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Redacción
sábado, 1 de noviembre de 2008, 05:33 h (CET)


Entre todos lo mataron…
“Crónica de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez. Edición de bolsillo para la Editorial Plaza & Janés. Sexta edición. Año 1999. 135 páginas.

<< -¿Tú piensas que te abandono, verdad? // - No // - Mira, esta es una aldea de mala muerte, olvidada de todos, lo que aquí sucede no tiene importancia. Márchate // - Ya no hay tiempo... // - ... lo has malgastado. Buena suerte… >>

Estas líneas de diálogo, extraídas de la obra maestra de Fred Zinnemann, “Solo ante el peligro” (High Noon, 1952), son capaces de sintetizar en escasas palabras el conglomerado de sensaciones – soledad, decepción, orgullo, etcétera – que siente el personaje de Will Kane – interpretado por el genial Gary Cooper - al verse abandonado por sus conciudadanos y amigos en el día más señalado de su vida - el de su boda, que es también su último día como sheriff - cuando recibe la noticia de que un maleante, al que hizo encerrar años atrás, llegará en el tren de las doce en busca de venganza.

Este argumento, que algunos identifican como una alegoría sobre “la caza de brujas” dirigida en EE.UU por el Senador McCarthy, y que incide sobre manera en los sentimientos más profundos del género humano, no será lo único destacable en la película de Zinnemann.

Quizá las mayores aportaciones de este film a la historia del séptimo arte sean el uso que se hace del tiempo de la historia y su capacidad para crear suspense en el espectador. Ayudado por las nuevas técnicas narrativas de montaje, Zinnemann nos cuenta una trama en la que el tiempo de la historia se funde – y confunde – con el tiempo real, sumiendo al espectador en la intriga por saber si el protagonista del film será capaz de plantarse con orgullo ante una muerte segura o acabará por derrumbarse y ser presa de su destino.

Este tipo de propuesta formal, como es la de plantear al espectador una situación límite al principio de la historia y desarrollarla, sin perder un ápice de misterio e intriga - aún a sabiendas de cuál será el desenlace final - no será exclusiva del cine. Esta estructura también ha sido utilizada en alguna de las grandes obras literarias del siglo XX como, por ejemplo, en “El túnel” de Ernesto Sábato. Al inicio de la obra del argentino, el protagonista, a modo de confesión, adelanta en las primeras líneas de texto (“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne…”), sus intenciones; desarrollándose, a partir de ahí, una historia que mantendrá totalmente imbuido al lector a pesar de conocer el fatal desenlace.

Como se puede imaginar, ambas estructuras, muy similares entre ellas, son bastante complejas de elaborar y complicadas de plasmar de una manera correcta por su autor. Pero, a pesar de esta dificultad, siempre ha habido quien ha intentado forzarlas un poco más, hasta límites insospechados, intentando realizar “el más difícil todavía”.

No es de extrañar que uno de estos equilibristas de la literatura que tuvo el arrojo de intentar dar otra nueva vuelta de tuerca a esta compleja estructura fuera un atrevido escritor con alma de periodista – o un periodista con ínfulas de escritor – como es el colombiano Gabriel García Márquez (1927).

El único Premio Nobel colombiano de la historia (1982) supo aprovechar desde temprana edad los devaneos de su familia por la extensa geografía colombiana para iniciar un profundo contacto con las raíces de su pueblo y con la idiosincrasia del ser americano. Tras ser criado por sus abuelos maternos en su pueblo natal (Aracataca) y después de innumerables viajes por Colombia, García Márquez, con veinte años, acabará arribando a la capital, Bogotá, con la intención de estudiar Derecho y Ciencias Políticas.

Poco tardaría el colombiano en abandonar esta carrera y en dejarse seducir por el periodismo, una suerte que estaba íntimamente ligada a sus dos pasiones: la literatura y su obsesión por mostrar las cosas tal como él las veía. La profesión de periodista le condujo a multitud de ciudades americanas donde ejercerla, desde Bogotá, Cartagena de Indias o Barranquilla – donde trabajó para Álvaro Mutis – de su Colombia natal, hasta lugares tan dispares como Venezuela, México, La Habana o Nueva York.

