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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El estimulante de la esperanza

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 28 de octubre de 2008, 09:20 h (CET)
Decía un poeta inglés, Alfred Tennyson, que nunca sería tarde para buscar un mundo mejor y más nuevo, si en el empeño ponemos coraje y esperanza. Vamos a necesitar esa fuerza recta si queremos salir de esta globalizada crisis económica. El mal no hay que buscarlo en la economía por sí misma, sino en el mismo modelo de los ejercientes, que han borrado de sus hábitos el cultivo de una cultura auténticamente humana para toda la civilización. Se han cerrado las puertas hacia el futuro porque se han abierto las puertas de un poder egoísta cien por cien, que no se sacia de acumular riquezas para sí y los suyos. Los analistas españoles dicen que en nuestro país veremos el verdadero alcance de la crisis en el próximo año 2009. Y uno ante estos dimes y diretes piensa: ¿en vez de sembrar espantos, no sería más saludable contribuir a poner en justicia las propias raíces del trastorno? El desarreglo salta a la vista con la situación que ahora vivimos: las ganancias de otro tiempo se las llevaron unos cuantos especuladores; sin embargo, las pérdidas se reparten entre todos afectando en primer lugar a los más excluidos, y es que, a mi juicio visual, todavía funcionamos con la cartera del más fuerte. Si ha de morir que sea el pobre. Tanto tienes tanto vales, como dice el sabio refranero popular.

Perder la esperanza es lo último. Ya en su tiempo, el inimitable Federico García Lorca, apuntó que “el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida”. No se puede tirar la toalla por muy cruel que nos pinten el panorama. La reunión de los líderes de las veinte principales economías mundiales anunciada por el próximo quince de noviembre en Washington, para hablar de la crisis internacional y discutir nuevas reglas para el sistema financiero, es una buena noticia, que será tanto más esperanzadora cuanto más apueste por poner orden a un progreso que no es tal, puesto que tiene la ausencia del crecimiento moral en su hoja de ruta. El bienestar del mundo nunca puede garantizarse a través de inhumanas estructuras. Los seguidores de la corriente de pensamiento de la edad moderna que pensaban que la ciencia redimiría al hombre se equivocaron, ésta puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad, pero también puede destruir al ser humano y al mundo si no está imbuida por principios éticos.

Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá de las complejas estructuras económicas. La esperanza de la instauración de un mundo humano debiera ponernos a todos manos a la obra, para que dejasen de ser una realidad creciente las nuevas pobrezas que llaman a la puerta de la globalizada vida: el miedo al futuro y la incertidumbre del presente. Una vez que tenemos la sabiduría, somos más capaces de apreciar las cosas no monetarias, no materiales, como el amor, la esperanza, el coraje, la amistad, etc. Podemos empezar a ver el dinero no como un fin en sí y de sí mismo, sino como un instrumento más con el que se alimente nuestra generosidad. Sin duda alguna, es necesario que se estimulen signos de esperanza que nos hagan olvidar las sombras que con frecuencia llegan a nuestros ojos. Quizás haga falta un sentido más vivo de la responsabilidad y propiciar verdaderos espacios abiertos al diálogo. Por muy intensa y negra que sea la nube, el sol siempre vuelve a brillar en el horizonte, a poco que pongamos entusiasmo en verlo y vivirlo. En la adversidad una persona es salvada por la esperanza, sentenció el griego Menandro de Atenas. Y Aristóteles dijo que era el sueño del hombre despierto. Albricias, pues. Pongámoslo en práctica.

A veces podría parecer que la esperanza es un gran falsificador, y de hecho lo pensó Baltasar Gracián, y que ha perdido fuerza en el mundo de hoy. Por un lado, hay miedo de vivir y desesperación por lo que se nos puede avecinar, sin obviar una arrogancia despiadada del hombre que quiere dibujar y asegurar el futuro solamente con sus propias fuerzas y para su gente. En este sentido me parece una postura esperanzadora que la ONU y el Banco Mundial hayan acordado el fortalecimiento de su marco de cooperación para brindar asistencia a los países en crisis o en situaciones de post-crisis por conflictos o desastres naturales. El acuerdo, firmado por Ban Ki-moon y Robert Zoellick en su calidad de titulares de los organismos, reafirma el compromiso de trabajo conjunto para elaborar lineamientos básicos que ayuden a los gobiernos de los países afectados a estabilizar el ambiente tras los momentos de dificultades. Asimismo, el documento establece la formulación de estrategias para la prevención de crisis y para los procesos de recuperación. El texto subraya que el trabajo de asistencia de la ONU y el Banco Mundial se mantendrá sobre los principios de neutralidad, imparcialidad e independencia. Algo es todo.

Apuesto, en consecuencia, por el estimulante de la esperanza que, por otra parte, es costumbre de la existencia humana. Lo que exigirá un inteligente esfuerzo del que espera, que tampoco ha de desesperarse, pero que debe poner aparte de confianza, el empeño necesario y suficiente. Tal vez la vida sea siempre nueva, y cada generación se vea obligada a estrenar el vivir. Ahora nos toca vivir la globalización del bien y el mal, las crisis y los momentos de apogeo. Siempre los dos extremos, -de los que dijo Pedro Laín Entralgo- la vida del hombre se ve forzada a moverse entre dos polos, la desesperación de quien percibe la posibilidad de no ser lo que él quiere ser, lo que él íntimamente es, y la esperanza de quien, proyectando su futuro, advierte clara o confusamente que la expectativa es la función primaria y más esencial de la vida -para Ortega, incluso el recuerdo “es la carrerilla que el hombre toma para dar un brinco enérgico sobre el futuro” (OC, V, 460)-, que la esperanza es el más visceral órgano de esa función y que, en consecuencia, la memoria “no es sino el culatazo que da la esperanza” (OC, IV, 386). De lo cual se deduce que no hay desesperación compacta, carente de una veta de esperanza, ni esperanza pura, exenta de un hilo de desesperación. Fomentar, por consiguiente, una viva cultura de esperanza no me parece una idea descabellada para un mundo globalizado.

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