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Redacción
sábado, 1 de noviembre de 2008, 04:47 h (CET)


Tras dos meses de travesía, El Pintado arribó al fin a La Habana. Allí don Diego de Alburquerque y Mendoza se alojó en el Palacio del Gobernador, don Baldomero de Alburquerque y Artacho, primo de su padre. Aparte de la travesía, y los meses de vagabundeo por Flandes, Italia y España, con el pretexto de seguir a los Tercios, volvía agotado por una misteriosa enfermedad: las malas lenguas hablaban de sífilis; muy bien sabía él, sin embargo, que era el corazón.
En La Habana sufrió por su pasión oculta, inconfesable. En cuanto pudo levantarse comenzó a hacer gestiones para fletar una pequeña escuadra para México. En el entretanto, hubo de sufrir la nube de peticionarios y clientes de su tío; criados; prelados; y nobles, que le exigían una etiqueta agotadora. Al fin, con la excusa de su enfermedad, Su Excelencia don Baldomero consintió en permitirle vivir en lo más profundo del Palacio, junto a su extraño acompañante, un genovés a quien él llamaba mi Poullaiolo:
-lo único que te pido es que no nos avergüences, le suplicó.
-descuida, tío.
-en cuanto a él, añadió con voz temblorosa.
-mío servo de su Excelencia, dijo el muchacho.
Dejó atrás a la extraña pareja: su sobrino, demacrado, rígido, esbelto, como una estatua funeraria; el italiano, ancho, vivaz, sanguíneo; su voz cantarina le persiguió aún cascabeleándole, hasta el fondo de los corredores, en el silencio de las salas desiertas, llenas de espejos, cuadros y tapices.

Don Diego se recuperó rápidamente allí: madrugaba; se sentaba en la soledad del patio recóndito con el primer sol, a escuchar la fuente y ver resbalar la luz por el limonero; acariciaba el perro ocioso; escuchaba los pájaros invisibles del trópico; y hablaba con el italiano, en voz muy baja (aunque nadie podía oírles), de sus viajes y su pasión compartida, a la que de vez en cuando incluso se entregaba, tras cerciorarse de que nadie los veía.
Con ello, no faltaba a su palabra de ser discreto.
Así, pronto recobró la rubicundez; el paso elástico y firme; el apetito voraz de los Alburquerque; incluso dos o tres veces por semana, en la discreción de la noche, le deslizaban alguna mulata o una fogosa negra de Santiago, a la que despachaba rápidamente para no desperdiciar sus preciosas fuerzas. El agua ya no le sabía a salitre; y la brisa no le arrancaba escalofríos.

Sólo el corazón seguía avisándole, heraldo puntual, con sus punzadas siniestras al final de una cuesta o en medio de sus abrazos nocturnos.

Al caer la noche, no veían la hora de deslizarse por las calles, siempre al puerto, donde su tripulación ya estaba casi completa, y dispuesta. Embozados, al amparo de los muros de las casas y las iglesias, las tapias por donde sobresalían los frutales, les daban las campanadas de laúdes, de maitines.
Su Excelencia fue a despedirles la víspera. Sin mirar al italiano, entregó a su sobrino el dinero y las cartas de recomendación habituales, deseándole buen viaje (sin mencionar el regreso). Luego, con un gesto casi imperceptible, se despidió del llamado Poullaiolo, y salió a toda prisa como si el suelo le quemara.

La extraña pareja quedó atrás, para siempre.

El viaje fue aún más duro que cruzar el Atlántico, Italia, los Alpes, las llanuras alemanas y borgoñonas, y la meseta castellana.

Don Diego arribó exhausto, con su Poullaiolo, una mañana radiante a un pequeño puerto desconocido del Yucatán. Una tormenta había estado a punto de hacerlos naufragar, de desbaratar la flota, y desviarla de su destino.

En la primera ciudad que toparon, contrataron porteadores, compraron provisiones, y escogieron entre la guardia que les había de acompañar, siguiendo las instrucciones de su tío. Por fin, una mañana partieron hacia el interior, y en pocas jornadas llegaron a las primeras montañas de Sierra Madre Occidental, que se recortan sobre la planicie.

Conforme ascendían, el calor y la humedad pegajosa del Atlántico, con su cortejo de mosquitos y moscas, desaparecieron: los días ahora eran soleados y frescos; las noches, frías y estrelladas, hasta el punto de forzarles a envolverse en gruesas mantas en cuanto caía el sol; dormían juntos, pegados al fuego que la guardia se encargaba de mantener vivo toda la noche, rodeados por el aullido del viento y los ruidos sigilosos de las alimañas invisibles.
En otros viajes idénticos a aquel, con otros Poullaiolos, don Diego de Alburquerque y Mendoza había fletado un carro cubierto para transportar sus útiles vergonzosos. La timidez y el bochorno, insuflados en su conciencia desde la infancia, desde los días remotos en que se manifestó por primera aquella inclinación impropia, hacían espiar al entonces joven garbanzo negro de los Alburquerque las risas, las burlas, las comidillas en su propio séquito. Al principio le exasperaban, arrancándole destellos súbitos de cólera; no obstante, a todo se acostumbra el hombre, incluso el noble, y don Diego acabó por ignorarlas al fin, y éstas desaparecieron.

Ya no iba a necesitar aquellos útiles en adelante, por desgracia. Sin embargo, no renunció a las cabalgadas vespertinas con su nuevo compañero de pasiones; ni a los baños en las horas de más calor del día, en los pozos umbríos, los manantiales y los remansos recónditos de la Sierra. Conocía bien el camino, y no tardó en verse recompensado con la alegría pajaril de los primeros árboles, insólitos y trémulos, ya muy cerca de la Hacienda.

Pero sobre todo, no renunció a sentarse junto a su amigo, los útiles imprescindibles y sencillos al alcance de la mano, ante aquel paisaje familiar pero siempre nuevo, aún a costa de retrasar en una hora o dos la marcha, para apresar un último centelleo de belleza, allí donde en otro tiempo había sido feliz por el sólo ejercicio de mirar. ¡Mirar! ¿Qué más le quedaba?.

De sobra sabía que debía a su inclinación inaceptable, y no a sus méritos ni sus deseos, el permiso, casi la orden paterna de embarcarse para América, con el pretexto de servir allí al Rey de España, el Emperador, con más eficacia que en la atestada Europa. Tal vez, pensaba en su nostalgia ya incurable, su afición hubiese sido aceptada como normal en algún país del norte de Europa, donde las ideas luteranas habían prendido; o en la propia Italia, al albur de los propagadores del nuevo paganismo, que no cesaban de ganar terreno desde su infancia. Antes de que cumpliera la edad de enrolarse, lo embarcaron en aquella Cádiz remota, con cartas de recomendación para su tío, que entonces aún no era Gobernador de Cuba.

Sea como fuere, América era tan grande que allí incluso un noble, descendiente de Grandes de España, podía ser casi cualquier cosa, con tal de estar lo suficientemente lejos (aunque, ahora lo sabía con amargura, jamás se está lo suficientemente lejos), del rumor y la maledicencia. Al menos, en esto debía darle la razón a su padre.

Poco después de su segundo viaje, casi clandestino, por Italia y Flandes, aquel hombre rígido y antiguo, que jamás imprimió un beso en sus mejillas, murió. Tras el entierro en una lúgubre iglesia de Toledo, don Diego no volvió a pisar la casa familiar, cuyo recuerdo curiosamente, se avivaba ahora que se acercaba el fin, en su memoria.

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