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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Las verdes praderas

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 8 de noviembre de 2008, 08:40 h (CET)
“Usted tiene toda la libertad de expresión del mundo para opinar como a mí me dé la gana”, dijo el dirigente de la Asociación del Derecho Inalienable a la Libertad de Expresión; “Haga usted todas las huelgas que quiera, pero mientras trabaja cumpliendo con la legalidad vigente que establece unos servicios mínimos que afectan al 90% de su plantilla”, alegaron los sindicalistas, empresarios y Gobierno; “Proteste y patalee contra las injusticias todo lo que quiera, pero en voz baja y con mucha cortesía”, apuntó el cívico potentado; y “Negociemos, señor mío, hasta que alcancemos el acuerdo que me convenga”, adujo el dirigente de la patronal. Todo esto parece fantasía, pero no es nada más que España. Así, a palo seco. Y como si tal cosa. Cosas de la modernidad, sin duda, y de esta democracia que a todos nos embarga de emoción hasta las lágrimas; y, claro, así nos luce el pelo. ¡Ah, las libertades!...

Somos un caso, no sé si único, pero peculiar en la Historia. No en vano tenemos ministras de Defensa pacifistas al mismo tiempo que se educa a la infancia y la juventud en la violencia extrema y gratuita a través de videojuegos, cine, televisión, Internet, literatura, etcétera; nos declaramos con mucho énfasis partidarios de la libertad religiosa, pero se persigue a los creyentes, ya sea marginándolos o ya posicionándolos de tapadillo o a cara descubierta como adláteres o sostenedores de crueles dictadores, fascistas genocidas o abiertamente tildándolos de terroristas de diabólico marchamo; proclamamos vivas a la cultura, e incluso se dilapidan ingentes cantidades de dineros en subvenciones, becas y premios de tan variado como dudoso fin, pero el fracaso escolar es devastador, la cultura es substituida por el adoctrinamiento y a los titulados bien formados se les reduce a simples mileuristas de contrato eventual y pantalón bajado; nos jactamos de ser una sociedad justa con inquietudes sociales, pero los dineros públicos se les entregan gratuitamente a los extremadamente ricos, entretanto la pobreza crece por doquier sin colmo ni tasa, el desempleo se dispara (a menudo como consecuencia de esos mismos ricos que son subvencionados con dineros públicos) y las economías familiares se ahogan en una durísima supervivencia de empleos precarios y vidas hipotecadas con la sevicia bancaria y legalista española, donde si no puedes pagar la vivienda comprada te la quitan, se la reparten los subasteros a precio de ganga y sigues pagando aunque no tengas con qué; ensalzamos la vida y nos ponemos ñoños con los animalitos, pero damos cobertura legal y practicamos impiadosamente el aborto; aclamamos la libertad sexual, pero una sexualidad insana que desorienta a los niños y los jóvenes con ofertas que son casi imposiciones a lo transgresor o pervertido, que nos asola desde Internet y hasta desde los mismos medios con lo más atroz, y que beneficia y crea monstruos, pedófilos o psicópatas y atenta contra lo más puro de la infancia y aún de nuestras propias conciencias de adultos con su permanente agresión; y nos definimos como éticos y valedores a ultranza de las libertades individuales, pero se persigue y margina a quien critica o se manifiesta en desacuerdo —y aún contrario— a la transgresión imperante, ya sea contra la simple perversión del lenguaje en eso que llaman lenguaje políticamente correcto, ya sea difidente con el movimiento multicolor o sea simplemente un partidario de cierta ética con rigor o coherencia. Ya se ve por dónde va la cosa, ya.

Lo del lenguaje políticamente correcto ya se quedó corto. La trampa, hoy, va mucho más allá, y son precisamente quienes ayer eran los pérfidos los que hoy imponen su horma y su conducta. Empuñando el nombre de ciertas libertades hemos viajado desde un extremo al otro, tal vez dando la vuelta a la tortilla que tanto y tan seguido muchos coreamos. Hemos arribado al deseado paraíso de verdes praderas que otrora muchos soñamos..., pero para algunos de nosotros no era esto lo que queríamos. Nos equivocamos, o sencillamente fuimos utilizados por quienes invocaron el horror de lo establecido para establecer otro horror, tal vez peor. No; no era esto lo que queríamos, ni es éste el ámbito en el que deseamos que crezcan nuestros hijos, a merced de monstruos que degeneran no la forma, sino lo insubstancial del hombre: sus anhelos, sus deseos..., su alma.

Recuerdo aquélla mala pero aleccionadora película menor que interpretó Alfredo Landa, titulada “Las verdes praderas”. En ella el genial actor interpreta a un hombre que persiguió el sueño de poseer un chalé con tal intensidad que cuando lo logró se convirtió no en su libertad, sino en su cadena, resumiéndolo el personaje con una frase lapidaria: “Me esforcé por conseguirlo, y lo logré; pero, ahora que lo tengo, sé que no era esto lo que quería”. Su desolación era tan atroz como el más inmenso de los ejidos. Su esposa, por auténtico amor, terminó por incendiar aquel chalé que se había convertido en la prisión de su compañero, de aquél a quien amaba. Por amor le dio la libertad verdadera. Una hermosa parábola de nuestra actual realidad, pues que muchos perseguimos un sueño de libertad que, cuando la hemos alcanzado, se ha convertido en nuestra pesadilla. Sin embargo, estamos solos, abandonados ante nuestra libertad y a merced de los pérfidos y psicópatas que inundan nuestros horizontes y nos someten a sus férreas servidumbres, sin una compañera o un amor que nos libere de nuestras verdes praderas, o nada más que incendie la prisión que nos reduce a la mayor de las desolaciones, que es decir a la nada.

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