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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Estallido social

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 3 de noviembre de 2008, 08:16 h (CET)
Con la incontinencia verbal que le procura su alto metabolismo, Sarcoçy ha dado una vez más en el clavo de que en este momento se dan casi todas las circunstancias para que se verifique un “caracazo”, un estallido social que lleve a la ciudadanía al desorden generalizado. Un mayo del 68, en fin, pero en plan desesperación, carente de toda ideología que no sea el hartazgo de Juan Pueblo de sus clases políticas y financieras. De las políticas, porque aquello que tocan lo envenenan, torciendo lo que está derecho, como bien se ha visto con la creación de la burbuja que ha derivado en el desmadre que nos concierne; y financieras, porque después de haberse forrado el hígado a base de bien, ahora han sabido manejar la situación de modo que los Estados les cedan todos los recursos de los contribuyentes para enriquecerse más todavía. Y a Juan Pueblo no sólo lo ignoran, sino que además retuercen la ley para que pague el desafuero.

De lo que no cabe duda es de que el ciudadano de a pie está harto. No sólo no comprende que sin que suceda nada relevante (guerra, catástrofe, o calamidad por el estilo) se pase de la negación de la crisis a la supuesta catástrofe y de la riqueza a la miseria y al desempleo, sino que hay una sensación generalizada de que se ha jugado —y se juega— con él, pues que el daño en el ámbito planetario es enorme y no hay culpables. Cosa de magia, seguro. El ciudadano está enfurecido, y razón no le falta. En anteriores crisis se le pidió que se estrechará el cinturón, contuviera sus demandas y se aplicara al trabajo para superarlas, con la promesa de que cuando se lograra estaría mucho mejor; sin embargo, cuando se superaron y las empresas comenzaron a enriquecerse sin colmo ni tasa, dio la casualidad (¿?) de que al mismo tiempo arribaron riadas de inmigrantes de las cuatro esquinas del planeta, y, con la excusa de la solidaridad, no sólo se mantuvieron los inmorales contratos basura implantados teóricamente para un breve lapso durante la crisis, sino que se rebajaron más los salarios, las condiciones laborales se hicieron más esclavistas, la eventualidad creció y los despidos se abarataron. La riqueza, pues, engrosó hasta la inmoral ostentación algunos bolsillos, entretanto quienes se ajustaron el cinturón, resistieron condiciones extremas y además pagaron la crisis, veían una vez más quebradas sus esperanzas.

El estallido social se detuvo durante la creación de tan inmorales fortunas y tan inmorales nuevos ricos gracias al ardid de poner en circulación mucho crédito para infinidad de cosas y muchas hipotecas que silenciaran descontentos, dando la impresión de que todo el mundo estaba como unas castañuelas. Al fin y al cabo, éramos el objeto de los deseos de buena parte de la humanidad más pobre —que es la inmensa mayoría—, y ello ocultaba la procesión que se celebraba carne adentro, incubando sus propios mártires. Ahora, alguien va y dice —¿qué otra cosa, si no ha sucedido nada?— que la bonanza se terminó y que de vuelta debe aceptar la ciudadanía tasas insufribles de desempleo, contención salarial, abaratamiento del despido, EREs a tutiplén y mil barbaridades más, y quieren los Estados que Juan Pueblo acepte de nuevo correr con lo grueso del sufrimiento, entretanto hacen sus Estados inconfesablemente más ricos a los inmoralmente ricos, y salen corriendo en auxilio de quienes se atiborraron torticeramente de los dineros de la ciudadanía para que sigan siendo aún más ricos y le den a la misma ciudadanía en las narices con sus lujosos automóviles importados, sus mansiones, su ostentosa disipación y su glamour de dioses estratosféricos que se ríen a mandíbula batiente de los hombres y se ciscan en sus anhelos y necesidades.

Si los políticos o los financieros tuvieran oídos en la calle —tal vez Sarcoçy sí los tiene—, estarían enterados de que ya Juan Pueblo no cree en ellos, ni siquiera en sus patrias o aun en sus empresas. Si los tuvieran, entonces tal vez verían una lógica cartesiana en que se haya disparado el absentismo laboral, por ejemplo, y comprenderían que esto no es sino el primer paso de un derrumbe total de todas las estructuras sociales. Lo que es igual no es trampa, y si ellos se sirvieron de la trampa legal para amasar fortunas, no hay falta en que con semejante ardid, en su medida, el trabajador también haga trampa. ¿Por qué va a creer en quien le engaña con falsas promesas cuando tiene que ceder sus derechos y le ignora cuando llega la bonanza?... Lo que sucede, al fin, no es sino la implantación del “sálvese quien pueda” en su versión más escatológica, y una vez establecido no habrá nuevo orden o nuevo sistema que sea capaz de meter a la ciudadanía en cintura. Lo que en últimos dos decenios se ha hecho es sembrar la semilla del estallido social, el desencanto y la desesperación que late en cada corazón silenciosamente, y que un día, enardecido por una chispa de rebeldía o un grito de revancha, esa misma desesperación empuje a todos a la calle al unísono, como sucediera en Caracas en el 89. Un suceso que está mucho más cerca de verificarse de lo que muchos suponen, y que tal vez como en aquel caracazo, sólo se pueda sofocar con mucha sangre.

Sólo en España —yendo a los datos— hay un millón de personas que han perdido sus casas y están en la calle, de ocupas o viviendo de prestado; hay casi cinco millones de personas que simplemente pasan hambre —¡ya estamos como en Ruanda-Burundi!—, y prácticamente la mitad de los trabajadores saben que tienen la espada de Damocles del desempleo pendiendo de un hilo sobre sus cabezas, lo cual impedirá que puedan hacer frente a su hipoteca o su crédito en algún momento de los próximos treinta años a los que están condenados. Cuando se pudieron repartir los panes y los peces sólo cayeron en unas pocas manos y Juan Pueblo se quedó con hambre y dos palmos de narices: ésa ha sido la semilla del estallido social. Ahora, ya está por germinar... y dar fruto. A ver quién es capaz entonces de comérselo, y a qué precio.

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