Estos viajes servirían para que Gabriel García Márquez diera a conocer tanto su obra fuera de Colombia, como su pensamiento. Un pensamiento que en muchas ocasiones le ocasionó más de un conflicto debido a que sus ideas, excesivamente progresistas, no eran bien vistas en algunos de los lugares donde desarrolló su trabajo como periodista.
A pesar de esto, nadie ha podido discutir jamás la valía de la trayectoria literaria de García Márquez, capaz de dar como resultado algunas de las novelas de habla hispana más importantes del último siglo, como podría ser “Crónica de una muerte anunciada”, de 1981. Esta novela, narra un hecho real sucedido en el país natal del escritor cuando él era apenas un niño. Se trata de un crimen, que acaba con la vida de un hombre llamado Santiago Nasar a manos de los hermanos Vicario, que pretenden con esta acción devolver la honra a su hermana, Ángela, por el desagravio que supone para la familia que Nasar la desvirgara antes de que ésta contrajese nupcias con Bayardo San Román.
La actividad literaria de Gabriel García Márquez, que ha compaginado exitosamente con su carrera periodística, no comienza en absoluto con “Crónica de una muerte anunciada”. Su obra se remonta a mitad del siglo XX cuando, en 1955 publica la que será su primera novela “La hojarasca”. A partir de ese momento inicia una prolífica carrera literaria que le llevará a publicar más de treinta títulos, entre recopilaciones de relatos, ensayos y novelas, y que le propiciará multitud de galardones como el ya mencionado Premio Nobel de Literatura.
De todas sus obras, las más destacadas son aquéllas pertenecientes al formato novelístico, de las cuáles cabe destacar algunas como: “La mala hora”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “Los funerales de la Mamá Grande”, “Un Señor Muy Viejo Con Unas Alas Enormes”, “Cien años de soledad”, “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, “Relato de un náufrago”, “El otoño del patriarca”, “Viva Sandino”, “El olor de la guayaba”, “Erendira”, “El amor en los tiempos del cólera”, “El general en su laberinto”, “Del amor y otros demonios”, “Noticia de un secuestro”, “Vivir para contarla” o “Memoria de mis putas tristes”.

Aunque “Crónica de una muerte anunciada” no se puede considerar como su obra magna ni más reconocida – honor que ostenta “Cien años de soledad” – en este relato, García Márquez ya nos presenta alguno de los rasgos habituales de su obra como son el empleo de técnicas narrativas propias del periodismo – las cuáles se entremezclan con técnicas más cercanas a la narrativa literaria -, el uso de un estilo limpio y versátil, un tratamiento novedoso del ámbito rural o algunos detalles del realismo mágico propios de la literatura del Boom.

Al igual que hiciera otro escritor/periodista como Truman Capote con su “A sangre fría”, García Márquez se aproxima en esta obra al género de la novela policíaca o de suspense, inspirándose en un suceso real – el crimen de Nasar – para desgranar los distintos caracteres de los protagonistas de la novela, las circunstancias que envolvían al trágico suceso y, además, para describir el escenario donde éste se produjo.

Para elaborar su relato, el escritor sudamericano, decide estructurar la novela como si de una crónica periodística se tratase. El autor recopila datos y testimonios, más con la intención de intentar entender el motivo del crimen de Santiago Nasar que de resolverlo. Por ello, García Márquez se vale de un narrador en primera persona capaz de desarrollar el relato a través de la reconstrucción de una historia en la que el mismo narrador forma parte.
A pesar de esta presencia del narrador en primera persona, la obra no estará especialmente marcada por la mirada subjetiva del mismo. Esto es debido a que la labor de investigación que éste realiza le permite al lector llegar a conocer el punto de vista de la mayoría de habitantes del pueblo acerca del crimen. Esto, por otra parte, no significa que las valoraciones acerca del suceso sean rotundas, ya que la mayoría de veces los juicios de la gente son cambiantes, por lo que el discurso suele caer en una continua contradicción que provoca que la trama acabe siendo, en ocasiones, ambigua.

Precisamente la contradicción del discurso y la ambigüedad de la historia se deben a la propia indefinición moral de los habitantes del pueblo donde se desarrolla la acción. En principio, los ciudadanos del pueblo son gente marcada por una recta y longeva moral que les lleva a actuar de manera tradicional y a no plantearse ciertas formas de conducta que han aprehendido con los años y de las que no se han podido despojar. Los habitantes del pueblo están acostumbrados a vivir rodeados de violencia, superstición, machismo o venganza; y parece que nunca se han llegado a plantear - como pueblo - si ese estilo de vida es el adecuado hasta que, preguntados por el narrador de la crónica, reflexionan sobre el crimen de Santiago Nasar.

Se nos presenta así una doble moral: Una, la del pueblo, en su globalidad, tradicional y arcaica, que no plantea cambios; y otra, más crítica y personal, de cada uno de los habitantes de dicho pueblo, que no es capaz de salir a la luz porque la moral imperante es la del colectivo. Quizá, por ello, todos los aldeanos, a pesar de saber el fatal desenlace que le esperaba a Santiago Nasar, no hacen nada por evitarlo; porque como individuos querían que el joven se salvara de la muerte, pero como pueblo no debían actuar, ya que debían dejar que imperaran las tradicionales reglas no escritas que dominaban su sociedad.

Si a la pasividad mostrada por los habitantes del pueblo, le unimos que el relato incide habitualmente en la idea de que la muerte de Nasar estaba predestinada y que, además, el azar estaba por la labor de que esto fuera así; el cronista parece concluirle al lector que, valoraciones morales a un lado, era inevitable que este crimen se produjera.

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