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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El peligro mexicano (II)

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
martes, 28 de octubre de 2008, 09:20 h (CET)
A mediados de 1939 se publicó en Estados Unidos “Mexico at the Bar of Public Opinion” (“México ante el tribunal de la opinión pública”) de Burt M. McConnell. El libro, editado por la Mail and Express Publishing Company de Nueva York, impactó a sectores de la opinión pública norteamericana que veían con preocupación cómo México derivaba “hacia el comunismo” bajo el mando del general Cárdenas, y potenció la exigencia de una acción “decidida” de parte del gobierno de Roosevelt para meter en cintura a quienes se habían “robado” las empresas petroleras norteamericanas el 18 de marzo de 1938.

Fue natural que el libro tuviera eco. El autor había sido integrante del cuerpo editorial de la revista “Editorial Digest” durante diez años, de 1919 a 1929. Y “Editorial Digest” fue una de las más influyentes publicaciones de la época, con más de dos millones de suscriptores de las clases pudientes –cifra astronómica si recordamos que el país atravesaba por la crisis que desembocó en la gran depresión- y circulación en miles de escuelas primarias en donde era material didáctico para acercar a los niños a la cultura de la información. Fue en el “Editorial Digest” en donde nacieron las encuestas de opinión pública.

“Mexico at the Bar of Public Opinion”, resultado de la revisión editorial de cientos de periódicos editados a lo largo y ancho de la geografía de Estados Unidos, México y otros países, representaba, pues, el sentir “verdadero” de la opinión pública hacia México. Esto no podía pasar desapercibido en Washington, particularmente en la Casa Blanca, en el Pentágono, en el Departamento de Estado y en el Tesoro. McConnell estableció que las opiniones recogidas eran las “observaciones independientes y no prejuiciadas” de periodistas profesionales. Y sugería que si la experiencia del pasado tenía algún significado, “estas críticas editoriales sin sombra de duda señalan el derrotero que nuestro gobierno deberá tomar para resolver sus problemas con México”. El autor no lo dice, pero queda sobreentendido que se refería a la ocupación de Veracruz ordenada por Woodrow Wilson en abril de 1914, acción militar que estuvo muy cerca de transformarse en una invasión total con el pretexto de derrocar a Huerta, pero en realidad diseñada para anexar política y económicamente a México y garantizar el suministro del petróleo aztéca sin obstáculos.

McConnell justificó la “importancia” de un estudio social y político basado en la revisión y compendio de fuentes editoriales, dada la imposibilidad “de que una sola persona pueda cubrir en su totalidad el problema creado por México” al confiscar propiedades norteamericanas, debido a las complejas implicaciones de un acontecimiento que afectó a “los accionistas de 1,750 empresas que tienen inversiones directas por cinco mil millones de dólares (de 1939) en América Latina, y que se ven en apuros por el peligro de que el nefando ejemplo de México cunda entre otros países.”

Para apuntalar éticamente su estudio, el autor arranca con dos citas. La primera, del presidente de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, dice: “Los editoriales periodísticos no sólo reflejan la opinión pública; también la moldean”. La segunda, de la nota dirigida al gobierno de Cárdenas por el secretario de Estado Cordell Hull: “El apoderarse de propiedades sin compensación no es expropiación; es confiscación”.

El texto se divide en once capítulos con cinco apéndices, e incluye 40 cartones políticos referidos todos a la expropiación, perdón, confiscación, de la industria petrolera norteamericana: 1) Consecuencias de la expropiación en el capital extranjero; 2) “¡México para los mexicanos!”; 3) Los problemas financieros y económicos de México; 4) El rompimiento de México con la Gran Bretaña; 5) La nota diplomática de Hull sobre las confiscaciones de tierras; 6) La respuesta de México a la nota de Hull; 7) La legislación de compra de plata y cómo favorece a México; 8) El comunismo en México; 9) Propaganda anti estadounidense en América Latina; 10) México censura a la prensa; 11) ¿Debemos tratar con mano firme a México?

La redacción del texto es impecable, cual corresponde a un profesional del compendio y del análisis. Presenta al inicio de cada capítulo un argumento central y a continuación lo enriquece y adiciona con las opiniones de articulistas, editorialistas, columnistas y analistas especializados, de tal suerte que un lector medianamente informado quedaría convencido de que algo turbio ocurría en el país del sur, a quien Estados Unidos había prodigado ayuda, amistad, estímulo y apoyo. Imagino a uno de los buenos puritanos de la Nueva Inglaterra exclamando: “My God! How is this possible? After all we’ve done for them!”, para a continuación escribir una carta a su congresista exigiendo mano dura, quizá no contra el pueblo mexicano, manso y decente, pero sí contra la caterva procomunista que se había apoderado del patio trasero.

