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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Desesperación

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 25 de octubre de 2008, 21:48 h (CET)
Ayer tuve que ir al juzgado. Era un trámite nada más, pero terminó por convertir el día en algo deprimente. Por todas partes —o por casi todas— chorreaba la desesperación. Desesperación es el antónimo de esperanza, y el universo del juzgado estaba dividido asimétricamente entre quienes esperanzados trabajaban o esperaban ganar algún juicio y los desesperados, los que iban a ser juzgados o quienes estaban en la enorme fila de las citaciones y embargos, esperando turno para ser saqueados por las garras usureras de las compañías crediticias en connivencia con la legalidad vigente. Los ojos de la desesperación son los del miedo atroz en quienes habían sido alcanzados por el infortunio por primera vez; pero esos ojos eran los de la rabia, que es la antesala del odio, en quienes ya tenían algunas tablas. Y había mucha desesperación y mucho miedo, pero también mucho, mucho odio.

Al principio, cuando la desesperación alcanza a su presa, le anega de pánico y le entrecorta la voz; pero cuando es un estado al que la víctima se ha acostumbrado, tiene voz bronca y uñas afiladas. Una voz que molesta a los acreedores y a los funcionarios de la justicia. No puede entender la necesidad quien está a salvo de ella, y éste suele mirar por encima del hombro a quien se encuentra en la otra acera. A la esperanza le molesta que la desesperación perturbe con su voz aceda su paz, su rutina cierta y su futuro seguro; a la esperanza le gusta que se hable en voz baja y con mucha cortesía, lo que aún exaspera más a la desesperación, porque a su terrible dolor se le suma el banderilleo de la indiferencia. «Nadie le obligó a meterse en esto», dijo un funcionario de embargos; «Esto, señor, es cosa de supervivencia, y eso viene con la vida», dijo con rugiente voz el embargado. Era la misma letra que voceaba en una sala de juicios un acusado de robo, aunque con una semántica distinta: «Nadie tiene derecho a pedir que mis hijos pasen hambre», dijo. La desesperación elevaba el tono de su alarido, según en la planta del edificio de la Justicia en que me encontraba.

Pensé en la sociedad que adocenada marea sus rutinas mirando a un porvenir más o menos lejano; en los que piensan en casarse, en los que calculan un ascenso, en los que tienen un salario que creen por muchos años, en los ricos, en los niños... Seguramente todas estas víctimas del juzgado también tuvieron sueños y esperanzas; pero un día vino el consumo con sus ofertas, el presente con su espejismos, las elecciones con sus vacuas promesas de hermosos paraísos o les sorprendió el desempleo, y les sedujeron y se los robaron. No todo fue tan bueno. Sin duda el salario o el empleo que creyeron para siempre no lo fue tanto, y el siempre se contrajo a unos meses o unos años, entretanto la hipoteca o la necesidad tenía vigencia por muchos decenios. Nada de lo que tenían era suyo, ni el coche, ni la casa, ni siquiera el pan suyo de cada día, y pronto no sólo comprendieron que eran herramientas de otros, sino que los acreedores les asaltaron con sus intereses de usura y la ley con su sevicia. Nada más natural, porque a ellos no les mueve la filantropía, ni entienden de humanidades que no estén impresas en los billetes: el negocio es el negocio.

A la justicia el dolor le es indiferente: si debe, que pague; si roba, que pene; si falta, que cubra. Es la misma justicia y los mismos funcionarios que por cuestiones de forma, de recursos o de lo que sea, no encierran a muchos criminales. Para ellos el dolor de los otros no es nada más que trabajo. Además, los ciudadanos hasta ahora fueron honrados, son más manejables que los criminales. «Sigan así» dijo un embargado, «y verá qué pronto echamos garras y nos salen rayas en el lomo». Su voz era dura, pero tenía ecos premonitorios. La Justicia pide que el que tiene hambre se quede con ella y de ella muera si es necesario, y que quien fue seducido a pagar lo irracional por aquel bien especulado, siga pagando aunque le hayan expropiado el bien. Los desesperados, sin embargo, consideraban los hechos de otra forma. Los había que apuraban las últimas gotas de esperanza, y persistían aún en cierta urbanidad o cierta fe en poder arreglar las cosas; pero también los había que la habían consumido por completo y aceptaban sin reservas que sólo les quedaba una salida: la violencia, aunque aún no habían decidido contra quién dirigirla porque no se habían aunado. Eran los de las voces broncas, los que echaban garras por los dedos y los que poco a poco iban dibujando rayas en su piel y pintando de odio sus miradas.

Mi abuelo me decía que antes de la Guerra Civil el odio se respiraba en la calle, que podía sentirse cómo en cada alma se incubaba la muerte. Sólo fue necesario que alguien les aunara, gritara adelante y señalara un enemigo (el que fuera) para que el infierno abriera sus puertas y mostrara los horrores indescriptibles de sus salas. Pensé en cuántos ya están instalados en el desempleo y la necesidad, en cuántos tienen una hipoteca y un salario precario y pronto estarán también desesperados, pero que momentáneamente son contenidos por una ley tramada entre ricos, gobernantes y vellidos sindicatos. Tal vez pronto surja una voz que los aúne, probablemente cuando se alcance la masa crítica, y entonces las voces sueltas formarán el rugido de un monstruo colectivo sediento de barbarie. Hay millones de personas en España que ya están contra las cuerdas, y tal vez entre ellos haya alguno con mucho odio y algún carisma para aglutinarlos a todos en una causa. Quizás esa masa, entonces, desborde los juzgados y salga a la calle, y quién sabe si en esa hora no pueda contenerlos esa ley hecha bajo guardas o la policía de los probos. En esa hora, si llegara, nadie estaría a salvo, ni los funcionarios de buen salario, ni los administradores de la justicia, ni quienes tienen el alma llena de esperanza. No habrá en esa hora bastión lo bastante seguro, ni razón que pueda ser escuchada, ni siquiera Dios al que rezar o dinero que compre la más mínima certeza. Será la hora del balance, de la revancha, del saldo y finiquito. Cuando la desesperación se desborda y el odio estalla, el infierno se libera y se impone lo terrible. Ya ha pasado otras veces, muchas veces. En vano será llorar entonces: será la prehistoria de los arqueólogos del futuro, aquéllos que desenterrarán con palas y cepillos los osarios que amarilleen al borde de los caminos.

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