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Hambre de cambio

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 8 de noviembre de 2008, 08:27 h (CET)
Esta especie de delirio -hasta el empacho-, de la elección del candidato Obama a la Presidencia de los Estados Unidos del Norte de América, ha destapado la coincidencia entre el lema de su campaña electoral (“we change”, cambiamos) y una escondida apetencia muy extendida: la de cambiar, sea lo que sea. Salta a la vista que la gente en general no se encuentra a gusto como está, y apetece que las cosas cambien, naturalmente, a su favor. Porque, téngase presente que, también, existen los cambios “a peor”, y si no que se lo pregunten a los últimos casi doscientos mil parados del pasado mes de octubre. A esos, no les ha gustado el cambio.

Ahí está la primera falacia encerrada en la palabra “cambio” desde antiguo, tanto, que parece, más bien, una palabreja del argot de los “trileros”, porque de cambio a “cambiazo”, no hay mucha distancia... El “tocomocho” precisamente se basa en ello. A pesar de todo, es de reconocer que a la gente le sigo sonando bien. En general y por principio, se quiere que algo “cambie”, y sin apurarse mucho, la propia naturaleza es de por sí cambiante; inevitablemente, una estación se sucede con otra. Tal vez el cambio está en la esencia de las cosas, pero esto parece asunto metafísico que se escapa a la percepción de esta ventilada y ya fresca columna azotada por la intemperie de la granítica sierra madrileña.

Todo cambio lleva consigo un acto de fe “ciega”. La fe del carbonero, que se decía. Cada uno interioriza el “para qué” necesita el cambio, y en eso cree, y por él apuesta, o vota, o mejor dicho en este caso, por eso se alegra de lo que han votado los estadounidenses. Los tiempos han “cambiado” tanto, que el Presidente norteamericano pareciera como que influye en la casa y patrimonio de cada uno. ¿Alguien en el mundo se conmocionaría el día en que fue elegido (1861), o asesinado (1865), Abrahán Lincoln?... Es palpable que muchos quieren arrimar interesadamente algunas ascuas del notable triunfo electoral de Obama a sus particulares sardinas. “¿Lo veis?... del mismo modo que va a cambiar a los EE.UU., yo os pagaré la letra de la hipoteca de vuestra casa”, parecen afirmar... Y, así se va llenando la albarda del asno que acompaña al pobre Obama.

Todo el mundo que aspira a mejorar con cambios favorables en este momento, parece confiar en Obama. Nunca un hombre, inspiró tanta confianza. Escribió Santa Teresita del Niño Jesús, acreditada como Doctora de la Iglesia Católica, que “La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor...” Una sustanciosa reflexión para sacar algún provecho del “efecto” Obama, la ya conocida “obamanía”. Si la globalización se extiende al terreno de lo afectivo entre las gentes y los pueblos, si la solidaridad deja de ser una palabra huera e insípida, y se substancia en acciones honestas a la par que eficaces, la humanidad habrá salido ganando, en efecto, con las elecciones del pasado día cuatro en los Estados Unidos del Norte de América.

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