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¿Vigencia del marxismo? (y III)

Raúl Ismán
Redacción
miércoles, 28 de enero de 2009, 08:09 h (CET)
El marxismo que (sí) ha caducado
Alrededor de estas tres temáticas sucintamente planteadas girará nuestra objeción crítica. Con relación al primer item, discutiremos en primer lugar la supuesta dicotomía socialismo utópico-científico. Puede certificarse como científica a una concepción que se adecue plenamente a la realidad y sirve para leerla y/o transformarla. Y la realidad de los siglos XIX, XX y lo que ha corrido del XXI demuestra que existen vacíos conceptuales e hipótesis que no resisten los contrastes empíricos por parte de las teorizaciones marxianas. Es preciso analizarlas mínimamente. El desarrollo de la economía y la sociedad burguesas en la centuria pasada siguió senderos más complejos que los pensados previamente; particularmente en la comprensión de la profundidad de las crisis cíclicas del capitalismo. En palabras de Marx Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. (Prólogo a la Contribución a la crítica de la Economía Política. Versión electrónica).

Campea en todos ellos un cierto catastrofismo- muy influyente por otra parte en teóricos de comienzos del siglo XX, como Lenín, Rosa Luxemburgo o Trotski- que no puede sostenerse en la actualidad. Algunos de los mecanismos compensatorios ya fueron anticipados por el propio Marx en el prólogo ya citado. La capacidad de readaptación del sistema capitalista a las crisis, más allá de los sufrimientos individuales de algunos burgueses en ellas, resultó muy superior a lo previsto por el pensamiento crítico en general. Dicho sea de paso, aunque no sea el tema de este artículo, el dinamismo y la capacidad transformadora del capitalismo deja reducido a la condición de soñador pre-científico a León Tortski cuando afirmaba que las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. (León Trotsky. El programa de transición. Versión electrónica). Dramáticamente planteadas en el contexto de 1938, en que el mundo se encaminaba a la barbarie de la segunda guerra mundial, estaríamos tentados de afirmar que el propio revolucionario ruso no suscribiría en la actualidad- en los últimos veinte años se han desarrollado más que en toda la historia previa de la humanidad- dichas palabras. Sin embargo, los partidos trotskistas, prosiguen recitando los mismos versículos, a contramano de la realidad social. Como toque exótico puede citarse que frente a cada nueva crisis profetizan el inminente derrumbe del capitalismo. Algunos espectadores ingenuos en actos de dichas fuerzas se colocan a buen resguardo para no quedar aplastados por sonoros derrumbes de escombros. Pero por fortuna para los transeúntes y por desgracia para los profetas de semejantes hecatombes, la caída de guijarros nunca acontece. Por lo tanto, resulta insostenible seguir repitiendo frases como la anterior. Y mucho menos otra como la que sigue: Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han comenzado a descomponerse. (León Trotsky. El programa de transición. Versión electrónica). A casi setenta años de pronunciadas estas palabras, el hedor a podrido debería haber dado la vuelta al mundo ya. Y estas son las raíces teóricas fundamentales de las posiciones de los partidos trotskistas. Pero, como decíamos, no es este el centro del análisis y la vivisección de tales contradicciones la pasamos hacia un incierto futuro (es decir, hacia las calendas griegas o troskas).

A comienzos del siglo XXI nada coloca en un lugar de superioridad teórica al socialismo de raíz marxista, por su condición científica, de otras variantes del socialismo. De hecho, en todo el orbe, existen movimientos que intentan gestar espacios de liberación, aunque más acotados. Inscriptos en el anarquismo, en el socialismo (utópico), o en las actualmente llamadas organizaciones autonomistas, disputan con agrupaciones de tipo marxista la adhesión de las masas populares en el mundo entero. En nuestro país, por otra parte, las masas tienden a agruparse en movimientos nacionales y populares. Todos, cada uno a su manera, intentan poner un límite a la voracidad del gran capital globalizado. Cada uno deberá revalidar el título de la formación teórica más acertada en el juicio- de todos modos, polémico y apelable- de la lucha histórica concreta. Si algún día logramos comprender que la ciencia útil para transformar la realidad social no es un conjunto bíblico que nos fue dado de una vez y para siempre, la crisis del marxismo no habrá transcurrido en vano.

El segundo plano de análisis- el carácter internacional de las luchas revolucionarias- es tal vez el más controvertido y central para el debate político, en nuestra opinión. Aunque suene antipático y está clarísimo que la economía capitalista es de carácter mundial, las luchas de los pueblos son fundamentalmente nacionales y en el marco del estado nacional. Luego, pueden (y deben) intentar captar solidaridades más allá de sus fronteras. El objetivo marxista de unir en una sola fuerza político-organizacional al conjunto del proletariado internacional contra el poder del capital (globalizado, se diría hoy) jamás pasó de ser un enunciado formulado en textos muy plausiblemente intencionados, pero carentes de concreción práctica. Argumentaremos a continuación a favor de las citadas objeciones.

