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Etiquetas:   ¿Es sólo un deporte?   -   Sección:  

Aquellos años

Miguel Cañigral
Miguel Cañigral
@mcanigral
jueves, 30 de octubre de 2008, 04:19 h (CET)
Era pequeño, pero quería ser el mejor futbolista, el más rápido, tener más fuerza que nadie y aprovechar toda mi inteligencia para poder engañar a cualquier portero. Imitaba a Mijatovic con ese pelo engominado hacia atrás, mascando chicle y mirando a la escuadra justo antes de lanzar una falta.

¿A quién te pedías tú? Yo siempre era ese jugador de moda que marca goles, pero prefiere regalarlos y sentirme único a la hora de dar pases. “¡Yo me pido a Koeman!”, “¡y yo a Suker!”, “¡yo a Bebeto!, ¡pues yo a Kempes!, “ese no vale porque ya no juega”. Recuerda cuánta fuerza te daba ser ellos en el momento decisivo, cómo si algo de nuestros ídolos se instalase en nosotros para ganar ese `mundialito.´

En aquellos recreos, jugábamos con pelotas fabricadas con el papel de los bocadillos del almuerzo, con latas o cartones de zumo. Con un poco de imaginación podíamos ser parte de la alineación del mejor equipo del mundo, del que casualmente nosotros éramos el líder absoluto.

Teníamos tanta ilusión por ser mayores, por jugar en nuestro equipo, ser un goleador, llegar al Mundial y ser el héroe que acabase con el gafe de la Selección Española. Unas botas nuevas nos permitía ser el protagonista del día y que todos sintiesen envidia. Aunque al día siguiente todos llevábamos la misma marca y modelo.

Recuerda cómo te molestaba el final del recreo, que ganase tu mejor amigo o que te tocase ser portero. Los sábados vestías un equipaje por el que asomaba una cabecita por arriba. Teníamos tanta ilusión por seguir creciendo con todos nuestros compañeros, formar el mejor equipo en la historia del colegio, que llegase un ojeador y decidiese que por fin había encontrado lo que buscaba. Recuerda cuándo te tiraste en plancha al charco después de marcar un gol y tu madre se cabreó porque intentabas emular a Mijatovic celebrando un gol bajo la lluvia.

La única regla era que no se podía hacer daño y con un “¡no vale!” estaba todo arreglado. ¿Cuánto duraban los partidos en verano? Parecen eternos. Jugábamos delante de nuestras chicas y fingíamos lesionarnos para que se acercasen a nosotros. Volvíamos a casa sucios, derrotados, pero con la fuerza suficiente para repetir al día siguiente.

No habían problemas, todo tenía solución y el mayor miedo era perder ese balón Adidas Questra que te regalaron en el cumpleaños y que limpiabas cada día después de jugar. “¡Cómo lloraría si se pinchase!”.

¿Y quién no quiere volver a ser niño?

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