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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Claves del alma

Rafel Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 3 de noviembre de 2008, 08:07 h (CET)
Quiero acogerme hoy a unas notas que tomé del genial poeta Mariano Íñigo, “Rebélate, hombre acorralado… / Decídete, ahora que todos los días son ácidos reflejos del futuro… / Rebélate, hombre acorralado por la Ciudad del Espanto”. Repercuten como un estremecimiento, necesario en momentos en los que arrecian los temporales. Pesan los misterios de la vida y crujen las llantas de tantas y tantas alternativas averiadas.

Hemos alcanzado un punto de gran confusión. Aquellas fascinantes locuras de amor, locura de vivir y el mismo “Elogio de la locura”; se desvirtuan en locuras intrascendentes y vacuas, desarticuladas de los núcleos de la persona. Como un alarde de ridiculez, hasta el arte se inclina por esas tendencias, con unos calzoncillos de tirantes colorados, el tanga en la mano, en plena melopea y apestando a cócteles explosivos. ¿Dónde vamos? ¿Miedo? ¿Inocencia? ¿Perversión? De personas, hemos evolucionado a petimetres, capaces de las payasadas más inverosímiles, cuando no perversas. ¿Podremos descubrir algo del alma en estos elementos? ¿Sanos? ¿Enfermos? ¿Locos cibernéticos? ¿Liberación total y desnaturalizada? Se impone la DISIDENCIA, la escapada urgente. Para ello disponemos de los resortes apropiados. Si no existen en el alma, ¿Dónde?. Ya me dirán.

No me consta su ratificación en el terreno científico, pero me gustaría que fuera verdad, ese EXPERIMENTO de Maseru Emoto con el agua. Al congelar unas gotas de agua colocadas sobre un cristal, si las acompañaba de músicas agradables y palabras bondadosas, cristalizaban con formas hexagonales perfectas; si en esos momentos, las rodea de un enorme estrépito y palabras malsonantes, las formaciones cristalinas son abigarradas y caóticas. Quizá la física cuántica confirme alguna de estas curiosas influencias. Nos trasladan a unos intercambios casi moleculares, a unos ámbitos de comunicación impensables. ¿Habrá que tenerlos en cuenta? No podemos escabullirnos de los ensamblajes profundos, con el agua, con la luz, con los demás. Se trata de una ligazón inesquivable.

Frente a la mítica Babel, ante la dispersión de los lenguajes con los que ya nadie se entiende, se impone una recuperación, la de mantener el NOMBRE apropiado para referirnos a cada circunstancia vital. De padres a hijos, necesitamos denominar a las cosas por su auténtico nombre. “Vida”, no es una vida a medias, o sólo unas vidas. “Esperanza”, no la convirtamos en agresión para otros. Padre, hijo, la lista incluye casi todas las palabras; por que medio padre o medio hijo, serán de difícil explicación. Por mucho que se repitan las tergiversaciones, no es cuestión de número, no podrán eludir el significado profundo de cada palabra. El lenguaje se va formando con ADHERENCIAS a través de la práctica diaria. Si dejamos incrustarse en él a las expresiones falsas, alejadas del fondo humano; estaremos colaborando en la desestructuración o el caos. Una de las piezas insustituibles del alma humana, es esta de llamar a las cosas por su nombre. Según respondamos con un lenguaje u otro, estaremos participando en la generación de almas distintas. ¿Consecuencias?

Desde los primeros pálpitos, no gozamos de generación espontánea, como un ente aislado. Nos arrancamos con los mitos subyugantes, a través de unos genes, portadores de una información ingente. Portamos una condensación SUBCONSCIENTE, expuesta a los estragos del tiempo, también con las posibilidades abiertas por esa misma temporalidad. Un rasgo clave, sin duda; circulando por esos extraños laberintos de la vida, cantados por grandes poetas, combatidos por numerosos diosecillos frustrados. Aquí, también se diseña otra vía paralela y nuclear. Alejados del estúpido, feliz o infeliz, que no se involucra en nada; esta segunda vía, cercana a las raices verdaderas, queda ligada al engranaje evolutivo, con una IMPLICACIÓN que no es ciega. Va directa a esa búsqueda tenaz de su sentido, de su meta natural, trágica y esperanzada. Si nos empeñamos en despreciar estas vías, este, será un empeño infausto. ¿En eso estamos?

Cuando uno elude su participación, quizá piense en ello como una actitud intrascendente, que dé lo mismo; si nos fijamos, es tanto como una abdicación personal, me voy por el foro. Ejemplo nítido de una desaparición buscada. Por ello, brilla más la clave de la LEALTAD a uno mismo, no se puede delegar; todo un reto, efectivamente. Nuestra presencia es un don, convertido en un gran desafío. ¿Qué vamos a hacer con él? De ahí la relevancia de esa lealtad, que no se vende a los postores sobrevenidos, se ejerce con lo mejor de cada persona. Por todas las carencias y miserias que soportamos, procuramos el apoyo de estructuras anteriores, instituciones, dioses; en pos de una tranquilidad soñada. Son apegos frustrantes si nos paramos ahí. De esos precursores nos interesa otra clave crucial, el AROMA de una esperanza. Comprobaremos que si es tal, como esperanza que vale la pena, no vendrá dictada por personajillos. De ese aroma no se apropia nadie en particular. Se consolida como un anhelo particular.

Cada día desarrollamos unas determinadas actuaciones, con una serie de repercusiones a diferentes niveles. El ENFOQUE de nuestro planteamiento resulta básico. En pos de la fama, detrás del poderío, o persiguiendo ese aliento de la excelencia vital. En esto disponemos del suficiente albedrío para ser responsables de la decisión tomada, y de sus repercusiones personales, familiares y sociales. Solemos quedarnos atrancados en unas FIJACIONES; trabajo, casa, niños, hogar, dinero. La gran cuestión estriba en considerarlas como objetivo supremo, o como vínculo con unas repercusiones de mayor calado. Una vez pasada la historia, incluso se acaban los relatos. Por eso, la calidad de nuestros enfoques y fijaciones, dibujará unos horizontes de mayor o menor amplitud. ¿Se adaptan a lo que somos?

Pertenecemos de lleno a una trama sutil y mágica. Por evanescente, tiende a pasar desapercibida. Por sentimiento, resulta extraño dudar de ella. Nos movemos entre la angustia de la incertidumbre y la confianza esperanzada. Reunimos rencores con crueldades, ilusiones con amores y gestos ambivalentes. Pues bien, esas aparentes vivencias desperdigadas no cortan del todo ese finísimo hilo que nos mantiene en contacto con las FÓRMULAS MÁGICAS. A la vez, frágiles, incontrolables y potentes. Con esos núcleos de colaboración a los que hago referencia, observamos los diversos avatares; ruinas de tiempos indeterminados, grandilocuencias de hoy, conductas aparatosas, misterios y proyectos. Buscamos la gran ciudad donde estén resueltas las inquietudes más peregrinas, buscamos fuera las soluciones de los entuertos. Quizá con el rumbo equivocado, por que la gran CIUDAD, en versos geniales de Cavafis, no la encontraremos fuera; o está dentro de cada uno, o no la hallaremos jamás. Es evidente, que con ello, no habremos resuelto el mito y el misterio. Es el sino fascinante de quienes podemos aspirar a la esperanza.

Todos los santos, todos los muertos, forman parte de nuestro bagaje. ¿Somos consecuentes con él?

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