Acerca de la (decisiva) cuestión nacional y otras objeciones al marxismo
En principio, existe un modo de concebir al mundo (capitalista) moderno como resultado de una lucha de clases mundial que enfrenta a la burguesía con el proletariado, visto este desgarramiento desde el conjunto global; es decir, internacional. Sin negar que existe fundamento empírico y material para tal afirmación; en nuestra opinión no puede soslayarse que la dominación imperialista se superpone con la contradicción recién referida y aparece de tal modo (sensiblemente) la que enfrenta a los países periféricos con las formaciones nacionales causantes del sometimiento de la mayor parte del orbe. De este modo se crea en las naciones atrasadas las bases materiales para la formación de coaliciones más vastas, a favor del desarrollo nacional; aunque en muchas de ellas participen fuerzas hostiles a una salida socialista. Tal es una síntesis de lo que se denomina cuestión nacional (perdón por la reiteración) que además incluye aristas de carácter cultural (defensa de la propia identidad), político (un estado independiente de los poderes globalizados es una forma sustantiva de democracia), además de las razones económicas mencionadas líneas arriba.

Con relación a la experiencia de las internacionales obreras, digamos que las mencionadas organizaciones fueron los intentos concretos para crear el Partido Internacional de la clase obrera yÂ… no pasaron de resolver sus disputas, conflictos y realizaciones en los marcos y referencialidades (para Marx estrechos) de los estados nacionales. Veamos una breve síntesis que fundamente nuestros dichos.

La primera internacional- la única creada en vida de Marx- se destacó porqué lo más importante de su accionar fue su participación en la heroica Comuna de París (1871). La insurrección citada fue una reacción defensiva del proletariado (y el pueblo) de la ciudad luz frente a la defección del ejército (nacional) burgués, frente al recién creado Segundo Reich alemán. Sin negar sus métodos y contenidos de clase claramente proletarios, los alcances de la revuelta se reducen claramente al marco (nacional) francés; a la defensa del estado nacional amenazado en su existencia por la potencia del nuevo imperio de los Hohenzollern y por la defección burguesa y del emperador Napoleón III. La Comuna fue, en apretada síntesis, el episodio último de la revolución burguesa, ya que luego de ella se consolidó la república en la nación gala. Y los efectos posteriores de la derrota precipitan la disolución de la internacional, ya que concentra la furia represiva de los poderosos. Jamás paso de ser un destacamento centrado fundamentalmente en el continente europeo. Es más, cuando Marx trasladó su sede a New York fue, en realidad, su partida de defunción. Se debatió mucho sobre problemas teóricos e internacionales. Pero a la hora de la lucha política concreta, la cuestión se resolvió en los marcos del estado nacional.

La segunda internacional es fundada en 1889, ya muerto Marx y poco antes del final de la vida de Engels. Por añadidura, los años de gestación y máximo desarrollo coinciden con el apogeo del imperialismo moderno; años en los cuales se exacerba el carácter decisivo de la cuestión nacional, por cierto. La partición entre socialistas reformistas y revolucionarios se halla presente casi desde sus orígenes. La distinción entre una y otra fracción lejos esta de ser pensada sólo en términos éticos, es decir en términos de leales y traidores para con la revolución social; es preciso conceptualizarla en los siguientes términos. Es que, en realidad, un modo materialista de ver la cuestión reside en analizar las relaciones entre los aparatos partidarios y sindicales; por un lado, y, por el otro, el estado burgués; tomando como variable decisiva la capacidad creciente de este último para regular el flujo de recursos, que merced al desarrollo capitalista, son volcados para moderar el conflicto social. Tal es la causa para que en la mayoría de los partidos de la segunda internacional predominen las orientaciones que visualizan como deseables los cambios paulatinos y no revoluciones radicales. Y pese a las sorpresas que acarreó, la decisión de la mayoría de los partidos y dirigentes de alinearse junto a sus respectivas burguesías en la primera guerra mundial no tendría que haber provocado incredulidad ni asombro. Los intereses propios de cada partido- en el marco de sus respectivos estados nacionales- resultaron un límite más que tangible para la construcción de una organización mundial. Cada destacamento priorizó los vínculos en su propia patria antes que la identidad internacional. De hecho, sólo muy pocos cuadros se opusieron a esta orientación mayoritaria, los más conocidos, Lenín y Rosa Luxemburgo. La Segunda Internacional- en cuanto organismo revolucionario- estaba muerta desde hacia cierto tiempo, pero el revolucionario ruso recién pudo proclamar la necesidad de construir su sucesora luego de la revolución bolchevique (1917).

