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La excomunión de España

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 28 de octubre de 2008, 07:17 h (CET)
Más allá de la extraordinaria capacidad fantasmil del presidente Zapatero para meter la pata hasta el corvejón cada vez que abre la boca, la excomunión de España del sínodo de pastores convocado por el remedo de Gran Maestre en EEUU para mediados de noviembre no deja de ser una muy buena noticia, y, además, muy aleccionadora: España —como muchos venimos advirtiendo desde hace decenios—, se equivocó de medio a medio al elegir a sus aliados. No; no es que deba enfrentarse a Occidente, sino que su Occidente es otro. Nada tenemos en común con lo anglosajón, ni siquiera con la chovinista mentalidad francesa, la intriga o el belicismo imperial norteamericano o el ancestral ombliguismo italiano: nuestra realidad histórica, cultural y de futuro está en otra ribera —tal vez del mismo río—, que es la Hispanidad: España, Portugal, Latinoamérica, África y Filipinas.

“No desprecies a la culebra porque no tenga cuernos, porque mañana puede ser un dragón”, reza el milenario aforismo chino. De ninguna manera la Hispanidad es algo despreciable, como tan reiterada como ciegamente se empeña en señalar el PP, por más que hoy por hoy tenga defectos que podrían ser considerados de bulto por ojos de escasa o nula visión y mentes más bien estrechas. Muy por el contrario, los mismos hechos y el desarrollo de la Historia indican cada vez con más alta voz que el futuro se encuentra precisamente en esa órbita de la que se empeña España en autoexcomulgarse. Un error propio de políticos del momento o de torpes irrecuperables que nada tienen de estadistas, los cuales empujan con enconado desacierto a regalar el porvenir a nuestros manifiestos enemigos —¿se precisan más pruebas?— y permanecer como los lacayos o los pedigüeños de ese grupo donde somos radicalmente despreciados.

Aunque el Gran Maestre de los EEUU o sus servidores europeos invitaran finalmente a España a esa reunión, España debería rechazar enérgicamente la invitación. Es más, la oportunidad de reconsiderar sus alianzas en este tiempo del que surgirá una nueva realidad, la pintan calva. No es la hora de estrechar lazos con Francia, Gran Bretaña o EEUU, sino quizás de armar su propio concilio con sus hermanos de Portugal, Latinoamérica, África y Filipinas, establecer su propias alianzas, corregir los desvaríos de la legión de ciegos que nos ha desviado del camino durante casi un siglo y volver a quienes nos han conferido históricamente la naturaleza y carácter que tenemos. “Cuando los demás vendan, compra; cuando los demás compren, vende”..., ya saben. No; no es el momento de negociar con Europa o EEUU, sino de escapar de su órbita, cerrar sus bases en nuestro suelo, cortar con los imperialistas que tienen colonias en nuestro ámbito, convertirnos en libertos del esclavismo a que nos han sometido desde el final de la II Guerra Mundial y recomenzar la andadura de nuestro propio devenir sin tener que obedecer a ningún amo, y además con una buena lección aprendida.

Es el momento de España, en fin. Los tozudos hechos demuestran que el Imperio Norteamericano declina irremediablemente, que ha llegado a su fin: ni su política económica ha sido mínimamente acertada, ni su manera de regir el mundo coherente, ni tiene siquiera mínimas oportunidades de proyectarse al futuro. El único porvenir que tendría de no ser desbordado, sería arrastrar al mundo a un holocausto nuclear para que nadie le sobreviva. No es su sistema económico el que se ha agotado, sino su manera de hacer las cosas: le ha matado su codicia, porque en su conquista del mundo se extendió en exceso, hizo demasiado largas las líneas de suministro y ha sido imposible una intendencia eficaz. España cometió muchos errores a lo largo de la Historia, pero ninguno de la magnitud del que se está cometiendo ahora, equivocándose una vez más de bando. Llueve sobre mojado: ¿es que no se ha aprendido nada? La Hispanidad es uno de los mayores aciertos de la Historia y el periodo de mayor progreso de la humanidad, más allá de la barbarie de la Leyenda Negra con que los anglosajones (y algunos españoles) nos regalaron. Si tuvimos Aguirres, los franceses tuvieron cantidad de Robespierres, los Ingleses no andan escasos de maniacos Enriques VIIIs y los norteamericanos de Roosevelts que no tuvieron empacho en fumigarse a quien fuera, despertando a los terrores del infierno. No; nada de vergonzoso hay en nuestro pasado más allá del desvarío de algún delincuente; a no ser, claro, el despropósito de andar rogando a ruines para que nos dejen servir las copas en el sínodo de pastores o dar lustre a las botas del Gran Maestre: arrodillados jamás se tendrá una visión de conjunto; es preciso ponerse en pie y levantar la cabeza.

La Hispanidad, el conjunto de España, Portugal, Latinoamérica, África y Filipinas es la mejor opción de futuro con que cuenta actualmente la misma humanidad, y no sólo porque concentran más del 70% de los recursos del planeta, sino porque somos la población con mayor potencial a todos los niveles: naturales, culturales y sociales. La mayor diversidad con una identidad común existente, la cual nuestros ciegos políticos se empeñan en desdibujar, si no en despreciar.

Un novus ordo seclorum amanece, con o sin la aceptación de sabios o misoneístas, y España está en el deber de construir el suyo, de fijar posiciones que le retendrán en ellas durante algunos siglos. Es la hora de España, y mucho depende de la postura que adopte, de la visión de Estado o de futuro que tengan nuestros dirigentes. No; no es el momento de rogar a un Occidente torpe y caduco que agoniza, sino de dirigirnos a nuestros hermanos de cultura y de sangre, y comenzar a dibujar nuestro propio porvenir, con sus propias posibilidades y su devenir soberano. Sólo hay una cuestión que no podremos resolver jamás, y es que España está en el lado equivocado del océano.

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