Baste un ejemplo para ilustrar: escribe McConnell: “Hace una generación, el decreto [confiscatorio] habría significado una clara llamada a la guerra. Tal era el estado de ánimo mundial en aquella época, que aun cuando los Estados Unidos no hubiesen querido intervenir, la presión británica habría sido tan intensa que los EU hubiesen debido actuar para hacer valer la Doctrina Monroe”. Y a continuación una cita textual del Tribune de South Bend, Indiana: “Mas el gobierno de Roosevelt, a juzgar por su política doméstica de años recientes, aparentemente no está dispuesto a exponerse a problemas en este terreno”. Y así a lo largo de las 320 páginas y once capítulos. En definitiva, un muy convincente texto para el auditorio al que iba dirigido.

Una característica del libro es que a diferencia de otras publicaciones de la época que he revisado, aparecen cartones en donde se ridiculiza a la persona de Cárdenas y no sólo se atacan sus políticas. Aquí hubo una cuidadosa selección para transmitir al lector la sensación de que Presidente de México era un “indio” inculto, abusivo e irresponsable. El cartón de la página 253 es ilustrativo. Titulado con un juego de palabras, “The Monkey Wrench Thrower”, que lo mismo puede traducirse como “El lanzador de llaves Stillson”, que “El simio lanzador de llaves”, se presenta a un rubicundo Cárdenas en traje entre charro y español, trepado en lo alto de un pozo petrolero del que cuelga un letrero con la leyenda “Propiedades confiscadas al ‘buen vecino USA’. 1938”. En postura simiesca, Cárdenas arroja una llave con la inscripción “políticas ilegales” hacia la Conferencia de Lima, con la evidente intención de sabotear ese encuentro panamericano. En la página 274 aparece un cartón que ilustra otra de las “atrocidades” mexicanas que aborda el libro, la censura a la prensa extranjera, crítica basada en la expulsión del corresponsal de “The New York Times” y de la cual hablaré en otra entrega. En el dibujo, una bayoneta gigante que representa a México, amenaza a un corresponsal norteamericano con la leyenda “¡Escribe como nosotros queremos!”.

“Mexico at the Bar of Public Opinion” es un ejemplo depurado de propaganda. A primera vista tiene todas las credenciales de un estudio serio, tanto por el perfil prestigiado del autor como por la amplísima diversidad de fuentes consultadas. Mas no tarda en aparecer la larga cola del felino negro agazapado tras la autoría. En la cuarta línea del segundo párrafo, McConnell candorosamente informa que acudió en busca de ayuda a -of course- la acreditada empresa Standard Oil y que ésta financió el proyecto. Y en la página legal se puede leer|: “Copyright, 1939, by Standard Oil Company (N. J.).” (Continuará)

Molcajeteando…
Esperaba que la maestría aquí anunciada levantara el interés de muchos amigos que tienen muy desarrollado el sentido de la educación continua, pero jamás preví la avalancha de solicitudes y desinteresadas ofertas de ayuda que han inundado mi correo. Unas muestras:

Desde Madrid, mi maestro el doctor Miguel Nieto escribe: “Lleva uno años buscando una maestría que verdaderamente sirva para algo, y hete aquí que ha dado usted con ella. Dígame si se puede cursar a distancia, aunque creo que eso será imposible, pues a buen seguro requiere aulas específicas, aulas que sólo en México existen, como son sus laureadas cantinas.”

En la Sultana del Norte, mi querido Jorge Castillo, hermano de incontables escaramuzas etílicas, se puso a escribir uno de sus escasos correos y con la etiqueta “urgente”, dice: “Me interesó mucho la maestría… Ojalá puedan impartirla vía internet, en cuyo caso deseo inscribirme. También creo que puedo aportar algo en algunas materias de este tan interesante y complejo tema.”

Por su parte el periodista Alejandro Olmos exige: “Urge que nos envíes el costo del Diplomado, que nos digas cómo nos podemos inscribir, y sobre todo que nos informes si va a haber un propedéutico, eso es fundamental.”

Voy a proponer a Juan Gargurevich que de inmediato diseñemos un doctorado y lo propongamos a nuestras universidades. No tengo ninguna duda de que los rectores pelearán por el honor de la sede.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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