Así, la tercera internacional nació ligada a un estado nacional y toda su experiencia está íntimamente ligada a la defensa del proceso ruso; es decir del citado estado nacional. Con el requisito de las veintiún condiciones de ingreso en la Internacional- modelo de sectarismo, en la acertada opinión del español Fernando Claudín- se verificaron dos circunstancias igualmente perjudiciales para los movimientos revolucionarios. Ellas son:

a) Existió un recetario único y excluyente para realizar transformaciones sociales elaborado de espaldas a la realidad social y cultural de cada país y motivado sólo por la necesidad soviética de no quedar aislada a merced del socialismo en un solo país (como finalmente ocurrió el imponerse Stalin). Argumentar copiosamente a favor de nuestras afirmaciones excede largamente los objetivos del presente trabajo; por lo cual en futuras elaboraciones realizaremos esta necesaria tarea.

b) La internacional quedó reducida a un conjunto de elegidos partidarios del leninismo, sin mayor diálogo con los réprobos socialdemócratas, anarquistas u otras fracciones (integrantes por mérito legítimo) del movimiento obrero. El purismo ideológico de la tercera no le impidió caer en oportunismos de todo tipo, cuando no en la defección contra-revolucionaria; de la cual la acción desplegada en la guerra civil española (1936-1939) es el mejor ejemplo.

Hemos demostrado la centralidad del problema nacional. Pero además no puede soslayarse ni desaprovecharse el hecho que la defensa de la identidad cultural propia, de los recursos naturales y estratégicos del país pretendidos por la voracidad imperialista resulte al mismo tiempo fuente de conflictividad y punto de articulación de diversos sujetos que pueden operar cambios en la sociedad. ¿Por qué dejar estas importantes banderas abandonadas para que las retomen otras fuerzas o ciertos defensores del sistema?

En otro orden de cosas, digamos que la pretensión de aprehender el conjunto de las leyes que rigen la historia, la economía, la cultura y la sociedad en un único sistema desentrañado de una vez y para siempre implica- desde le punto de vista epistemológico- una pretensión que como mínimo puede calificarse como pedantescamente prometeica; y en términos máximos de simplemente absurda y exagerada. Seguramente el anciano sabio de Tréveris sonreiría con sorna si pudiera observar la compleja multidireccionalidad que tomo la realidad social, más aún (tomando distancia) con relación a muchas de sus previsiones. Seguramente no suscribiría el error de las izquierdas contemporáneas; que al ver como las sociedades existentes no se adecuan a sus esquemas acometen contra la realidad pretendiendo asesinarla. Pero lo cierto que en el propio Marx anida y palpita la vieja pretensión positivista de dictamina la formulación de leyes ineductables e ineludibles para todo proceso histórico. Hacia el pasado de la sociedad humana, está fuera de discusión los inumerables aciertos de Marx y Engels a la hora de formular teorizaciones. Pero proyectado a futuro, sus pensamientos arrojan limites, errores e inconsistencias; que los cambios verificados en el mundo capitalista desde fines del siglo XIX no han hecho más que agrandar. La centralidad del problema nacional, el ausentismo proletario frente al llamado de la revolución, el escaso desarrollo de la cuestión de los monopolios y el imperialismo (con relación a esta última temática nos referimos a cuestiones más políticas que económicas; como el modo en que el autor de Das Kapital concilió con el colonialismo británico en la India ) son algunos tópicos insoslayables.

Conclusiones pesimistas desde la razón aunque de modo de optimizar la voluntad
Para cerrar estas líneas, formularemos algunas conclusiones del análisis desplegado a modo de balance.

1) Lo más acertado de Marx es su crítica a la dominación capitalista; tanto desde su carácter de sociedad explotadora como en la cerrazón para que las personas accedieran a un modo de vida humanista.

2) La pretensión de Marx de haber desarrollado (y casi agotado) las leyes a futuro de la humanidad resultan de un carácter insostenible y positivista.

3) No existen fundamentos serios para calificar al socialismo pensado por Marx como científico, por oposición a otros mentados como utópicos.

4) También resulta objetable la idea que la única clase verdaderamente revolucionaria es el proletariado industrial.

5) Por otra parte, existe en nuestro autor una inocultable matriz de eurocentrismo.

Pese a los límites y errores señalados, las teorías de Marx ocupan un merecido sitio entre las concepciones que guían a los pueblos en sus siempre recomenzadas luchas por construir un el futuro modus vivendi dignos de ser llamados humanistas. Pero es preciso leerlas con el espíritu crítico que resultaba tan deseable para el autor y no con las miradas dogmáticas propias de la desdichada izquierda que lo continuó.

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Raúl Ismán es docente y escritor. Miembro del Consejo Editorial. de la Revistas Desafíos. Director de la revista Electrónica Redacción popular.

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