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Dios

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 1 de noviembre de 2008, 07:37 h (CET)
Estaba visto que más pronto que tarde iba a suceder por segunda vez el óbito de Dios. Acallados los alaridos de una II Guerra Mundial de la que fue su Juan Bautista el desquicio de Nietzsche, ahora que hemos alcanzado un nivel de soberbia parecido ya estamos de vuelta a las andadas. Es lo que tiene el progreso, que cuando sabemos sumar de memoria más de un dígito se nos sube el ego a la estratosfera y ya miramos el universo por encima del hombro. A ver, ¿qué falta nos hace Dios?... Ninguna, claro: dioses, nosotros, que ya tenemos acelerador de hadrones (promovido y desarrollado, entre otros, por ése a quien la muerte probablemente le parecerá una liberación del cautiverio de su silla de ruedas y quien sin duda tiene algo personal contra Dios por haberle puesto donde está), que ya nos hemos asomado al espacio sideral, que ya podemos jugar a dioses de chicha y nabo armando un tiberio de no te menees con eso de la manipulación genética, y que ya hemos superado los palotes de la Química. Nosotros somos los dioses, sí: no hay más que ver lo ricamente que está nuestra creación y lo bien que lo pasa la peña en todas las esquinas del globo.

“Dios no existe, duerma tranquilo”, reza por esos mundos la campaña propagandística que han lanzado los anglosajones. Y ellos no lo necesitan, claro, porque tienen a Margaret Theacher, a su incombustible (y eterna, como Dios) graciosa majestad y son aliados del Imperio que impone su ley allá donde aparentemente la mano de Dios no llega. Así dejan los lugares por donde pasan, por supuesto. “Dios no existe, duerma tranquilo”, reiteran; y no sólo eso, sino que les ha faltado añadir que cada le cual le dé a base de bien a lo que le plazca, en un eco intemporal de aquel “haz lo que quieras” del mago negro Alister Crownley.

Lo que no se toca o no se comprende, no existe para las mentes más obtusas. Sin embargo, todo nuestro progreso, todos nuestros adelantos llamados científicos, no vienen sino a corroborar la inmensa mayoría de las aserciones que podemos leer en los tratados o textos de la más remota antigüedad, con la única diferencia de que para los antiguos sabios todo era una manifestación de Dios y para nuestros científicos actuales es suficiente una carrerita de cinco años sacada a trompicones. La única fórmula que le queda por pronunciar a la Ciencia no es la de Dios, como Stephen Hawking´s aseveraba en su “Breve historia del tiempo”, sino la de la estupidez, y probablemente la encontrará sin ir muy lejos, contemplando detenidamente de frente el espejo de su baño.

La Historia nos enseña reiteradamente que cuando el hombre se ha revestido de arrogancia —y nuestra Ciencia la rebasó hace mucho y se ha licenciado cum laude en soberbia—, la calamidad está próxima. Aquél que escupe al Cielo..., ya se sabe, y para mí que nos podemos esperar cualquier cosa en breve, porque hay demasiado monosabio metido al empleo de Dios. La naturaleza de la Ciencia es la soberbia, el peor de todos los pecados, el mismo que dividió a los hombres en dos grupos bien diferenciados. Precisamente por esto los antiguos no permitían que el conocimiento estuviera en manos de cualesquiera, sino que lo reservaban a quienes tenían a su entender una formación moral o ética adecuada, porque el mal uso del conocimiento podía pervertir a la sociedad, tal y como vemos sin espanto en nuestro día a día. No vale decir que entonces era así para dominar al pueblo o simpleza por el estilo, porque ningún pueblo puede estar más manipulado que el actual, se pongan como se pongan nuestros científicos actuales. Dios, después de todo, hizo la verdad para confundir a los sabios, ya lo dicen todos los Libros Sagrados, y no es ni mucho menos previsible que un racimo de personajes que apenas si saben hacer palotes o especular con sus propios desvaríos puedan leer siquiera un solo párrafo de la escritura divina. Su insufrible arrogancia, sin duda, es la oscuridad en la que se presidian. Quienes nunca han dejado de corregirse a sí mismos ahora se sienten capaces no sólo de negar a Dios, sino de removerle de su solio y ponerse ellos en su lugar. ¡A buen paraíso nos pueden conducir los ciegos!

Uno no es que quiera ir contra corriente, caramba, pero mira a su alrededor y no sabe si tanto esfuerzo científico ha merecido la pena o si estábamos mejor en cualquier otra época histórica. A lo mejor es que nos hemos equivocado de dirección cuando aprendimos a hacer la O con el culo de un vaso; pero de lo que no tengo ninguna duda es de que el mundo está manga por hombro —tal vez más que nunca—, salvo unos pocos ricos o muy ricos que, probablemente gracias a la ciencia de estos sabios, se han puesto a salvo de la calamidad y hasta han aprendido a propagar su vida —no siempre las que más merecen la pena— incluso a veces recurriendo a aprovechar de los menos favorecidos lo que les pudiera hacer falta, así sea un órgano cardiaco. Y si esto lo proyectamos a un probable futuro, ya podemos imaginar lo que nos espera; tal vez uno de estos descendientes de quienes inventaron la guerra química o bacteriológica dé con una substancia o un bicho que nos catapulte a todos a la eternidad de su nada. Entonces sí que seremos dioses, pero del inframundo.

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