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Etiquetas:   La parte por el todo  

Luchar contra el espejo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 25 de octubre de 2008, 21:44 h (CET)
Es común desde hace unos años encontrar dos maneras de entender cualquier institución socialmente significativa que se presente en todas las configuraciones de aquello que solemos llamar ‘cultura’.

Uno de los nombres que he escuchado para una de esas dos tendencias ha sido el de ‘perennialismo’. Este nombre indica la inmutabilidad de algo siempre idéntico a sí mismo de lo cual las manifestaciones externas son solamente la configuración última. En esas manifestaciones se da forma material a lo que, en esencia, es lo mismo.

Según esto, por ejemplo, todas las experiencias relatadas por las personas que han tenido una situación de privilegio con respecto a lo ‘trascendente’ (sea esto lo que sea), están describiendo en efecto la misma cosa bajo el sesgo de una tradición diferente. Esto explica que todas las situaciones sean respetables y tengan el mismo valor por ser engañosamente distintas.

Ante el perennialismo, radicalmente relativista, actúa otra opinión con reminiscencias postmodernas (sean, de nuevo, lo que sean). Llamaré ‘diferencialismo’ a la tendencia que enfatiza las diferencias y las hace bellas, deseables y buenas. Si todos somos diferentes, ¿cuál es el problema?

Enfrentar los rasgos únicos supuso en su momento un coste social insostenible que exigió la inclusión de la diferencia. Llegado el caso, es ésta algo preferible y que define la sociedad en construcción que levantamos a diario. Llevado al extremo, por otra parte, todas las diferencias se hacen igualmente respetables hasta que se da la consecuencia lógica y necesaria: cada individuo tiene el mismo derecho de declararse distinto a todos los demás.

No es difícil concluir que no estamos ante una situación demasiado alejada de la primera. En este caso, aquello que es común a todos los seres humanos no es un objeto positivo (todo es lo mismo) sino un objeto negativo (todo es diferente). Nos hallamos frente a otra expresión del mismo relativismo.

Las dos opciones son igualmente inclusivistas. Es decir, ambas pretenden de una manera u otra encontrar el aparato que salve mecánicamente los choques conceptuales configurados por el espacio, el tiempo y las personas que actúan sobre ellos.

Pero también comparten otra de las características de los sistemas inclusivistas, que es la aceptación de todos pero la supremacía propia. Paradójicamente este punto les hace estructuralmente idénticos y conceptualmente irreconciliables.

Unos piensan que todo discurso versa, en esencia, sobre la misma realidad y las teorías de los otros son simplemente otro burdo aspecto que confirma la sofisticada regla perenne . Los otros ven en esa regla otra diferencia digna de ser respetada y que es sostenida por personas que no han llegado al estado que permite respetar lo distinto.

Lo que les molesta de sus rivales es que, en última instancia, les hacen luchar contra ellos mismos.

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