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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Celebrar por partida doble

María Romo de Oca
Redacción
domingo, 2 de noviembre de 2008, 09:09 h (CET)
Hola amigos, ¿no es curioso? El calendario nos trae dos fiestas juntas: lo mismo celebramos a los santos que a los difuntos. Pienso que esto tiene su miga. ¿No será que somos santos porque morimos, en todos los sentidos?

Es precisamente la muerte la que nos pone la corona para entrar en el reino.

No hay que extrañarse. Avanzamos por los caminos con un pie en el tiempo y otro en la eternidad.

Hay una relación entre el actuar del hombre aquí y en la eternidad. Esto da a nuestra vida mucho peso. A tomar por saco los que tratan de devaluar la biografía humana. Los que la ningunean con el nihilismo, el aborto, la eutanasia… ¡Somos importantes! ¡Somos santos!

Y nos alegra saber que no estamos solos. La aventura de nuestra vida es siempre cosa de dos. A lo largo de ella, Dios y el hombre cruzan sus pasos en una danza bellísima que acabará en la unión final. “El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!”.

Un teólogo alemán escribe estas asombrosas palabras: “Lo mismo que el hombre para consumar el amor sale fuera de sí, con todas sus consecuencias, la respuesta afirmativa al morir es también un salir de sí, un acto de entrega amorosa. Uno se abandona definitivamente en el que toma nuestra vida”. Y con todos los interrogantes y asombros, como ocurre en el amor humano.

No se por qué siempre he presentido que la muerte será realmente muy breve. Justo el tiempo de un abrazo.

Y luego la entrada al nuevo hogar. “En la casa de mi padre hay muchas moradas…Voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar volveré y os tomaré conmigo para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,1-3)

Vivir en el cielo es ser santo con todas las de la ley. Es “estar con Cristo”. Los santos viven “en Él”, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre: “Les daré también una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe” (Ap. 2,17).

Y con nombre nuevo, seguiremos amando. Pasará la fe, pasará la esperanza -de nada sirven si vemos a Dios cara a cara- pero el amor, el gozo de amar, no pasará.

Esa actividad del amor, de la que se ocupa el Espíritu Santo, es la misma en el cielo, que en la tierra

¡Todos a la tarea! Bonito, ¿verdad?
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