de vivir de una manera acomodada y optar a cargos de magistratura, cultivar la filosofía o realizar las que serán obras maestras de la música, la literatura y la arquitectura.

En este punto la sociedad ya tiene mucho que perder y por eso extrema el control y la opresión contra las poblaciones que pueden poner en peligro la hegemonía. El punto álgido fue, claro, un punto de inflexión y todo lo que supuso fue una estrepitosa decadencia moral y corrupción en todos los niveles.

Cada vez los grupos menores que rodean a la gran urbe se sienten más atraídos por lo que creen una vida de lujo y cultura de sus vecinos y sienten más la imposibilidad de acceder a tal estado.

Hasta que la situación es insostenible y se aguarda el momento preciso, en el que se reconoce perfectamente la paulatina debilitación y desespecialización de los ejércitos dominantes. Los pobres bárbaros, que nunca dejaron de luchar por su subsistencia, no tienen nada que perder en la lucha, lo que potenciará la ferocidad de sus ataques y la valentía (qué remedio) de sus guerreros.

El final es sin remedio la caída y la imposición de un nuevo régimen, cuya primera generación será casi íntegramente guerrera y antes o después sufrirá la decadencia que le llevará a repetir la historia.

Todos los imperios creyeron que serían ellos quienes cerrarían el círculo.

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